sábado. 25.06.2022

Por la acera, viene una bicicleta con dos personas. El hombre pedalea acompasadamente, mientras la mujer va sentada en la barra. Con los rostros pegados, hablando en susurros, se desplazan con suavidad -mejilla contra mejilla-, como Paul Newman y Katharine Ross en la famosa secuencia de la película «Dos hombres y un destino» (1969), bajo la pegadiza canción de Burt Bacharach, «Raindrops keep fallin’on my head». En un paso de cebra, casi los arrolla una furgoneta. Amanece. Todos tenemos prisa, salvo ellos…

Desde los tiempos de la infancia, la bicicleta forma parte de nuestras vidas, sobre todo a la hora de experimentar la libertad de movimientos, los sueños y los deseos de evasión. La bicicleta es una experiencia de eternidad, dice Marc Augé en su deliciosa utopía «Elogio de la bicicleta» (Gedisa, 2009), pues cuando volvemos a subirnos a una recuperamos las sensaciones vividas, volvemos a la infancia y, por tanto, «nos escapamos de la acción corrosiva del tiempo». La bicicleta lleva décadas persiguiendo la utopía urbana para conseguir «la reconciliación de esta sociedad consigo misma», como dice Augé. Su frágil estructura tiene un papel fundamental en la transformación de las grandes masas de cemento y, por extensión, en el cambio del sentido de la vida, proyectado en las monstruosas megalópolis, donde lo peor del urbanismo nos asfixia. En contraposición, Barcelona quiere ser un ejemplo desde hace varias décadas. Su sistema de alquiler de bicicletas ha conseguido 188.000 abonados, repartidos en un 44% de usuarios con edades comprendidas entre 25 y 34 años, un 22% entre 35 y 44 años, un 16% entre 16 y 24 años y un 6% con usuarios de más de 55 años. Se han contabilizado 35.000 usos diarios en invierno y 45.000 en verano, a lo largo de 156 Km. de carril-bici. Marc Augé nos cita esos datos para hablar del «efecto pedalada», un terremoto ecológico donde las barreras sociales se desploman y donde el monoteísmo petrolífero se destruye a cada golpe de pedal.

Es necesario que las grandes ciudades extiendan el efecto pedalada, pero no desde la improvisación. Lo que representa la bicicleta en nuestros tiempos no es un cubo de pintura blanca y una foto en el periódico. El ciclismo en la ciudad significa recuperar el aire puro, la serenidad, la percepción de otros olores y sonidos, el fomento del grupo, la charla entre amigos, etc. El ciclismo es una forma de humanismo. Si no somos capaces de comprender eso, tras la experiencia de otras ciudades, nos aplicarían aquello que dice mi primo Serafín: «tantos años amansando burros y siempre la cuadra llena»… Había que hacer algo.

Elogio tenaz del pedaleo
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