domingo 27/9/20

Curso nuevo con viejos problemas

El mayor anhelo de los docentes, sometidos hoy más que nunca a los vaivenes de los políticos, es que nos dejen trabajar en paz. Pero no se nos arregla. Con la Lomloe en trámites, la cultura del esfuerzo por los suelos, el desprecio al estudio tomando el centro del campo, el virus merodeando por los pasillos y el maquillaje del número de suspensos convertido en obsesión preferente de los que se presentan a las urnas, la coctelera puede estallar en cualquier momento. A ello hay que sumar una actitud beligerante de las familias tras la Covid-19, envalentonadas ante el profesorado y dispuestas a remover los cimientos del sistema educativo con tal de que sus vástagos aprueben. Interesa menos si saben o no, si sus valores sociales están cogidos con alfileres o si la madurez ha llegado a la cabeza de sus herederos. El azote de la pandemia no ha contribuido a crear una mejor comunidad educativa, al contrario. Ha aumentado la intransigencia, ha subido de tono la descalificación y se ha permitido que los contenidos y las notas se mangoneen desde fuera del aula. Todos parecen entender más de la materia que el profesor. El mundo al revés. Y, por supuesto, los viejos problemas sin resolver.

Desde el pasado 13 de marzo nadie habla ya de dar buenas clases e impartir buenos contenidos, eso está obsoleto. Se ha sustituido el tema nuclear por otros aspectos más jugosos en la pugna por arrimar el ascua a la sardina que más convenga. Se han puesto de moda los informes personalizados, la abstrusa terminología psicopedagógica, la burocracia informatizada, las rúbricas que convierten la docencia en pequeñas notarías, los decimales en la calificación, los estándares básicos en negrita, el papeleo convertido en arma arrojadiza ante una posible reclamación. Tras el confinamiento, si suspendías a algún alumno, tenías que redactar un informe personalizado y completar sus apartados con terminología edulcorada que nunca explicaba bien la verdadera realidad del suspenso. Después de eso, debías enviar una copia a las familias, otra a jefatura, otra al jefe de departamento y otra al tutor del grupo. Al que redactó esa Instrucción se le olvidó ordenar que se enviara otra copia a la Guardia Civil, por si acaso, o al delegado del Gobierno, para justificar el trasiego y así aparentar volumen de trabajo.

Con estos mimbres empezamos un nuevo curso. Educar, hasta donde alcanza el sentido común, es transmitir valores y conocimientos. Valores para formar ciudadanos —no veletas que mueva el viento— y conocimientos para amueblar la cabeza de nuestros adolescentes, con la materia prima que forma un bagaje cultural más o menos reconocido —y eso que hoy no hay acuerdos globales ni para circular por la acera—. Si se hace con rigor, deberíamos de estar dando pasos de gigante: pensar, razonar, estructurar, resolver, sintetizar, dar prioridad, o sea, formar conciencias críticas y no aborregadas por el consumismo y la ramplonería. En ese proceso podemos utilizar la informática, por supuesto, faltaría más, y plataformas online, artilugios telemáticos, videos, podcast, mails… pero sin despreciar la buena expresión, el uso de la memoria, el lenguaje correcto y los grandes textos que explican el mundo. Ya sé que en el móvil se puede consultar, en cuestión de segundos, quiénes fueron los Reyes Católicos, pero resulta descorazonador observar cómo se aligeran los contenidos y se prefiere el aprendizaje intuitivo y carente de esfuerzo. Da la impresión de que la reforma en ciernes de esta ministra quiere triturar los contenidos teóricos y el estudio. ¿Más aún? Eso parece. Desde Pitágoras hasta aquí, estudiar es una actividad introspectiva y personal que requiere concentración y esfuerzo. En cambio, desde que Steve Jobs subió a un escenario, todo ha cambiado bruscamente. ¿Para bien? Sabemos que el uso —abuso— de los móviles en adolescentes conduce a procesos mentales simplistas, a la falta de concentración, a la resolución inmediata de los problemas —en caso contrario se abandona el problema— y a la valoración negativa de conocimientos relacionados con las humanidades. Nuestros alumnos dejan de leer libros cuando se les compra un móvil. ¿Cuántos de ellos después de consultar una cuestión en internet acaban por «cortar y pegar»? La mayoría. Han perdido capacidad crítica, capacidad de análisis, capacidad de asimilar la complejidad, capacidad de empatía, capacidad de reflexión. Eso sí, han ganado velocidad para mover los pulgares sobre un teclado virtual y son campeones de un argot basado en emoticonos.

