jueves 27.02.2020

Tribuna | Educación religiosa de una generación de posguerra

Muchos, de aquellos años 60, fuimos a colegios privados, en parte porque nos lo impusieron o nos lo vendieron muy atractivamente. También porque era una manera económica de estudiar y progresar. Apenas teníamos once años y se nos cerraba clandestinamente entre muros ajenos a la sociedad. No nos dábamos cuenta de qué estábamos haciendo con nuestra educación, ciertamente coja. Menos mal que eso se ha corregido y ya no hay una reclusión a tan temprana edad. Es más: recuerdo que estando en aquel retiro se oía que los mejores religiosos eran los que habían entrado más tardíamente en la vida conventual. Venían de una normalidad.

Pero no todo fue negativo, ni mucho menos. Hubo rutinas que nos han ayudado a prosperar. Si quedábamos en el pueblo era difícil el estudio superior y lo normal era entrar en un trabajo más o menos cercano y aportar a la casa parte de ese jornal —cuando no todo—. La vida se leía de esa manera, ya que el sueldo de las familias daba de sí para pocas florituras. Quizás estudiara algún hijo, pero al resto solo le quedaba incorporarse pronto al trabajo. Y gracias.

Pudimos estudiar muchos cogiendo el petate y marchando lejos a órdenes religiosas desconocidas. Incluso, después, una vez fuera —en el siglo, como se decía— continuamos los estudios y nos licenciamos. No llegamos al final de la clerecía en la mayoría de los casos.

No hace mucho se celebró el 50 aniversario de uno de los colegios y creo que me notificaron que de los cien que entramos en su día solo llegaron a ordenarse de frailes una veintena. Los demás quedamos por el camino, pero encaminados hacia un futuro halagüeño. Casi todos nos hemos colocado en la enseñanza.

Allí, recluidos, aprendimos muchas cosas. Es cierto que quedamos muy bajos en las materias de ciencias, pero echamos raíces profundas en humanidades.

Esa merma no nos ha beneficiado. Pero era así el currículo y profundizamos ampliamente en materias humanísticas. También cogimos hábitos elogiables en métodos de estudio y concentración. Supimos privarnos de cosas materiales poco necesarias. Nos acercamos a la oración. Avanzamos en la renuncia. Luchamos en el juego y compañerismo. Estuvimos cerca de una senda plagada de buenas obras.

Nos faltó más luz y, sobre todo, conocer al otro sexo. En todo momento se nos apartó de la mujer, como si fuera el demonio. Hoy ellos mismos reconocen el error de esa ausencia. No puede ser que la presencia de las chicas nos alejara de la realidad. Allí se equivocaron de cabo a rabo. Quizás había que pasar esa barrera, pero sabiendo de qué se trataba.

Después la vida fue colocando a cada uno en su lugar. De hecho ellos sabían que tanta ocultación podía estallar en cualquier momento y así dejaron de beneficiar a muchos aspirantes con la carrera docente, porque la mayoría, al tener un asidero firme, dejaba la orden. Cambiaron la filosofía y solo, al ser ya religioso in aeternum, enviaban a los mejores a proseguir estudios. La realidad, la seguridad y la sensatez se iban imponiendo paulatinamente y nos fue situando a cada uno en su lugar. Seguro que hoy han aprendido esta lección y llegarán menos, pero serán más eficaces.

Sopesando unos factores y otros hemos de decir que hemos salido ganando, incluso los que no hemos llegado al final. Esos pocos que llegaron seguro que serán religiosos de una pieza y la felicidad estará con ellos. Los que nos hemos salido por distintas razones estuvimos siempre en una rampa propicia para progresar en la vida. Tesón y sacrificio son nuestros baluartes, amén de una firme formación en la parte humanística. Desde luego no añoramos la separación de la familia —siempre un trago amargo—, ni el trabajo que nos hubiera salido de aquella —mina, construcción…—.

Creo que mi generación ha sabido recoger a tiempo esa cosecha que desde la niñez hemos sembrado sin mayores responsabilidades.

Tribuna | Educación religiosa de una generación de posguerra
Comentarios