martes 19/1/21

El día empezaba al anochecer

Cae una lluvia fina en esta hora del atardecer invernal, camino de Cabrera por la carretera que remonta el curso del Eria, viniendo por el este desde Castrocontrigo.

La carretera deja atrás la Valdería y entramos en territorio cabreirés. Se diría que la lluvia torna más íntimo el paisaje conocido, para sentirlo por dentro como escenario en el que se han sucedido, ríos que se van, generaciones incontables de hombres y mujeres que aquí nacieron, vivieron, desaparecieron, de modo que tal vez fuera posible referir también a él lo que Borges dijo de todo poema: que con el tiempo es una elegía.

La intimidad se adensa cuando el breve atardecer desemboca en la noche. Vemos surgir entonces en el valle y las laderas puntos de luces en grupo, señalando las poblaciones a lo largo de la Cabrera Alta, y una vez abandonada esta por el alto del Carbajal o de Peña Aguda, los pueblos de la Baja, allá a lo lejos, allá abajo. Hay una profunda melancolía en la visión de esas luces que parpadean lejanas, filtradas por el tamiz antiguo de la lluvia.

Antonio Justel fue inspector de Enseñanza Primaria en esta zona. Era nativo de Castrocontrigo y antes había sido maestro de Iruela. Era hombre con inquietudes de erudito, estudioso de la historia, costumbres y tradiciones de esta tierra. D. Leopoldo, el médico de Castrillo radicado en Nogar, hacía burla de su entusiasmo un poco ingenuo por los restos de cerámica antigua y alguna moneda que aparecían al roturar los campos de labor. El galeno, que disfrutaba mofándose de la autoridad, no excluía al inspector al que dedicaba un picotazo como este: «Estoy manchando un duro para colárselo a Justel como moneda romana». Fuera de esos hallazgos ajenos, él mismo fue el autor de un singular invento. Se lo encontró en efecto en Castrohinojo en una visita que hizo a la escuela. Ante ella se alzaba una roca redondeada de color oscuro justamente en el sitio donde la gente se reunía para las deliberaciones del concejo.

La roca pulida por el roce continuado fue inmediatamente bautizada como «Piedra de la Fecundidad», en la que las mujeres en busca de fertilidad frotaban la barriga. Nadie en el pueblo había oído nunca nada de semejante invento, pero el caso es que él lo publicó en alguna revista de su gremio y desde entonces campa por libros y otros papeles, huella singular debida a su magín.

A esta elucubración de aire esotérico, Justel añadió otro invento puramente exótico: veía los pueblos como una proyección en la tierra de constelaciones celestes en la vertical de los mismos. Ahora bien, aprovechando su estratosférica teoría, podríamos pensar en otra, para ver en esos «tagayos» (rebañitos) de luces una suerte de mínimas constelaciones limpiamente terrenas, mundos cabales, completos, acabados.

Y aquí quería llegar. El tiempo invernal de Navidad era el más propicio para que ese mundo se expresara, utilizando a veces el simbolismo del teatro. Así por ejemplo en La Baña se recreaba la Navidad en un ramo de Nochebuena, representado esa noche. José Aragón Escacena, el maestro astorgano que ejerció en Silván, lo recogió en su novelita Entre brumas. Están todos los personajes, los pastores, y al frente el caporal, es decir, el gracioso, típico de estas obritas, quien conduce la acción y la comenta con apuntes humorísticos, de ahí su nombre.

Comienza él encarándose con el público y en particular las muchas mujeres expectantes con sus mantones de pardo y sus pañuelos negros anudados en la cabeza, a las que se refiere de esta guisa: «¡Qué caterva de muyeres,/ esto paece ña praga!» (una plaga). Y cierra el ramo con esta expresión de alivio: «¡Qué miedo tenía you / que se riyera lla xente!».

Además del teatro, estaba sobre todo el serano, ese monumento de la vida tradicional popular, que empezaba en las horas del anochecer en torno al fuego del hogar. En todos los pueblos había al menos uno, con frecuencia dos o más, según los barrios. Los mozos los recorrían todos, incluso los de pueblos cercanos. Tras la Nochebuena, venían las bromas del día de Inocentes. Un grupito de mozos alumbrándose con un farol se presentaba en un serano. Decían que venían del molino y aprovechaban el tiempo de la molienda para la escapada. Después de un rato tomaban, dispuestos a marchar, el farol en el que habían sustituido la vela por un nabo afilado. El portador invitaba a una moza a prenderle fuego y ante sus inútiles tentativas decía por fin: «Por favor, no me quemes tanto el nabo». Y el coro de mozos repetía: «¡Inocente, inocente!», entre las risas y el jolgorio general.

Y el día de Nochevieja un grupo de jóvenes en alegre comitiva recorría el pueblo, solicitando un donativo en elementos comestibles: chorizos, androllas, huevos. Caracterizaban a dos de ellos, como año viejo y año nuevo. Y empezaba la farsa. Primero entraba en la casa el año viejo, sucio y mal vestido, pidiendo con gruñidos y por señas. A continuación lo hacía el nuevo, repulido y sonriente. Se producía un forcejeo entre ambos coreado por el resto, hasta que el nuevo expulsaba al viejo entre las burlas de todos y luego recibía él las ofrendas del dueño de la casa divertido. Al día siguiente toda la comparsa daba cuenta de ellas en el serano.

Y así es como en los tiempos/tiempo del serano la vida auténtica y el día verdadero comenzaban al anochecer.

El día empezaba al anochecer
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