viernes 10.04.2020

¡Doctor, por favor, que no sufra…!

llor

Qué cantidad de veces he oído esta expresión en boca de los familiares de pacientes que, bien, de forma inesperada se enfrentaban a un pronostico fatal, o bien, aún poniendo todos los medios humanos de que éramos capaces, la enfermedad crónica que padecían tomaba una vertiente de gravedad irreversible con un desenlace más o menos inminente.

Al acabo de los años uno va adquiriendo, a través de la experiencia, conocimientos que no los dan ni los libros ni los artículos científicos sino el contacto día a día con los enfermos. Uno de esos conocimientos, entre los muchos que me han proporcionado mis enfermos, es que cuando están graves adquieren como un «sexto sentido» que les permite advertir o intuir su estado desde los primeros momentos, casi antes que se les comunique la gravedad del diagnóstico y pronóstico.

A este propósito, me viene al recuerdo un suceso. Un día, a don José, un capellán que teníamos en el Hospital de León, en los años 90, ya con edad avanzada y dilatada experiencia en el trato con los enfermos, le pregunté: «Oiga, don José, los pacientes cuándo tienen una enfermedad grave y con mal pronóstico, aunque de primeras, intentemos no comunicárselo, ¿cree que se dan cuenta de su gravedad?» La respuesta fue inmediata: «¡Mire, lo perciben perfectamente, ‘antes’ de que usted se lo vaya a decir, es como si tuvieran un ‘sexto sentido’!». ¡Cuánto me ha servido esa respuesta en mi ejercicio profesional con lo enfermos!

Efectivamente, la súplica que hacen con tanta frecuencia los familiares, «¡Doctor, por favor, que no sufra!», que por cierto, siempre me ha parecido innecesaria pues indica al médico algo elemental en su trabajo, sin embargo, bien pensado he visto que, en el fondo, tiene mucha razón, con tal que esa frase, «¡Doctor, por favor, que no sufra!...», se complete adecuadamente, y pase a ser: ¡Doctor, por favor, que no sufra soledad!» Pienso que así la frase adquiere auténtico relieve y sentido.

Que no sufra… la separación de quien, a distinto nivel, y en justicia, le debe acompañar en ese difícil momento. Que no sufra… la separación del médico, sobre el que recae la obligación profesional de acompañar al paciente con un tratamiento adecuado y ajustado a una correcta aplicación de los Cuidados Paliativos. Que no sufra… la separación asistencial por las diversas instancias sociales y administrativas que le deben agilizar las ayudas pertinentes. Y, por supuesto, que no sufra… la separación familiar, para que nunca se vea desprotegido de las atenciones muy particulares de los suyos.

En definitiva, mi experiencia, durante décadas, me ha llevado a la profunda convicción de que lo que más duele, con mucho, en la enfermedad terminal no es otra cosa sino la soledad en sus diferentes versiones. En la enfermedad terminal es muy agresiva e inhumana sentir en las propias carnes la sensación de la soledad, y para ésta sólo hay un tratamiento eficaz: hacerle ver que todo el interés de los que le están tratando no es esgrimir un «para que no sufra» que nos desprenda de él, sino aliviar en lo posible su soledad y acompañarle, tanto en el ámbito familiar, social, y por supuesto, médico con un tratamiento ajustado de Cuidados Paliativos.

¡Doctor, por favor, que no sufra…!
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