martes 20/10/20
TRIBUNA

Doña Isabel medieval e irredentista

No me refiero a reina, princesa o presidenta isabelina que en el mundo es o ha sido, sino a una opinión sobre lo expresado en TV por la periodista Isabel San Sebastián. Salgo al paso de sus manifestaciones en el programa de la 5 El gran debate, del pasado día 8. Entre los espeluznantes casos de la monja argentina liberada y filantrópica, la secretaria desempleada sacando al mercado su honra para poder comer, y la familia de cinco miembros en paro y a punto de ser desahuciada, se intercaló la presentación de la novela histórica de la periodista, Un mundo lejano.

Reconozco en la señora San Sebastián —también a punto de irse a la calle sin trabajo tras su paso por Telemadrid—su valentía, coraje y falta de pelos en la lengua, con ese aire de la hermana Aloysius, la monja hierática y dictatorial encarnada magistralmente por Meryl Streep en la película La duda, aunque no sé si en el fondo de tanta entereza le flote la duda, como a la monja del film. No obstante, la periodista de origen chileno me defraudó al poner en evidencia sus conocimientos sobre la historia medieval española, más que «manifiestamente mejorables», «absolutamente desechables». Doña Isabel afirmó rotundamente que España es el resultado de los reinos de Castilla y Aragón. Lo anterior y posterior, mediante juicio tan categórico, no alcanzan la relevancia debida, manera sumaria de despachar los complejos siete siglos de Reconquista, donde hubo alianza de moros y cristianos contra moros, y de cristianos y moros contra cristianos.

Pero lo verdaderamente sorprendente es hacer derivar a Castilla directamente de Asturias. Debe ser que, en tiempos de dolorosas mordidas, también la Historia no debe ser excepción, aunque el mordisco sea en este caso tan descomunal que pueda producir empacho. Para doña Isabel, el Reino de León no existió, si bien, al no mencionarlo de modo explícito, apunta seriamente la posibilidad de ignorarlo. Y no lo digo como cazurro despechado y ofendido, sino como defensor de la objetividad histórica. Pero lo que sí dijo explícitamente doña Isabel es que Cataluña nunca existió, porque siempre estuvo vinculada al Reino de Aragón. Por lo tanto, resulta ociosa toda reivindicación nacionalista y del todo absurdo cualquier tendencia independentista.

Si al noroeste doña Isabel se comió el Reino de León, al noreste, no solo se mordió la lengua, en lo que respecta a la catalana, sino que también se la tragó sin decir ni pío. Sin tener en cuenta que las lenguas son la principal cualidad identitaria de los pueblos y la primera interpretación de la realidad. No sólo se habla, sino que se vive en una lengua; a través de ella pensamos, en ella vivimos, nos movemos y educamos. Debe ser que como la leonesa y la aragonesa están prácticamente desparecidas, la catalana no debe ser merecedora de mejor suerte. Lo determinante es, pues, España como unidad sacrosanta y así habrá de permanecer conjuntada en sus partes, como uvas en racimo, idéntica a sí misma hasta el fin de los tiempos e independiente de la voluntad y juicio de quienes la habiten. Vaya, que los pueblos desunidos siempre serán vencidos. Y ahí está la Constitución que ordena y manda cómo han de configurarse las comunidades autónomas, aunque sea sin establecer aún su delimitación ni su nombre (Art. 147). ¡Pues claro que los pueblos deben estar unidos!, como debería ser también la humanidad entera, pero no a la fuerza, porque, a la fuerza, ahorcan.

Que quede muy claro, lo he dicho hasta desgañitar, no soy partidario de la independencia de Cataluña, ni de ninguna otra región del territorio español, que la unión hace la fuerza. Ahí está el ejemplo del éxito mundial de las selecciones de fútbol o baloncesto. Pero tampoco soy partidario de que las cosas humanas tengan que seguir inamovibles, idénticas a sí mismas, y menos aún impuestas por la fuerza «manu militari». Nada es lo mismo, nada permanece, menos la Historia y la morcilla; porque ambas están hechas con sangre y repiten. El divorcio siempre ha existido a lo largo de la Historia, entre parejas y entre comunidades, esté regularizado o no por las leyes. Pero, está visto, que doña Isabel no comulga con aquello que no sea una actitud irredentista, o sea, la de propugnar la anexión sin condiciones de un territorio a la sempiterna madre patria, sin que se posibilite el consenso de los gentes que lo habiten.

A pesar de un mundo cada vez más mestizado y globalizado, hay regiones, como la catalana, en las que se advierte en sus gentes la conciencia de una extremada personalidad. Quien haya estado ahí y no lo haya percibido es que está sordo y ciego. El entusiasmo de los catalanes por Cataluña, su apasionamiento por ella, son sencillamente ejemplares, sobre todo en un mundo como el actual demasiado frívolo y lleno de gente a quien su actitud más normal es pasar de todo mientras haya pitanza y diversión. Lo preocupante, al menos para mí, es que se busque y se cultive esa personalidad preferentemente en lo «diferencial». De acuerdo con Julián Marías, cuando por desfallecimiento propio o por limitaciones e imposiciones externas, Cataluña está debilitada y en crisis, como ocurre actualmente, acontece que los catalanes se retraen en sí mismos como los erizos, de manera enfermiza, desconfiada y suspicaz.

Para sacar luego la cabeza, opino yo, y sublevarse contra el Estado en erupción secesionista. Y este es el riego permanente de Cataluña, su tentación mayor: la «retracción explosiva». Decía Ortega: «Cuando no hay alegría, el alma se retira a un rincón de nuestro cuerpo y hace de él su cubil». Y la retracción o defecto de integración en una unidad superior de los catalanes se refuerza y recalienta con actitudes irredentistas como las de la señora San Sebastián o del señor Wert. Cada vez resulta más evidente que el ser humano necesita tener raíces. Y no hay modo más real de universalidad que la que arranca de una inserción local viva y precisa. Hay que comprender, atender y respetar las peculiaridades y aspectos identitarios, no impedirlos, como son las pequeñas sociedades a través de las cuales el individuo se pueda sentir a gusto integrado en un conjunto más amplio, al modo de cómo se integran los muñecos de distintos tamaños en las matrioshkas rusas.

Doña Isabel medieval e irredentista
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