martes 17/5/22

Las mudanzas, por lo general, tienen su encanto. Fuimos engendrados, formados, salidos del vientre materno y nacidos como niños, crecimos adolescentes, vivimos como jóvenes cargados de sueños y proyectos, maduros fuimos para el trabajo, el esfuerzo y el amor; pero hoy, de todo aquello, poco queda, salvo unas manos temblorosas, una mente frágil, y solo un corazón clarividente, con sus mil facetas, para eternizar el amor.

¡Qué solemne rito de mudanza —años 50 del siglo pasado—, cuando nos mudábamos la ropa para la misa del domingo, la fiesta, el baile o el funeral!

La vida es una continua mudanza, y las mudanzas son la clave de la vida. Hay que ser valientes para hacerlas en su momento oportuno: ¡Sal de tu tierra! Sal de tu comodidad, sal de pensar que todo deberá seguir siendo igual. Siempre soñamos y nos ponemos en lo mejor, pero a veces los resultados no son los esperados y nos sentimos obligados a cambiar lo que podemos, y a aprender a manejar y conducir, aquello que nunca pudimos cambiar.

Un día leí, «en tiempos difíciles, no hacer mudanzas», y me quedé con la frase. Hoy quiero darle la vuelta a la tortilla y acometer mudanzas en los tiempos difíciles, que es cuando más se necesitan.

Cuando llegan los malos tragos que la vida nos obliga a empinar. Cuando no logramos ajustar los sueños a la realidad, cuando ya los años nos marean, cuando el ser querido, imprescindible, se nos va, cuando, el pobre pajarillo, perseguido por el gavilán, tiene que dar un giro de ciento ochenta grados —¡si puede!—, para esquivar el peligro y remontar.

¡Qué ilusión cambiar de año, de pelaje y de juguetes! ¡Qué hermoso el «Panta Rei» de los griegos!, completado con la frase de Machado, «todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar…».

El pueblo español, como los mismos pueblos que a lo largo de los siglos lo invadieron, siempre ha tenido vocación nómada en búsqueda de nuevas rutas«Deja tu casa y tu parentela, y vete a la tierra que yo te mostraré». Y el beduino errante que somos, empaca su tienda y sus enseres y se va a vivir a otro lugar.

Mi vida de giróvago empedernido, me ha llevado, es cierto, a vivir en muchas casas, a gozar y a sufrir muchas y diferentes mudanzas. Nunca en los Estados Unidos, la gente suele estar satisfecha con la casa que tiene. Es como si la casa fuera una tienda de campaña que, a lo largo de la vida hay que ir renovando y acomodando a las necesidades familiares, económicas, sociales y culturales.

Se puede cambiar de casa, comprando otra, mejor o peor, según los giros de la propia vida; o simplemente, reformando el interior, totalmente construido de madera, y fácil de cambiar, porque sobre una estructura de cemento en la base, el resto de la vivienda se construye de madera y poco más. En pocos días se puede construir una casa, arte en la que son maestros los carpinteros latinos.

Para la renovación de casas, hay programas en la tele que nos muestran a diario cómo dejar nueva la casa «vieja», de tan solo 20 años de vida. Armados de mazos, exhibiendo músculos, los carpinteros y las propias familias, a mazazo limpio, destruyen el interior de sus viviendas, como si nunca les hubieran tenido amor, querencia, anhelando tener una casa nueva.

El «antes, ahora y el después» de una casa, forman parte de la vida de muchas familias norteamericanas. Cambiarse de casa en este país es poco más que cambiarse de muda, de coche o de celular. Si tienes trabajo fijo, el banco te presta para una casa, aunque te pases el resto de tu vida pagándola.

Por otra parte, hoy, las mudanzas no deseadas —como el coronavirus —, están a la orden del día. Mudanzas que nadie quiere, porque eso es como dejar las raíces.

Son terribles y vienen impuestas por las catástrofes, las guerras, las hambrunas, las enfermedades, la falta de trabajo, o las ansias de trabajar, ganar más y vivir mejor. Desde este país, trabajador por naturaleza, no se entiende que, con el alto paro que hay en España, no haya gente dispuesta para valorar y seguir profesiones dejadas en el olvido. Va a ser verdad aquello de que, lo que falta no es el trabajo, sino ganas de trabajar. Es como un pasotismo, en nada moderado, que va a tener —cuando los ancianos se vayan —, ya contados los días. Y es que muchos padres quisieron —algo muy paterno-materno—, evitar a los hijos los madrugones, los sacrificios, el ganar el pan con el sudor de la frente, mientras haya quien sude por ellos.

El pueblo español, como los mismos pueblos que a lo largo de los siglos lo invadieron, siempre ha tenido vocación nómada en búsqueda de nuevas rutas. Celtas e íberos, comerciantes fenicios, trotones romanos, bárbaros del norte llegaron a España y nos dejaron ramalazos de sangre aventurera. Se vino, ya tarde, la medida luna, y logró vivir entre nosotros la friolera de ocho siglos.

Y cuando dejaron de venirnos visitantes, nos fuimos nosotros en busca de aventuras. América nos abrió el alma, aunque nunca apagó la sed de oro; y cuando el oro, siglos más tarde brilló en Centroeuropa, la maleta al hombro, nuestros abuelos, padres, hermanos y amigos, se fueron a conquistar Suiza e Inglaterra, Francia, Alemania y los Países Bajos, los mismos que hoy nos aportan el euro con su turismo.

Con mi esposa y mi nieta —que no en la sangre, sino en el amor— fuimos a ver la película, Encanto, tan llena de vibrantes y múltiples colores, de ojos encantadores y de hermosas canciones. No me gusta ir al cine, pero, para un cambio, no estuvo nada mal. «Encantar, es someterse a poderes mágicos que nos dejan desconcertados, engañados, o en atraer y ganarse la voluntad de alguien por dones naturales como la hermosura, la gracia, la simpatía o el talento. Es un encanto de persona» (RAE).

La cinta fue todo un canto a la vida, a la belleza, no exenta de golpes de mala suerte, de nefastas y juveniles envidias y conjuros —tan comunes en la vida—, pero en el fondo, el mensaje quedó claro: hay que volver, volver siempre en busca de la senda, del camino perdido, de las raíces de la infancia, de los años equivocados de aquella juventud —¡divino tesoro!—, del ayer lejano, pobre y sin horizontes, que nos obligó a agarrarnos a un clavo ardiendo para salir adelante en busca de futuro, de aquella juventud que no fue ni perdida, ni ganada, pero tampoco malgastada. Simplemente equivocada.

Hay que comprar un nuevo picaporte (una aldaba, en mozárabe), para la puerta del alma, porque todavía hay mucha gente que quiere llamar a nuestra puerta, esperando poder hablar, iniciar un diálogo, antes de romper el dulce y frágil encanto de la convivencia. No podemos mantener esa endiablada crispación que a diario nos atenaza y nos consume. Debemos movernos, salir del círculo de esta sordera que nos está llevando a mayores e irremediables enfrentamientos. Ya, en este 2022, no busques milagros, que el milagro eres tú.

Encanto y llanto de las mudanzas
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