domingo. 29.01.2023
LA APROBACIÓN del plan Ibarretxe en el Parlamento vasco ha producido una conmoción política muy considerable, porque no es lo mismo una ocurrencia que sale en los periódicos que un texto aprobado en una institución representativa. El documento se presenta como un proyecto de nuevo Estatuto para el País Vasco, pero todos saben que en realidad es un desafío a la Constitución en toda regla, encaminado a producir la secesión, de hecho, de aquella comunidad del resto de España, con la que sólo le uniría una especie de lazo simbólico en la Corona y que le serviría para seguir dentro de la UE. El plan es inconstitucional de arriba a abajo, y los nacionalistas vascos aspiran a que la Constitución se adapte al plan, y no al revés, como debe ser. La estrategia del PNV y de ETA, que en esto es exactamente la misma, consiste en presionar políticamente al Estado con la violencia terrorista, que según Ibarretxe cesaría si se cumplieran los designios nacionalistas. Es, en este sentido, la misma estrategia de los nacionalistas catalanes con lo que llaman «reforma» del Estatuto, pero que es una especie de Constitución en bonsai para Cataluña, en la que desaparece todo vestigio de presencia del Estado, salvo el reconocimiento de que Cataluña está en España: un reconocimiento que vendría a ser casi sólo geográfico. Es evidente que el Estado dispone de instrumentos para frenar estas locuras; sin embargo, muchos están muy inquietos ante lo que vaya a suceder. ¿Por qué? Porque no se fían de Rodríguez Zapatero, Rodríguez da miedo, porque nadie sabe hasta dónde está dispuesto a ceder con tal de seguir en el poder.

Da miedo
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