Por cierto, ya no saben tomar apuntes si no es al dictado. Al profesor que les pide escribir más de cinco minutos seguidos se le tacha de «cansino». Salvo en exámenes escritos —cada vez más ilegibles—, se ha perdido la escritura manual. De hecho, los alumnos preguntan si se les va a hacer los exámenes tipo test, su modelo preferido. Expertos en el tema aseguran que escribir favorece la transmisión de conocimientos, porque procesa, sintetiza, reflexiona, analiza y categoriza la información, además de aumentar la coordinación visiomotora y el desarrollo neurológico, al tejer redes más complejas que en la visión o la audición. Voltaire decía que la escritura es la pintura de la voz. Algo parecido ocurre con la memoria. Los alumnos actuales desprecian materias como la Historia porque hay que estudiarlas. Así de crudo. Y como el sistema es tan permisivo y tan flexible, pues un alumno puede arrinconar intencionadamente esa asignatura, porque al final se promociona o titula con varias materias suspensas, pero no suspensas a pesar de haber intentado aprobarlas, no, suspensas después de haber decidido ser un absentista en la materia, un campeón de la vagancia dosificada.

Hay materias que favorecen la creatividad, la sensibilidad artística, la abstracción. Otras, la comprensión y la contextualización, siempre que se estudien, claro, o sea, que se ejercite con ellas la asimilación de contenidos y la capacidad de análisis para sacar conclusiones. Así no habrá que usar el móvil si alguien te pregunta quiénes fueron los Reyes Católicos de España. El humorista Cassen contestó en su día que en España todos los reyes habían sido católicos. Es una respuesta brillante, y casi cierta —a excepción de algunos reyes arrianos, la mayoría han sido unos meapilas—. Ojalá mis alumnos respondieran algo así.

Después de analizar ya muchos inicios de curso, parece que lo que la educación necesita hoy es menos foco mediático, menos burocracia —para mandar a un alumno fuera del aula hay que escribir DOS papeles, rellenar una aplicación informática y perder 10 minutos de clase—, menos normas e instrucciones desenfocadas y fuera de la realidad, criterios más claros de qué hay que exigir en cada materia, no dejar en manos de san Google la labor docente, tener relación correcta con las familias sin que los padres lleguen a mangonear el sistema, equipos directivos con más capacidad para la gestión y resolución de problemas inmediatos y, sobre todo, dejar trabajar en paz a los docentes. Virus y políticos alejados lo más posible. La Administración, ya es hora de decirlo, entorpece más que arregla. La Lomloe o lo que venga, o se elabora con criterios de buena docencia o será otro fracaso más, eso sí, disfrazada de modernidad evanescente y engañiflas con envoltorios de serpentinas.

Feliz curso a todos, si el virus nos deja y no ensombrece viejos problemas educativos. Un curso del que se viene hablando desde mayo. Meses enteros sumando declaraciones relativas a ratios, intentos de convertir gimnasios en macroaulas, bibliotecas en usos múltiples, aulas al aire libre y otras «pijotadas» esnobistas en boca de ministra y consejeros. Todos sabíamos en junio que el cupo de alumnos y profesores iba a ser similar al curso anterior, con discretos incrementos, después de quemar en la hoguera de las vanidades mil declaraciones públicas para que las familias queden satisfechas y hablen de los logros conseguidos, y estos comenten y aquellos se fijen solo en las cifras y esos se tranquilicen y los de más allá queden convencidos... Hoy más que nunca nadie habla de los contenidos del aula y de la verdadera tarea del sistema educativo, que es dar y recibir buenas clases. La galería de lo superfluo manda sobre lo sustancial, diseñando una realidad virtual para dar voz a una pandilla de incompetentes que no saben lo que ocurre en el aula, a los que se unen pedagogos de tendencias laxas y lúdicas, como si la escuela fuera un paraíso idílico, alejado de la vida posterior que tendrán que afrontar nuestros alumnos. Ninguna autoridad educativa se atreve a decir a los jóvenes que el futuro no será más feliz, sino más complicado, que para afrontar esa complejidad no hay que jugar sino acostumbrarse al trabajo y al esfuerzo personal; y saber, también, de paso, algo de Historia. Hay que demostrarles que la ignorancia es un arma de destrucción masiva.

Curso nuevo con viejos problemas
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