jueves 26/5/22

Milito en ese grupo de amantes de la vida salvaje que nos ponemos los fines de semana, después de comer, delante de la tele bien instalados en el sofá y buscando la horizontalidad. El gran momento de los documentales.

Les puedo asegurar que me interesan sobremanera pero casi siempre quedo vencido por el deporte nacional de la siesta. En el caso del que escribe no se trata, ni mucho menos, de siesta de pijama, padrenuestro, orinal y botijo como estableció Camilo José Cela. Es simplemente eso que llaman «cabezada»; posiblemente lo más extendido entre la mediana edad nacional. El caso es que uno empieza viendo el cortejo del podargo de Ceilán (es un pájaro), desaparezco de escena un rato y para cuando abro el ojo y las entendederas veo un membrácido brasileño (es una especie de insecto) a punto de ser engullido por un lagarto.

El haber visto, aunque solo sea a ratos, esos reportajes durante tantos años me ha hecho desarrollar verdadera admiración por todos esos animales viendo como desarrollan tácticas y estrategias tanto de ataque como de defensa que son las que les mantienen vivos a ellos y a su prole.

Los que andan a la defensiva, como se la juegan casi a diario, andan vivos y espabilados y no se les escapa una porque a la que se distraen un poco pueden acabar con un mordisco en la yugular. Del mismo modo, los depredadores usan toda suerte de artimañas para conseguir la presa. Hay animales que van por libre y se hacen con lo suyo en solitario; otros van en grupo. Unos atacan cuando la presa está desprevenida tras estar el cazador horas escondido sin mover ni un músculo y mimetizado con el paisaje; otros ganan la presa tras una exhibición de velocidad y fuerza.

Los que van en grupo también tienen sus métodos: casi siempre acaban agotando a la presa o provocan su despiste y se hacen con ella o con la cría indefensa si bien, a veces, la bestia herida, viendo cercano su final, descuida su propia seguridad y se lanza con ferocidad contra alguno de los atacantes y se lo lleva por delante; eso sí, para al final acabar muerta y devorada por el resto de la manada. La vida es dura en la llanura, como siempre se ha dicho.

Durante estos reportajes que se ven y coleccionan en la mente le da a uno por pensar que los seres humanos hemos ido dulcificando nuestros comportamientos. Se va imponiendo una convivencia pacífica y salvo excepciones (demasiadas) no nos atacamos los unos a los otros de forma cotidiana al menos en el aspecto físico. Por así decirlo, se va perdiendo el instinto asesino y el de supervivencia: el caiga quien caiga. Las subvenciones, las paguillas, las promesas, el buenismo, la solución «por la vía del diálogo», las coaliciones y hasta la Alianza de las Civilizaciones (de memorable recuerdo) amansan a muchos. Por lo tanto, entre los humanos, son pocas las veces en el tiempo reciente en que se ven despliegues de táctica y estrategia. Las pocas veces en que se han unido táctica y estrategia ha sido en las grandes guerras y han dado lugar a espectaculares victorias en un bando y a humillantes derrotas en el otro. Quizá las últimas acciones militares que fueron gigantescas (con gran despliegue de talento estratégico) fueron las de la Segunda Guerra Mundial. Son los genios militares los que saben cómo organizar un desembarco, un bombardeo o un ataque por tierra con infantería, siempre pensando en una victoria final.

Estos militares alcanzan gran notoriedad entre la población (los que ganan, claro) y muchos acaban encumbrados como presidentes de sus países o primeros ministros. O dictadores. Lo que pasa es que siendo grandes estrategas a veces adolecen de la necesaria diplomacia que es necesaria en un mundo en paz y por eso estos líderes nunca lo fueron de larga duración salvo en las dictaduras. Al final, la diplomacia es la escenificación incruenta de la confrontación humana y hay que saber manejar fuerzas, amenazas, los tiempos... Hay que saber entender a tu rival y qué tiene en la cabeza.

Estos últimos días no sé si hemos visto el triunfo de la estrategia de estar agazapado y aprovechar el momento oportuno para atacar y dejarlo todo hecho un solar. O quizá, por el contrario, si lo ocurrido ha sido como en el caso de ese animal que viéndose acorralado ha sacado todas las fuerzas —hasta las de flaqueza— y ha pegado un par de zarpazos certeros consiguiendo convertir a los depredadores en víctimas.

Parece que falló la diplomacia; falló medir al rival. El instinto no fue capaz de medir la amenaza que se cernía.

Diplomacia y vida salvaje
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