sábado 26/9/20

El equilibrio de los egoísmos

La crisis de la civilización occidental no es política ni económica, sino esencialmente espiritual. El hombre de nuestro tiempo se ha quedado sin respuestas para ese gran misterio que es la vida. Un materialismo individual desprovisto de rumbo o de valores. Cuando los «ideales» que se les presentan a los hombres son: en nombre del amor, sexo; en nombre de la libertad, egoísmo; en nombre del derecho al pleno desarrollo de la propia personalidad, el desprecio hacia los criterios y los derechos de los demás; en nombre de la independencia y la madurez individuales, el rechazo de toda autoridad y la incapacidad para servir; en nombre de la responsabilidad o de la participación democrática, las protestas estériles y holgazanas; en nombre de la justicia política o social, la violencia y el odio.

El equilibrio de los egoísmos. Miedo como una de las causas del aislamiento del hombre. Es el miedo el que hace que vayamos volando puentes y estableciendo distancias. La confusión entre la «realidad virtual» y la realidad es frecuente en los últimos tiempos. Las preguntas son muy fáciles; lo difícil son las respuestas. Quizá nuestro declive comenzó cuando nuestros dirigentes no fueron capaces de acomodar la acción a la necesidad de los tiempos. Es absurdo que a estas alturas de la evolución política mundial aun haya personas que, a remolque del verdadero planteamiento de los problemas sociales, vivan en ese viejo sueño naturalista de dejar a la sociedad a merced de los impulsos ciegos de la masa. Tengo derecho a que mi vecino respete mi persona y mi propiedad. Pero también tengo derecho a que él se respete a sí mismo. Nadie tiene derecho a ensuciar la calle. Nadie tiene derecho a degradar el mundo. Nadie tiene derecho a degradarse a sí mismo.

Vivimos en una nueva mitología. En el mundo antiguo, era libre quien tenía, al menos, un esclavo. Hoy el que tiene, al menos, una tarjeta platino que no es lo mismo que tener una tarjeta de crédito. Una-tarjeta-platino-no-se-la-conceden-a-cualquiera. Vivimos en una sociedad de endeudados. Ante los niños venían con un pan debajo del brazo; hoy con una deuda de 30.000 euros. La tecnología está cambiando la forma en que interactuamos, trabajamos, vivimos, nos relacionamos. Quienes nazcan hoy, casi seguro, no tendrán carné de conducir porque ya no será necesario, los coches serán inteligentes. El teléfono tardó casi cien años en llegar a la mayoría de los hogares; Facebook, solo cinco. Nos encaminamos a sociedades gerontocráticas, donde la influencia de los mayores puede determinar la agenda política y de presupuestos sociales. Es necesario que como sociedad cambiemos el concepto de ancianidad y le otorguemos el valor que tiene y se merece. Una nueva perspectiva sobre el envejecimiento, alejada del concepto del anciano como una carga social y centrada en la ancianidad como un éxito de las sociedades occidentales. Tratar de demorar la senectud ha sido una constante a lo largo de la historia. El futuro pertenece a las personas mayores, pero la sociedad no ha comprendido todavía las consecuencias de este fenómeno inédito en la historia. Es necesario un cambio mental de la sociedad, preparándonos para una etapa de post jubilación que muchos ya auguran será más larga incluso que la laboral. Ello supone una auto responsabilidad del propio individuo, pero también un planteamiento del papel que tendrán el Estado y la sociedad civil.

Los enemigos de nuestra civilización se alimentan de la falta de soluciones, de la corrupción, de la desconfianza en las instituciones y en sus dirigentes. Una sociedad que no tiene claro que armonizar intereses es fundamental para vivir en paz y armonía. La-ley-de-la-selva. Un tema muy de fondo, para pensar. Gobernantes y dirigentes de partidos políticos, mayoritariamente, instalados en el cortoplacismo. ¿Quién piensa en el mañana? Un mercado mundial sin jurisdicción mundial es injusto. Economía global, sin Derecho global, sin Gobierno global: es un engañabobos. España, hoy, es un Estado no una Patria, y no es lo mismo. Cada vez nos unen menos cosas. Hoy solo nos une —y no siempre— la selección nacional de fútbol. La situación actual conduce a un deterioro de la identidad que, una vez que se pierde, se convierte en actitudes sentimentales y fanáticas. El fanatismo no es bueno, porque es irracional. La política es algo tan sencillo como ayudarse —mutuamente— a vivir bien. Urge entusiasmar a un mundo cansado.

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