sábado. 03.12.2022

Estos días pasados se conmemoró el cuadragésimo aniversario de la Kristallnacht, la tristemente célebre noche de los cristales rotos, en que los nazis alemanes ensayaron su exhibición de odio racial contra los judíos que desembocaría en el Holocausto y sus seis millones y medio de víctimas. La conmemoración el domingo del centenario del armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial eclipsó el recuerdo de aquella salvajada en que los energúmenos estimulados por Hitler asesinaron y destrozaron las sinagogas, negocios y viviendas de los judíos que vivían en Alemania. Y es una pena, porque, aunque la historia, el cine y la literatura nos recuerdan con frecuencia lo ocurrido, rememorarlo en una fecha tan señalada podría haber servido de alerta clara sobre lo que está ocurriendo actualmente. El odio hacia el diferente, que siempre ensangrentó al mundo, no ha disminuido con la evolución de los tiempos, el aumento de la cultura, el desarrollo tecnológico y la expansión —aún limitada— de la democracia. Cada día se muestra en sus diferentes variantes, algunas viejas, casi podría decirse que ancestrales, y otras de nuevo cuño.

La más acendrada en una parte de la sociedad es el antisemitismo que se generó y creció a lo largo de los siglos partiendo de la intolerancia religiosa, la sospecha que propicia la existencia de sociedades minoritarias o la ambición en el campo de los intereses ajenos. Y el antisemitismo de los pogromos, de las leyes raciales y de la discriminación rabiosa no sólo se mantiene vivo, sino que está en aumento. No llega a los extremos de los años treinta o cuarenta en Alemania, pero continúa activo y con evidente voluntad de crecer y multiplicarse. La matanza un par de semanas atrás en la sinagoga de Pittsburgh (EE UU) es un ejemplo.

El primer ministro francés denunció el incremento de los atentados antisemitas. París es sin duda la ciudad más afectada, pero no la única: el problema se extiende por todos los países donde existen judíos. En algunas ciudades europeas —ya no hablo árabes— salir a la calle con una kipá es un riesgo. España no es una excepción. Los informes anuales del Movimiento contra la Intolerancia reflejan que sólo en Madrid fueron más de 500 los incidentes de origen antisemita que se registraron el año pasado. Los miembros de la comunidad judía se hallan plenamente integrados en la sociedad y aunque no dan motivo alguno de crítica social o acusación delictiva, se sienten amenazados. Tanto las sinagogas como la mayoría de sus actos religiosos o públicos necesitan ser protegidos por medidas y servicios de seguridad. Una parte de las agresiones parten del rechazo a la política israelí con los palestinos, pero otros son consecuencia del odio hacia la imagen del judío como persona y como pueblo que las sociedades modernas no han logrado borrar.

El odio no da tregua
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