viernes 10.04.2020
TRIBUNA

Divertirse hasta morir

A mediados del siglo XX dos autores británicos publicaron sendas novelas anunciando un futuro sombrío a nuestra sociedad. Hablamos de 1984 de George Orwell y Un mundo feliz de Aldous Huxley. A pesar de los paralelismos es interesante destacar que ambas obras no profetizaban lo mismo. Orwell pretendía prevenirnos ante el peligro de una opresión impuesta desde fuera, que muchos identificábamos con las ideologías totalitarias. Huxley advertía sobre un peligro más inquietante: que pudiéramos llegar a sentirnos felices amando la alienación y adorando las tecnologías que anulaban nuestra capacidad de pensar. Lo que Orwell temía eran aquellos que pudieran prohibir libros, mientras que Huxley temía que no hubiera razón alguna para prohibirlos, debido a que desapareciera el interés por leerlos. A finales de siglo Neil Postman, un prestigioso ensayistas norteamericano dedicado al estudio de los medios de comunicación, escribe un atrayente ensayo titulado Divertirse hasta morir dando la razón a Huxley. Según Postman la historia de los medios de comunicación estaría marcada por tres etapas originadas por tres revoluciones. La primera ocurrió en el siglo V antes de Cristo, cuando Atenas experimentó el cambio de una cultura oral a una escrita gracias a la creación del alfabeto. La segunda etapa comienza en el siglo XVI, cuando Europa sufrió una transformación radical como consecuencia de la imprenta. La tercera ocurre en el siglo XX, como consecuencia de la revolución electrónica y, en particular, del invento de la televisión. Para entender esta tercera revolución, que inicia la era de la imagen habría que leer a Marshall McLuhan. Para Postman, como para McLuhan, el medio ha condicionado definitivamente al mensaje: no cabe esperar que la televisión nos haga pensar, o pueda servir para educar, igual que no podríamos pretender dar clases de filosofía utilizando señales de humo como los indios cherokees. Las humaredas son insuficientemente complejas para expresar ideas sobre la naturaleza o la existencia: su forma excluye determinados contenidos. La televisión está para entretener, no para hacer pensar. Y no es que haya nada malo en el entretenimiento. Como dijo algún psiquiatra, todos construimos castillos en el aire. El problema surge cuando tratamos de vivir en ellos. Resulta curioso observar, por ejemplo, que los mismos conceptos de verdadero y falso son muy distintos si los aplicamos a un texto escrito o a un mensaje transmitido en imágenes. Para entender el significado de la palabra escrita hemos de conocer su contexto, mientras que, por definición, la imagen se nos presenta «descontextualizada». Palabra e imagen se mueven en distintos planos de significado. Según Postman las nuevas tecnologías han transformado el mundo de la información: «mientras que antes la gente procuraba información para comprender los contextos reales de sus vidas, ahora se inventan contextos (pseudocontextos) para pretender dar algún valor a informaciones irrelevantes». En este sentido la televisión no podría entenderse como un avance, sino como un retroceso frente a la cultura literaria. No estimula, sino que adormece. Con su vertiginosa acumulación de noticias fragmentarias no profundiza, sino que trivializa cualquier información. Buena muestra de ello son los programas informativos: varios minutos de asesinatos, mutilaciones y demás perversiones deberían ser suficientes para provocar semanas de insomnio, pero en el fondo sabemos que no debemos tomarnos las «noticias» en serio, porque el objetivo de la televisión es entretener y, nos guste o no, entramos a ese juego. Sobre la falacia de los programas educativos bastaría con recordar tres normas elementales de la televisión: se trata de dar una información no secuenciada, accesible a todos y entretenida. La educación supone ir construyendo sobre la base de unos conocimientos previos, mientras que para disfrutar un programa de televisión no se necesitan conocimientos previos; nunca se comienza un programa diciendo que si el espectador no ha visto los anteriores, éste no tendrá sentido. La educación parte muchas veces de la perplejidad del alumno, que desarrolla su inteligencia buscando soluciones a un problema, mientras que la televisión no deberá producir perplejidad alguna si no quiere perder audiencia: todo debe ser inmediatamente accesible. La educación requiere explicaciones, discusiones, razonamientos, mientras que la televisión no tiene tiempo para argumentaciones complejas si no quiere perder amenidad. Deberá huir de todo esto como de las plagas de Egipto. Está por estudiar todavía la repercusión que todo esto pueda tener en las nuevas generaciones. Justamente estamos ahora ante una segunda generación de niños para quienes la televisión ha sido quizá su primera maestra y, para muchos su más fiable compañera y amiga. Mientras tanto, quizá hagamos bien en dar la razón a Huxley y empezar a preguntarnos de qué nos reímos y por qué estamos dejando de pensar.

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