martes 24/5/22

Sabemos que propaganda proviene del verbo propagar que es «extender el conocimiento de una cosa o la afición a ella», según el diccionario. La RAE recoge, asimismo, otra definición que viene al pelo para este artículo; dice así: «multiplicar por generación u otra vía de reproducción». Un poco más y aparece lo que todo el mundo entiende con el término propaganda cuando se le añaden los adjetivos: política, comercial etc. y ya no digamos cuando se la califica de «pura propaganda», «descarada», «falsa», e incluso «asquerosa», que no deja de ser una manera de menospreciar o rechazar el mensaje mediante el cual se trata de convencer al potencial comprador, usuario, votante etc.

Lo de «multiplicar» se entiende como la forma de hacer hincapié, de exagerar la calidad del producto hasta tal punto que el receptor del mensaje quede impactado por la bondad del mismo y le entren ganas de adquirirlo o de adherirse a él. Lo de «la vía de reproducción» se refiere a cualquier modo, estratagema, fórmula, marketing, publicidad etc. que haga, o al menos pretenda, que el cerebro del oyente o del vidente preste mucha atención al mensaje, y sobre todo que se deje seducir por el mismo, porque el cerebro, al margen de lo listo que es, tiene sus puntos débiles y a veces se comporta tontamente. De eso saben mucho los «propagandistas», y se aprovechan.

Me dirán que existe la propaganda normal, ajustada a unas normas de ética comercial, saludable e incluso necesaria en las transacciones humanas. Estoy de acuerdo, pero conviene diferenciarla de la otra; por eso hablo del doble filo de la misma en la que se dan la verdad y la mentira al mismo tiempo, pero exaltando la primera y escondiendo o falseando la segunda. La verdad es, obviamente, la que sobresale, con los valores correspondientes, las cualidades etc. en uno de los filos de la propaganda. En el otro filo se sitúan los defectos, lo oneroso, la mentira oculta o disfrazada y no aparece en escena, aunque algunos la intuyan y otros la califiquen con el oxímoron de ausencia evidente.

Voy a escoger, para la ocasión, varios ejemplos de lo que estoy tratando de comunicar. Hay algunos en los que se pone de manifiesto de forma ostensible la intención de ocultar el doble filo, manipulando datos, exaltando algunos, minimizando otros etc. como es el caso de muchas encuestas de opinión, sobre todo las de intención política del voto de los ciudadanos. Puede ser «vox populi» la certeza de esa creencia, pero a quienes manipulan los datos no les importa mucho, pues saben muy bien que existen muchas personas a quienes no les interesa tanto la verdad como lo que verdaderamente les importa creer o desear. Hay personas, ya digo, a quienes en cuestión de propaganda política mentirosa nos les importa, incluso les excita porque subyace en ellas la descalificación del oponente y consideran la ética y la verdad como elementos innecesarios, prescindibles e incluso obsoletos en las circunstancias actuales.

Otra tendencia, en las ofertas comerciales, es la referente al precio en las que se insiste en el «solo por», tratando de convencer al futuro comprador que adquiere una ganga. Vamos, que usted puede adquirir un producto que vale X, pero cinco céntimos menos de X es un precio excepcional. Se usa el solo (solamente) como un adverbio que denota escasez, baratura del precio. Es decir que insisten en el mensaje de que el producto es barato, y poco importa si usted lo considera caro o no. Ellos, los propagandistas, saben que el cerebro humano es muy sensible al denominado ahorro, palabra clave en nuestra cultura y que comparte mesa y mantel con el despilfarro. Una paradoja más de las tantas paradojas de la vida.

Respecto al ahorro en las compras, sobre todo de la ropa, traigo a colación una conversación entre dos personas en la que una le comentaba a la otra que se había ahorrado en una compra cincuenta euros porque estaba en rebajas una pieza que costaba cien. La otra persona le preguntó si pensaba usarla mucho. La respuesta fue que no, que alguna vez acaso, pero que por ese precio merecía la pena. ¿Ahorro o despilfarro de cincuenta euros?

Los ejemplos de propaganda de «doble filo» son numerosos, como todo el mundo sabe, pero añado otro que, por mi profesión, me resulta significativo; es el de la propaganda de productos farmacéuticos con implicaciones médicas evidentes. Escuchando o viendo a los anunciantes, si uno sufre de dolor muscular, insomnio, cefaleas, estreñimiento, malas digestiones, hemorroides, dismenorrea, etc., etc. es porque todavía no ha probado el remedio que se anuncia. Se da por hecho la bondad y eficacia del producto en cuestión. Por supuesto se omite la etiología de las dolencias, los posibles efectos secundarios e interacciones con otros fármacos y ya no digamos las contraindicaciones. Pero si usted tiene alguna duda sobre el producto en cuestión, lea las instrucciones y consulte al farmacéutico; que no cuestiono la competencia del mismo, pero que es una forma solapada de echar balones fuera.

Como me ocurre a menudo, echo mano del humor para suavizar el escozor de la vida. Es por eso que les cuento una reflexión que hice hace tiempo en relación a un anuncio sobre el tratamiento propuesto para evitar el ronquido. Decía una amiga a otra que estaba desesperada porque su marido roncaba y no la dejaba dormir: uy, hija, pues dale unas gotitas (omito el nombre) y ya verás cómo deja de roncar. Y así, repitiendo el mismo anuncio durante años. Fue entonces, al cabo de tanto tiempo escuchando la matraca, cuando comenté lo siguiente: o bien las gotitas en cuestión no sirven para nada, o bien esa señora no hace caso a su amiga que lleva años insistiendo, y no se las da al marido, vaya usted a saber por qué. Y lo mismo se puede aplicar a los desmemoriados que acaban demenciados perdidos por no tomar el producto que se anuncia para evitarlo…

Otra propaganda muy extendida hoy en día es la referente a los seguros, que dan ganas de cambiarlos por cambiar para sentir la alegría de volverlos a cambiar… como en aquella canción que decía: el día que me enamore, pronto me desenamoraré para sentir la alegría de enamorarme otra vez…

Y ya para terminar, los anuncios cuya propaganda da que pensar en un doble filo muy silente y escondido. Me refiero en concreto a dos de ellos, uno referente a la protección «de lo que más importa», que eso está muy bien, pero que deja un poso de inseguridad por dar a entender que el peligro, si no te adhieres a la seguridad que ellos te ofrecen, te va a caer encima de un momento a otro. Y allá tú si eres tan lerdo que no te enteras. Eso sí, para más información «consulte al farmacéutico», que yo ya, si eso, llamo a la policía…Ya me gustaría a mí que ofrecieran, en caso del fallo de la protección, un seguro por los daños y perjuicios.

El otro anuncio es el referente a pagar o no pagar las multas por las infracciones de tráfico. La propaganda es clara: adhiérase a nuestros servicios y olvídese de las multas, que se supone o se da por hecho que usted no las pagará, aunque siga infringiendo las leyes de tráfico como le pete. Vamos que casi casi se le invita a delinquir alegremente. En fin, que en la propaganda hay que separar el grano de la paja… y no confundir la realidad con el trampantojo.

El doble filo de la propaganda
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