sábado. 26.11.2022

Lo recuerdo como si fuera hoy. Un buen mozo, corpulento y campechano; de buen yantar y mejor beber. Bajó un día del Manzanal como un ciclón ensotanado y risueño, para asentarse en el Bierzo a la sombra fresca de las parras. Caminaba renqueante, sonriente en ocasiones, pensativo y serio las más de las veces. Lo delataba su cantarín acento gallego, y en varias ocasiones, vadeando el Sil hasta Valdeorras, desviándonos por la Gudiña, nos acercábamos a su encantadora tierra orensana, donde el Ribeiro es dueño y señor de fiestas y mesas, medallones y bodegas. Sembrada estaba la vuelta del estimulante vino denso, casi gordo, pulpo bien aderezado y sabrosa bica mantecada, amén de breves y obligadas paradas en el ya nocturno trayecto de vuelta. Añoro las vendimias, cuando de aquélla el cura hacía su agosto en octubre.

—¡No olvides de recoger un cesto del mejor jerez para el cura!— recordó el abuelo al mozo.

—¡Coño con el cura! ¿Acaso no tiene él tiempo de recogerlo?— refunfuño malhumorado el nieto.

—¡Hazme caso, y cuida que la uva esté madura y sana!— recalcó reticente el abuelo.

—¡Que esos tiempos ya pasaron, abuelo!— le gritó alguien desde el fondo de la viña.

— ¡Éste es diferente!— se justificó el abuelo. —¡Ya verás cómo para tu santo vas a degustar un gotín del cubetín del cura!

—¡No me gusta el vino, y menos el blanco…!— rió con una cierta arrogancia el vendimiador.

—¡Si callaras de una vez, coño, y llenaras el talego, estarías mejor!— apuraba el abuelo, viejo cascarrabias republicano, de pro y de siempre.

Todavía lo recuerdo. Vivía el clérigo en una casa vieja, medio destartalada. Cocina, despacho, cama y un baño de mala muerte, arriba; abajo, una hermosa huerta abandonada, cuadra para el caballo, y una antigua bodega, poblada hoy por un cubetín solitario y vacío. De las vigas del techo sobresalen puntas donde el cura colgaba los dorados y mejores racimos de uva blanca que algunos vecinos le donaban. En el suelo, cubierto de paja de centeno, acampaba el resto del voluntarioso diezmo popular. No pasaba día sin que el cura no echase un vistazo a su particular cosecha, embebiéndola con la mirada.

Pasadas las Navidades, llegado era el momento de someter la uva, dorada y pasa, al sagrado rito de la transformación. Cargado el carro y pisando hielo, íbamos, ceremoniosos, camino del lagar. Lentamente chorreaba el mosto bajo nuestros pies tiritones. Era como un hilo de oro corriendo perezoso hacia la lagareta. «Es como si de un momento a otro fueran a fundirlo para hacer medallas de la Peña», decía siempre el sacristán. En pellejos de piel de cabra volvía el mosto, ya sin la madre, para reposar en el cubetín. El cura, entre una niebla densa, nos acompañaba aterecido, pero satisfecho.

Aún recuerdo la sospecha que Tino nos dejó, «este cura algún secreto milagroso le aplica al cubetín». Y allí estuvimos noches frías y estrelladas vigilando por el bufarro al dichoso cura, cuando cada noche, antes de acostarse, hacía la obligada ronda a la bodega. Después de mucho mirar descubrimos el palo con el que removía el dorado y dulce mosto que estaba iniciando su camino de lenta agonía cuaresmal. Nunca escuchamos ni oraciones ni conjuros, vertidos de jamón o gato, aunque a veces le vimos abstraído mover los labios, las manos temblorosas agitando levemente con la escudilla el interior bullicioso del cubeto. Con las populares chirigotas carnavalescas también se alborotaba el mosto. Después, silenciosos y juntos, cura, pueblo y mosto penitenciábamos contritos y a la par. La escuálida, larga y fría Cuaresma afilaba carnes y limpiaba azúcares de mosto y penitentes, obrando así el doble milagro de la transformación -humano-divina-, para el tiempo luminoso de la Pascua.

Nunca podré olvidarlo. Tras la solemne bendición del agua y del fuego nuevo, encendido el Cirio, mozos y mozas íbamos a la bodega del cura para culminar el rito de la transustanciación. Solemne, el cura removía la losa celta que sellaba - como tumba de viernes santo -, la boca del cubeto. Doblaba la manga de la sotana, miraba para nosotros, y cuando introducía el jarro en el interior, se nos cortaba el aliento. Volvía a mirarnos, lo levantaba majestuoso y sonriente, tomaba un par de vasos en su mano grande y generosa, ponía en ellos un poco de vino, los enjuagaba y aspergeaba el suelo de la bodega. Punto seguido los mediaba, y aquel color apagado, amarillo manzana, amenazaba con romper el trémulo cristal de los sueños. Nos fascinaba, nos mantenía embelesados. En silencio iba religiosamente distribuyéndolos, mientras un penetrante aire de manzanilla se apoderaba de la estancia.

Tomaba después el queso pata de mulo, lo partía en dos, y cortaba pequeñas rajitas que íbamos litúrgicamente recogiendo. Cuando todos estábamos servidos llegaba el momento del brindis. Los vasos en alto, tembloroso el queso en la mano izquierda, la mirada benévola, sonriente y satisfecha del cura era el brindis del nuevo amanecer Pascual, mientras levemente el ruido del gorgoteo celebraba la magia de aquel momento sublime y trascendental.

En ambas ceremonias, templo y bodega, todo el protagonismo: palabras, gestos y silencios, lo llevaba él, reservando para nosotros el simple papel de expectantes monaguillos. Él era a la vez, druida de las libaciones en la espléndida noche berciana, humilde y consumado servidor en la sagrada cena, y de tanta pose como ostentaba, el mismísimo y mitrado abad de Carracedo parecía. Por igual, iglesia y bodega aterecían de frío. Salmodiaban las mozas en la iglesia y cantaban los mozos en la bodega. Pan y Vino. Vino y queso. Al recuerdo me viene el obispo Prisciliano, visionario berciano, que celebraba sus ritos en las hermosas noches de plenilunio y consagraba pan moreno de centeno y leche fresca ordeñada en praderas y cañadas, alimentos diarios en aquel Bierzo paradisiaco, que él transformaba en banquete fraterno para sus proscritos seguidores.

El vino del cura —raro por blanco—, era conocido y apreciado en todo el Bierzo. Siempre había para todos los visitantes una ronda, un ritual y generoso gotín, por lo que la vida del cubetín no pasaba de tres gozosos meses, incapaz de apagar sedes del caluroso y largo verano.

—Ese cura tiene un vinín que se cuela como Dios. ¡Vamos a llevarle un queso, que el vino lo pone él! Y la bodega del cura, fría, vieja, llena de mil colgantes telarañas, guarda celosa en sus cuatro esquinas, bien seguro estoy, secretos de mil voces cantarinas y otros tantos conjuros clericales.

—Siempre él ha merecido mi recuerdo, porque siendo cura, ¡era tan distinto!: un esmerado y solícito samaritano, buen vinatero, embajador del vino blanco, y un excelente paisano.

El cubetín del cura
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