martes. 07.02.2023
ATENCIÓN, Moncloa: está a punto de llegar al despacho del presidente uno de los mejores actores del siglo. Se llama Juan José Ibarretxe, ayer efectuó su última representación ante la prensa, y ha bordado su papel. Este crítico del teatro de la política no recuerda el caso de un artista con tanto dominio del arte de la simulación. Es más: si el elogio no os parece exagerado, estoy dispuesto a afirmar que ayer hemos visto en activo a uno de los mayores cínicos de la historia contemporánea. Y quizá me quede corto. ¡Dios, qué facilidad para convertir el desafío en diálogo, la confrontación en acuerdo, y la amenaza en oportunidad! ¡Qué dominio del arte de asustar al espectador, utilizando el espantajo de Aznar! ¡Qué hombre lleno de bondad, que está dispuesto a todo, menos a un arreglo «a tortas»! ¡Qué adalid de la tolerancia, que no inventa un proyecto para dividir, sino para que lo respalde la mayoría social! ¡Y qué gran pacificador, hombre proverbial, que trae, por fin, «la tregua definitiva de ETA»! Ante tales cualidades que producen asombro, ignoro por qué se le critica. Además de lo dicho, todo lo que plantea a vascos y vascas rebosa generosidad y grandeza: un referéndum sin exclusiones; una voluntad ciudadana que importa más que la suya y la de Zapatero juntas; una aceptación del voto de los asesinos, porque estos también votaron con el PSOE y el PP y nadie se escandalizó; unos partidos mayoritarios que se quieren imponer desde el Pacto Antiterrorista; y una petición: que nadie cultive el nerviosismo, que la sociedad está muy tranquila. Me pongo en la piel del campesino que le escucha en el caserío. Me meto en la piel del ciudadano urbano y silencioso que le mira en el telediario. ¿Qué puede sentir ante ese genio de la representación? Una emoción sin límites de poder contemplar a un patriota que piensa en los vascos y en las vascas y los defiende frente a unos extranjeros sin sensibilidad. Le contemplará como un mesías que viene a salvarle frente a los intentos de intromisión de unos señores que no piensan en vasco ni creen en el pueblo vasco. Ese espectador no se detendrá a pensar que el actor no ha dicho nunca que su plan es secesionista. Ni tiene la sutileza de detectar que el actor no ve «choque de legitimidades» por la razón del visionario: «el Congreso nunca tomará acuerdos sustituyendo las decisiones del Parlamento vasco». Ni pensará que ese actor que le habla no le dice la verdad. Ni se le ocurrirá que el actor ya se parece al suicida que circula por la autopista en dirección contraria, y piensa que todos están locos, porque van en sentido opuesto a él. Y como el espectador no verá nada de eso, este gran actor puede ganar. Claro que puede ganar.

El mejor actor del siglo
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