sábado. 03.12.2022

El rincón | manuel alcántara

Los llamados «padres de la patria» se acuerdan con demasiada frecuencia de sus respectivas madres. Los denuestos, las injurias, incluso las calumnias más o menos verdaderas deslucen aún más sus intervenciones parlamentarias, pero lo peor es que crean escuela.

El coordinador general de IU, al que algunos le agradecen que se exprese con tan escasa reserva, en un acto recientemente celebrado en la Plaza Mayor de Madrid, donde dijo versos Lope de Vega y quebró toros Villamediana, le llamó al presidente Rodríguez Zapatero, «caradura» y «traidor». Sus imitadores de provincias van más lejos. Quienes son asiduos a los mítines enriquecen su vocabulario con una antología de improperios.

Son muchos más frecuentes los grandes «puncheurs», pero quizá sean más dignos de admiración los buenos «encajadores». Tipos como aquel diputado al que otro le dijo «es usted un canalla y un miserable» y el aludido le preguntó: «¿De qué modo puedo interpretar sus palabras?». Lo que se lleva es el exabrupto, que exige cierta dosis de arrebato. Quedan lejanos los tiempos en los que don Manuel Azaña, contestándole a un orador que no había escatimado el tiempo para ponerse en ridículo, le dijo: «Permítame su señoría que me sonroje por su cuenta».

Es cierto que la ironía sirve para todo y no basta para nada, pero quizá siga siendo más eficaz que el agravio directo y repetido no sólo hasta la saciedad, sino hasta la suciedad. No es ninguna mala idea, a falta de otras, que alguien haya propuesto en el Congreso prohibir por ley la pre-campaña electoral. No hay que gastar dinero en insultarse antes de la campaña propiamente dicha, que es la que estamos todos obligados a oír, ya que no a escuchar atentamente. En vez de llamarle cretino o ladrón a un rival es más efectivo demostrar que le adornan esas cualidades, pero nuestros políticos no sólo hablan muy mal, sino que son muy mal hablados.

El dicterio como arma
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