sábado 31/10/20

Elogio de la riqueza. Bases del nuevo capitalismo social

La riqueza es una de esas palabras rebeldes e iconoclastas, provocadoras de disenso y motivo de controversia; incluso mecha incendiara de revoluciones, que permanece latente y burbujeante en el acervo hervoroso de la humanidad; inspirando nobles deseos y sanas ambiciones para unos, pero blandiéndose como signo diabólico, causa de la injusticia y la explotación, para otros.

Si buscamos una respuesta objetiva a la pregunta ¿qué es la riqueza?, quizá podríamos aceptar unánimemente una fórmula descarnada y descriptiva, como una balsa conceptual a la cual aferrarnos: la riqueza es el triunfo de la naturaleza sobre su propia limitación original. Dicho de otra manera, la riqueza no es otra cosa que un resultado de la relación del hombre con la naturaleza; o lo que es igual: la subjetivación del mundo a través del trabajo y la propiedad.

En este proceso, conocido históricamente como capitalización, el mundo deja de ser un límite para la acción humana y se convierte en escenario de una nueva creación, reflejo de la libertad. Consecuentemente, el capital resultante de ese proceso creador, hace del hombre el sujeto del mundo allí donde antes era un mero objeto: su vida era lo que la naturaleza hacía de él, mientras que, a través del trabajo, como fuerza transformadora, la naturaleza se convierte en reflejo de la metamorfosis liberadora y socializadora (compartir, participar, distribuir) de la acción humana.

El trabajo adquiere un protagonismo singular en este proceso, convirtiéndose en principio sustanciador de toda riqueza, a la vez que fuente generadora de comunidad y arquetipo de sociabilidad, pues implica esencialmente reciprocidad y alteridad. Consiguientemente, esta actividad social, producida por el intercambio de bienes y servicios, a la que llamamos economía, no es producto de elucubraciones teóricas de la mente humana, sino consecuencia de la praxis del homo sapiens sobre la misma naturaleza, y resultado de incontables decisiones tomadas por innumerable cantidad de personas en inconmensurables circunstancias históricas concretas y diversas.

Rastreando en los albores de nuestra civilización, descubrimos en la sociedad heroica de la anomía todo un tratado de economía en la lúcida pluma de Homero: «Zeus, hijo de Cronos, se enfureció con Glauco por haber intercambiado la armadura con Diomedes, hijo de Tideo, dando oro por bronce, el valor de cien bueyes por el valor de nueve».

Pero superada la época de la heteronomía en la que los dioses dictaban las normas, y alcanzado el estado de la autonomía de la razón Platón pone en boca de Sócrates (470-399) estas hondas palabras: «Hombre de Atenas, la ciudad de más importancia y renombre en lo que atañe a sabiduría y poder, ¿no te avergüenzas de afanarte por aumentar tus riquezas todo lo posible, así como tu fama y honores, y, en cambio no cuidarte ni inquietarte por la sabiduría y la verdad?...en las que reprocha no tanto la riqueza como el afán desordenado de alcanzarla.

Años después, Aristóteles (384-322 a. C) será el primero en utilizar la palaba economía (Oikos nomos) y en su Ética a Nicómaco nos lega el influyente tratado de las virtudes y la definición del hombre virtuoso como el mejor ciudadano en la mejor ciudad posible (el politikon zoon), abriendo el debate, aún vigente y no resuelto hoy en día, entre moral pública y moral privada.

Recuperando la masa madre de las ideas del Estagirita en la Escuela de Salamanca, el dominico Francisco de Vitoria (1495-1560) hará un defensa de la riqueza ligada al mercado libre y a la propiedad en un texto irrefutable: «Si los bienes se poseyeran en común serían los hombres malvados e incluso los avaros y ladrones quienes más se beneficiarían, sacarían más y pondrían menos en el granero de la comunidad» (reflejado en un proverbio de la época: asno de muchos lobos termina comido); transmitiendo uno de los perdurables argumentos escolásticos: la propiedad privada es útil para preservar la paz y para hacer posible un orden social justo.

