miércoles. 10.08.2022

Cuando vine a España para quedarme en 1980 me atrajo su enorme potencial: sus tierras, sus gentes, su clima y un fuerte deseo de cambio y desarrollo. Daba gusto. Y no me equivoqué. Desde entonces el país es irreconociblemente mejor en muchos sentidos. Sin embargo, en la época de pos-crisis financiera de 2006- 2008 parecía que alguien hubiese apagado el GPS nacional. El país se perdió y sobre todo en lo relacionado con la energía.

Después del tsunami que arrasó la central nuclear de Fukushima en marzo de 2011, la canciller Merkel no tardó en declarar que Alemania cerraría todas sus centrales nucleares. No importaba que la mayoría no estuviese en la costa ni que la sismicidad de Alemania nada tuviera que ver con la de Japón. De repente lo antinuclear se convirtió en el primer paso hacia un «no a todo lo que no sea renovable».

A continuación, otros países de la UE, España incluida, empezaron a desmantelar sus capacidades de generación eléctrica sin contar con otras alternativas. Obviamente la generación eléctrica requiere de estas instalaciones y su correspondiente combustible. Si falta uno de estos elementos, el sistema queda inservible. Es lo que ha pasado. ¿Pero cómo se explica?

La respuesta es múltiple y compleja pero el principal culpable es el alarmismo climático y la resultante estampida caótica hacia una «transición ecológica» que es, a todas luces, económicamente inasumible. El coste total de la descarbonización de la UE se cifra en 260 billones de euros, 150 veces el PIB de España. A día de hoy, una transición económicamente factible debe ser claramente planteada, bien ejecutada y resistente a pandemias y guerras. Lo que tenemos ahora es todo menos eso.

La coyuntura actual crea situaciones ilógicas derivadas de posturas hipócritas: El 43 por ciento del gas que importa España (cifras de marzo pasado) procede de Estados Unidos, que lo extrae mediante fracking. Esta técnica fue prohibida el año pasado en nuestro país mediante la Ley de Cambio Climático, que también prohíbe la simple investigación de hidrocarburos, lo que no puede ocultar que sepamos que en nuestro subsuelo patrio exista gas no convencional equivalente a 40 años de consumo al ritmo actual. Este gas podría ser extraído mediante fracking. En Argelia, otro de nuestros proveedores de gas, se detectaron recientemente 3 enormes «nubes» de metano (gas natural) procedentes de gasoductos defectuosos. El metano es un potente gas de efecto invernadero 80 veces peor que el CO2. Obviamente si ese gasoducto estuviera en un país desarrollado como España los controles medioambientales asegurarían que esas emisiones fuesen atajadas antes de convertirse en amenaza. Aquí reside otra clave del problema energético: compramos una parte significativa de nuestro gas a países en los que las garantías políticas y medioambientales pueden ir o van directamente en contra de nuestros intereses nacionales. Rusia es el mejor ejemplo dado que emplea el gas como arma política y fuente de financiación de una guerra. En su reciente y aclamado libro «Gente de Putin: Cómo la KGB se hizo con Rusia y luego se enfrentó a Occidente», Catherine Belton describe un régimen cleptocrático-mafioso que emplea estructuras societarias opacas en jurisdicciones con reglamentación laxa para desviar caudales (centenares de miles de millones de euros) desde actividades aparentemente legítimas a fondos anónimos con los que se han comprado influencias en multitud de situaciones y lugares. Según el entonces secretario general de la OTAN, Anders Fogh Rasmussen, en 2014 el gobierno de Putin estaba detrás de campañas anti-fracking en Europa occidental y trabajaba activamente con ONGs para mantener la dependencia gasista de Europa. Pocos le hicieron caso. La simple realidad es que si España hubiese permitido el fracking, gran parte de su problema energético no existiría y Putin no tendría tanta soltura económica para librar su guerra en Ucrania.

España desmanteló las centrales de carbón en su apuesta por las renovables; Alemania las ha reabierto. Un buen ejemplo de independencia energética es Francia. Gracias a la nuclear, su inflación es poco más de la mitad de la española y el precio de su electricidad sigue siendo asumible. Mientras tanto, España, según la UE, ocupa el puesto 27 (de 27) en crecimiento de PIB per capita durante el periodo 2017-21.

Otro sector que corre riesgo de sobre-exposición político-económica es el de los materiales esenciales para la transición energética: cobre, cobalto, litio etc. El «no a todo» tiene al dueño de Tesla, Elon Musk, quejándose de que su empresa es un «gran quemador» de dinero dado que no puede conseguir los suministros necesarios para fabricar las baterías de sus coches. España, miren por dónde, tiene muchos de estos materiales en su subsuelo.

Hace más de 40 años España hizo una transición democrática ejemplar que fue objeto de estudio e incluso de envidia. Se realizó gracias al consenso, la tranquilidad y con inteligencia. Hagamos también una transición energética envidiable para que nuestros jóvenes tengan la oportunidad de vivir en un país del que puedan sentirse orgullosos y no estar siempre buscando oportunidades en el extranjero.

Ese potencial que vi hace tantos años sigue ahí. Hay que aprovecharlo o correr el riesgo de arruinar el país con una política energética ideologizada sin sentido.

Energía en España: para «no a todo» pulse intro
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