viernes 27/5/22

Se puede ser un genio de la música, o de cualquier otra actividad artística, o menestral, pero tal genialidad o talento no implica tener siempre razón y la cabeza bien amueblada.

La Historia demuestra que, con harta frecuencia, muchos grandes personajes, famosos y afortunados, dijeron o hicieron monumentales disparates.

Manuel de Falla, por ejemplo, en el año 1915 firmó un manifiesto exigiendo al gobierno de España que tomara parte en la Primera Guerra Mundial contra Alemania (Gregorio Marañón, Fernando de los Ríos y Américo Castro, también). Odiaba tanto a los alemanes que solía decir que eran un peligro para la música.

El colmo del «delirio» de don Manuel contra los alemanes llegó con la muerte de su querido amigo Enrique Granados, el 24 de marzo de 1916, en el Canal de la Mancha, cuando viajaba en el buque SS Sussex, que fue torpedeado por la armada alemana. Es evidente que se puede ser un genio de la música y, al mismo tiempo, en cualquier momento meter la pata, pues es fácil animar a los demás para que vayan a la guerra mientras uno se queda en la retaguardia, en paz, seguro, bien alimentado, calentito, tocando el piano.

Don Manuel, gran músico, gloria de España, era amigo de Lorca, y mucho más, si cabe, de José María Pemán, polifacético escritor, intelectual, monárquico, de derechas. Los dos genios gaditanos fueron favorables a la sublevación militar de julio de 1936, pues la consideraban como un movimiento estabilizador en beneficio de España.

El creador de El amor brujo, en vano apeló al presidente de la República, Manuel Azaña, suplicándole protección para los cristianos y que los marxistas-ateos dejaran de quemar las iglesias de Cádiz. En 1937 compuso el Himno marcial para las tropas nacionales.

La vida del señor Falla es un Debe y un Haber, con muchos grandes aciertos y algunos pocos fallos, muy propios de los seres humanos extraordinarios que, a veces, con las mejores intenciones, también se equivocan. Seguro que se marchó en paz, a la Gloria del Señor, perdonando a los músicos alemanes. Mala suerte tuvo de no haber podido disfrutar de la música divina de Bert Kaempfert, nacido en Alemania en 1923 y fallecido en Mallorca en 1980, autor de muchas hermosas composiciones, entre ellas Los ojos de la española que yo amé, y Extraños en la noche.

Cuando era niño, aprendí a tocar la mandolina con el maestro Serrano; de joven trabajé algún tiempo como pinchadiscos profesional en Madrid, y, después, seducido por las musas y las hermosas hijas de Eva, compuse muchas frases musicales, por ejemplo:

«Yo, igual que el violín, sólo soy feliz cuando me tocan bien y me interpretan».

«Música clásica, Yolanda, es el ritmo de mi corazón cuando tú pasas...».

«Le encanta tanto la música que siempre piensa en mí. Las otras seis notas las practicamos juntos».

«Puedes dudar de todo, pero nunca pongas en solfa el amor y la música que salen de mi corazón a tono».

«Es imposible vivir en paz cuando nos atacan los chillones que no conocen la letra ni la música. Yo marcho a disfrutar a Villar de Acero».

Me encanta la dulce música de la gaita cuando acompaña el tradicional y secular canto del «tire castañas señora María», de la Fiesta de los Mayos de Villafranca, tan original que en nada se parece a la de Jiménez de Jamuz, ni a la de Orense.

Recuerdo que, con alguna frecuencia, los alemanes y los holandeses, con los que trabajaba, me invitaban a disfrutar de una buena mesa repleta de delicias gastronómicas, en un ambiente fino, rico, delicado, elegante, escuchando los bellos sonidos de un trío o de un cuarteto de música culta y refinada. Nada comparable, sin embargo, con las enormes alegrías, los entusiasmos, el éxtasis maravilloso de comer un bacalao al estilo taberna, y unos huevos cocidos, aderezados con pimentón de La Vera, de la matanza, acompañados de unos cachelos cubiertos con sofrito de cebolla y trozos de tocino de panceta. Y todo muy bien amenizado de buen vino de cosecha propia, a esgalla, de la bodega de Sapita, mientras escuchábamos las dulces melodías que tan bien sabían interpretar Fernando Pincha, con el violín o la mandolina, Manolo Serrano con la guitarra o la bandurria, Faustino Ratita con la armónica, y Paco Pincha (el ahogado en el Burbia) en la percusión, golpeando con genial maestría un cubeto vacío y las botellas de una caja de gaseosas de Olarte.

Barbieri, maestro de la Zarzuela, dijo: «Una nación es como una orquesta, que necesita la batuta para no desafinar. La batuta es el cetro del director, y el cetro la batuta del soberano, del rey. Sin este requisito no hay armonía posible».

Castelar, le contestó: «No siga usted. Por algo he pensado siempre que la Música es la más inferior de las Bellas Artes: ¡necesita un cetro! En cambio, la más excelsa de todas, la Literatura, no lo ha menester: ¡por eso se habla siempre de la república de las Letras!

Bouza Pol, modestamente, dijo: «En la república de las letras todos quieren vivir a cuerpo de rey».

Descanse en paz don Manuel de Falla, y todas las personas que, de una o de otra manera, amaron a España, en especial el Maestro Padilla, don José Padilla Sánchez (Almería 1889. Madrid 1960), un gran compositor, pianista, y muchas otras cosas, autor de La Violetera, cuya música fue plagiada por el famoso Charles Chaplin en su película Luces de la ciudad.

El que esté libre de culpas... Yo estoy tratando de recuperar la memoria.

El fallo de Falla
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