martes 24/11/20

El día que perdimos la sonrisa

Bien que lo recuerdo, fue una mañana fría de enero, va a hacer cuatro años, cuando quiso agigantarse y ya mintiendo, comparó el número de asistentes a su toma de posesión con el triunfo aplastante de su antecesor. Fue después, cuando lanzando bombas —como el chulo de pueblo lanza cuatro cuescos, para decir, aquí esto yo, y ahí queda eso!—, intentó asustar con pólvora a los zopilotes con ganas de recuperar aquella América belicista, arrogante, invasora, con la que ya hoy solo sueñan viejos carcamales, nostálgicos cowboys, racistas acomplejados, poderosos acaparadores del oro, que siguen pensando que el color de la piel y el oropel marcan distancias entre los seres humanos y, a ellos, los hacen superiores a los díscolos y rebeldes afroamericanos, a los soñadores latinos, y a todos aquellos que tienen prohibida la entrada en el Muro Callejero (Wall Street), que sigue separando a los miserables ricos de los dignos y paupérrimos.

Imagino que, a lo largo de estos cuatro años, quien más, quien menos, ya hemos hecho nuestro propio estudio del pasajero amago de sonrisa que acompaña, en ciertas ocasiones, al señor presidente. Su media sonrisa, es la sonrisa del cínico, el arrogante, el prepotente, el violento, del todopoderoso que no admite, no ya rivales, ni siquiera iguales con los que en limpia lid, pueda dialogar. Últimamente viene amenazando con que, si él se va —¡ni quiera Dios!—, el Sol dejará de dar su luz, la Tierra girará al revés, y el mundo entero irá a la ruina, quedando en manos de socialistas y comunistas, porque piensa que, ¡faltando yo, el caos! Su actitud no es otra que la falacia que le otorga al tirano la autoridad para perpetuarse en el trono y salvar a la patria. En nombre de «la seguridad nacional», después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos, consolidó su dominio sobre los países de  América Latina, enarbolando el big stick y presionándolos y asustándolos,  con una intervención armada. La frase, tomada de un proverbio del  África  occidental  decía:  «habla suavemente y lleva un gran garrote, así tú llegarás lejos»  (speak softly and carry a big stick, you will go far).

Perdimos de nuevo la sonrisa este 23 de septiembre último, cuando Mr. Trump rehusó —en una entrevista— comprometerse a facilitar un traspaso pacífico y ordenado de poderes si él perdía las elecciones presidenciales del 3 de noviembre. «Veremos a ver qué pasa», vino a decir desafiante. ¿Un nuevo chantaje al dudar de la honestidad del correo nacional, para justificar cualquier actuación violenta?

El que ignora a los que van a morir, no tiene corazón y su sonrisa solo es la mueca de un payaso en su peor papel de verdugo. Doscientas mil vidas perdidas, son solo una montaña de cadáveres, solo son para él números que podían ser peores, si él no hubieras mediado ante el Covid-19 con sus buenos oficios. Las personas así solo son pedantes que ignoran la ciencia, acercándose a la idiotez más absoluta. Y es que «todos los idiotas y los inútiles tienen un concepto muy elevado de sí mismos, por eso, son lo que son», nos dice con aplomo Cercas. J., en su novela Terra alta. Sus pretendidas cercanías al dolor ajeno, son simples muecas de fantoche esperpéntico, de muñeco de guiñol. La falta de sonrisas auténticas, provoca miedo, irritación, desconfianza, inseguridad, ansiedad, y si el proceso se deteriora, puede llegar a estados depresivos para las grandes minorías.

Y volvimos a perderla por enésima vez el 28 de septiembre, cuando el New York Times nos desveló lo que muchos siempre sospecharon, que Trump era un fantoche —del hombre de negocios, exitoso, arrollador, nada de nada—, un simple estafador que se ha permitido, año tras año, evadir el pago de sus impuestos. No puedo entender la ceguera de este pueblo que se bebe los vientos por este hombre que solo de apariencias ha vivido, vive y quiere seguir viviendo. El triunfador de Wall Street no es más que un embaucador que se tiró faroles, engañando a sus seguidores para descubrirse una vez más que toda su vida es un montaje y que pasará a la historia como el que dio el pufo a toda una high life que vive y suspira epulónica y afanosamente por el dinero. El pícaro ha engañado a los sabios y a los entendidos de este país y una vez más el brillo del oro, ha deslumbrado y dejado en ridículo a América, y ha puesto en peligro la convivencia nacional y la paz mundial.

Las gentes del diario vivir, también hemos sido testigos de estos pícaros que no han dado un palo al agua en la vida, pero que han vivido como rajás, aparentando fortunas que nunca tuvieron, riéndose del pueblo y que, cuando pudieron se fueron a la política para acabar brillantemente su carrera frente al pueblo. La mayor vergüenza para una sociedad es ver a los pobres apoyando a los ricos deshonestos, culpables de su pobreza. Este país, ni ningún otro, puede tener en el poder a un estafador, que le ha sustraído al pueblo millones de dólares en impuestos, y ahora se despacha pagando sus tasas del año pasado con 700 $ —no más ceros a la derecha—. ¡Que baje Dios y lo vea! ¡Cabe más burla para una nación que un pícaro aparente ser un hombre honorable, un honrado ciudadano! Todas sus acciones han ido encaminadas a contentar a los poderosos, dejando ante las murallas de Tijuana a los pobres y desposeídos. Perdimos la sonrisa cada vez que el presidente, descaradamente mentía, ninguneaba a la mujer, cada vez que salía al extranjero y volvía con el rabo entre las piernas, cada día que ponía un nuevo rollo de alambre de espinas en el muro de la vergüenza, perdimos la sonrisa por cada paso atrás que tuvieron que dar los abrumados, hambrientos, frustrados, desesperados centroamericanos ante las altas torres de la ignominia.

Escribí este artículo antes del debate Trump-Biden, y después de escuchar, creo que me quedé corto, porque una vez más el señor presidente quedó ante los millones que lo observaban como un hombre inmaduro (payaso, racista, le llamaría Biben), imprudente, insensible, mentiroso, incapaz de respetar y mantener un diálogo. Hay que tener madera para ser presidente, no vale cualquier mozo de pueblo por muchos millones que diga tener. Se hizo víctima, y es un monstruo, dicen de él por aquí. Carece de empatía para el dolor y la pobreza. Su imagen es toda una farsa.

El día que se vaya, deberán oxigenar la Casa Blanca de arriba abajo y, si posible fuera, rociarla con agua clara para devolverle al mundo la sonrisa y el sueño que un presidente le robó.

Ahora, lamento que Mr. Trump haya sido el número 7.300.001 de los contagiados por Covid-19 en los Estados Unidos.

El día que perdimos la sonrisa
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