jueves 5/8/21

¿Y dónde están los académicos?

Llevamos un tiempo en que escuchamos hablar a la gente, ellos y ellas, y no damos crédito. Bien cierto es, que una cosa es la gente y otra cosa muy distinta son los políticos.

Quiero referirme especialmente a los políticos en su afán de ser transmisores de opinión y controladores de casi todo.

Decía yo al comienzo que escuchamos a la gente, especialmente, a ellos a los políticos, divulgar cuando hablan de géneros, esa tontería de ellos, ellas, elles. Desconozco por qué pero doy fe que cada vez se escucha más y cada vez con menor tono humorístico. Es decir, se lo están tomando muy en serio.

En nuestro país, siempre ha sido de un prestigio enorme pertenecer a la Real Academia Española de la Lengua. Pertenecer o dar crédito a cualquier opinión nacida y comunicada por cualquiera de sus miembros. Pues, con mi mayor sentido de la humildad, pero con toda la firmeza de la que yo soy capaz, vengo en decir que ¿dónde están esos sesudos y sabios Académicos que tanto se preocupan de la limpieza y el brillo de nuestro lenguaje? ¿dónde están esos señores cuando en radios, televisiones o prensa escrita estamos de continuo viendo y escuchando esa, permítanme decirlo, esa chorrada de «sola,solo,sole, o miembro, miembra, miembre». Hasta el corrector del ordenador pone el grito en el cielo, cuando le ordenan escribir semejante majadería Excuso comentarles qué debería decir un formadísimo académico, cuando no la propia Real Academia, sobre esa burrada que desde hace relativamente poco tiempo, convivimos con ella.

En el crisis de Gobierno, una ministra que ha salido ha sido la de educación. Ya era hora. Este señora estaba en otro mundo

¿Tienen miedo los sres. académicos de que lo que estamos escuchando y leyendo es algo que, por si, nos califica con un suspenso absoluto, en cuanto a nuestra forma de manejar las palabras?

¿Qué tenemos los españoles que, de pronto, se nos cruzan los cables y decimos «viva la pepa» y tiramos las gorras al aire? Y no solo en el caso que les comento. Estamos llenos de ejemplos que corroboran esta afirmación. Ha sido famosa la tardanza, los cambios, los parches,todo ello, de nuestros planes de estudio, y en fin, el camino que hemos llevado, desde hace años con la organización de nuestra cultura primaria. Hablo de los cambios de planes de estudios y cambio de nombres, que llega un momento que hay que seguir estudiando para aprenderse los nombres de esos planes, que siempre son enérgica y multitudinariamente protestados. Pero ya saben. Nosotros erre que erre.

Así nos va. Y así nos seguirá yendo de no tomar medidas urgentes.

En el última crisis de Gobierno, recientemente alumbrada y rápidamente cerrada, una ministra que ha salido ha sido la de educación. Ya era hora. Este señora estaba en otro mundo y quería convencernos que el suyo era el bueno. Bien, pues ahora, vendrá otro u otra y hará las cosas a su aire y nosotros conoceremos otro plan que, naturalmente será el mejor.

Me dan mucha pena los estudiantes a los que les afecta esos cambios y que tienen que ir adaptándose a lo que dicen los «listos» de la política. Se extrañan estos estudiantes cuando salen al extranjero y les cuentan como son allí los planes y sistemas de estudio; ¿pero por qué no lo hacemos nosotros tan sencillo y eficiente con lo hacen fuera?

Porqué somos nosotros los que tenemos la razón. Los equivocados son ellos.

Echo mucho de menos, muchísimo de menos, que esos sabios académicos sean mas contundentes en los casos que estamos comentando y que la gente cuando los conoce lo toma a guasa. Y ese tampoco es el camino.

Precisamente nuestra Real Academia de la Lengua, está rebosante de prestigio y goza de una credibilidad como pocas instituciones. ¿Cual es el problema para que asesore y oriente al personal, sobre todo a los políticos que por creer que tienen los micrófonos y las cámaras a su disposición, ni se dan cuenta del ridículo que están haciendo.

Pero hay que decirlo.

De lo contrario no sería extraño, qué vergüenza, que les llamasen políticos, políticas, polítiques.

No me gusta eso.

¿Y dónde están los académicos?
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