En pleno fragor de la batalla por la supremacía de las ideas económicas en el siglo XX, Milton Friedman (premio Nobel de Economía en 1976), promotor de la renombrada Escuela de Economía de Chicago, y referencia ideológica del neoliberalismo económico, escribía una frase lapidaria en septiembre 1970, en el New York Times: «la responsabilidad social de la empresa es incrementar sus beneficios». Glosaba en unas palabras toda la crítica a la ética de empresa, y parecía dinamitar los puentes ideológicos con una economía de rostro humano. Cincuenta años después, otro Nobel en la materia, Joseph Stiglitz, señala en su obra reciente Capitalismo progresista (Taurus), por el contrario, que para terminar con la desigualdad y el descontento ciudadano hacia la democracia y sus instituciones «se debe construir un nuevo contrato social» que propicie el equilibrio entre el mercado, el estado y la sociedad.

Hoy somos testigos de un nuevo paradigma que, bajo la nomenclatura de capitalismo social, va a marcar y definir el devenir de la ética empresarial durante el siglo XXI. En agosto de 2019, el Business Roundtable, asociación que reúne a 118 líderes de las principales empresas de Estados Unidos, y del mundo (desde Amazon hasta Xerox, pasando por Walmart, Apple, Exxon Mobil, TT&T, Ford, o JP Morgan) hizo pública la titulada «Declaración sobre el propósito de la corporación». En ella se comprometieron a impulsar un modelo de negocio con impacto social que permita a los ciudadanos alcanzar una vida digna a través de su trabajo, mediante un selecto catálogo de compromisos éticos que deben definir los principios del gobierno corporativo: entregar valor a los clientes; invertir en sus empleados con mejores sueldos, prestaciones, educación y capacitación; tratar a los proveedores de manera ética y justa; apoyar a las comunidades donde operan haciendo un negocio sustentable, y generar valor a largo plazo para sus socios y accionistas.

Prueba de que ese valiente pronunciamiento no se trataba de un mero producto de marketing es que a esta iniciativa se sumó la élite global, en el Foro Económico Mundial (WEF), en su 50ª reunión de enero, emitiendo el manifiesto de Davos 2020, con una apuesta inequívoca por ese nuevo paradigma del capitalismo social: el propósito universal de las empresas en la cuarta Revolución Industrial, en el cual impulsa el capitalismo de stakeholders (empleados, clientes, proveedores, comunidades locales, y sociedad en general) como la nueva vía para los negocios con impacto social. Se establece como propósito de las empresas la colaboración activa con todos los grupos de interés en la creación de valor compartido y sostenido.

Este nuevo antropocentrismo económico (la economía a la medida del hombre) que empapa progresivamente los tejidos de la nueva cultura empresarial queda perfectamente reflejado por Daniel Lacalle en su flamante libro, Libertad o igualdad (Deusto), con alguno de sus postulados: «El capitalismo social, que consiste en la inversión privada en el bien público, es el mejor sistema para crear soluciones sostenibles que produzcan el máximo bienestar para todos…bajo este sistema, el sector privado, no el gobierno, realiza inversiones directas en bienestar social». En definitiva, permite abordar los retos sociales, no por intervención del gobierno, guiado a menudo por la ineficiencia o la asignación inadecuada de recursos, cuando no la corrupción política, sino mediante soluciones propias del mercado, intrínsecamente eficientes y sostenibles.

Como una nueva era de humanización de las empresas, atraídas por la fuerza centrífuga de la persona como núcleo de su actividad, ha de interpretarse la actual exaltación del mecenazgo empresarial, y la conversión de la Responsabilidad Social Corporativa en el factor determinante que inspira a las empresas, más allá de la cuenta de resultados, para conciliar sus intereses económicos con los intereses sociales, a través de la metodología del Triple Balance (3BL en inglés), atendiendo a tres pilares fundamentales de las organizaciones presentes y futuras: economía, sociedad y medioambiente. El objetivo final, comúnmente compartido, es concluyente e irreversible: generar, además de riqueza, bienestar social.

Que mejor epílogo para permanecer en el aire, sobrevolando las conciencias, que el recuerdo de una frase increpante del novelista y poeta bengalí y Premio Nobel de Literatura, Rabindranath Tagore, cuando atormentado por su riqueza personal y la pobreza de sus paisanos, escribió: «Llevo dentro de mí un peso agobiante: el peso de las riquezas que no he dado a los demás».

Elogio de la riqueza. Bases del nuevo capitalismo social
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