miércoles 21/10/20

El efecto Cuesta

No tenemos fuerza para imponernos, pero tenemos fuerza para hacernos respetar», declaró Artur Mas ante un discurso navideño del Rey que no le pareció cordial hacia las ínfulas secesionistas catalanas, casi siempre envueltas en el papel de colorines del respeto indebido, la sensibilidad de monja y el diálogo impostor, esa estética de lo vulnerable que tanto apreciaban en el medievo bufones y damas dulcemente encamados durante las ausencias de su señor. Porque la afirmación del president venido a menos no sólo era cortesana: también era falsa. Los catalanes tienen bien ganado desde hace siglos el aprecio del resto de españoles como una de las partes consustanciales de la nación, a la que algunos llaman estado. Igual un tanto engrandados últimamente, quién sabe si por los éxitos del Barça o por la perfecta nacionalización (aquí sí) catalana del asturiano Luis Enrique, que pese a todo conserva un acento del barrio de Cimadevilla que tira para atrás las fronteras de la Marca Hispánica

La caricaturización siempre emplea un trazo rápido y suelto pero como la gente ya ha recuperado la costumbre de asistir a conferencias, aunque sean bajo la forma de monólogos, siempre que resulten hilarantes o al menos escatológicos, es de suponer que nos estamos culturizando y somos capaces de comprender cierta ironía. Por eso hablo del éxito de lo vulnerable, que está un paso más allá de lo sensible, y se ha estetizado más acá del prototipo eterno de Woody Allen o del llorón de la clase hasta hacerse tendencia. No sería el «talante» de Zapatero, sino el «diálogo» permanentemente esgrimido por ese personaje de la serie La que se avecina cuya aspiración en la vida es ser presidente de una comunidad de vecinos abierta y tolerante, de la que no recibe más que palos, en confrontación permanente con la realidad humana. El efecto Cuesta, podríamos llamarlo en su honor, puesto a producir réditos.

El triunfo de la estética de lo vulnerable lo aprendimos en el patio del instituto y en las películas teenager norteamericanas por la vía rápida de la experiencia: la guapa se quedaba siempre con el que perdía la pelea, aunque no fuera por ella. Es la atracción de la derrota, en combinación con la labia bien administrada, de la que tanto están tirando últimamente los políticos, aunque no sean catalanes. Y funciona: dan pena.

El efecto Cuesta
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