sábado 24/10/20

Lo que no es la libertad

Los datos son como cifras, es decir, el único lenguaje que, en esta época nuestra de confusión de lenguas, sigue siendo accesible a todos, a las gentes más sencillas como a las mentes más formadas. Algunos dicen que la pandemia no existe, que el covid es una-especie-de-gripe, solo que un poco más virulenta. No es verdad. El covid mata. Y es cierto que, a veces, las mascarillas y guardar la distancia social suponen una molestia: pero contribuyen a salvar vidas.

La libertad no consiste en hacer cuanto a cada uno le apetezca, pues la libertad, en tal caso, se identificaría con la ley del más fuerte, que impondría sus antojos a los más débiles. El respeto a la libertad de los demás no es nunca indiferencia, sino consecuencia del amor, que sabe valorar a cada hombre en su concreta realidad. El amor al prójimo no es algo que esté de moda. Quizás no lo ha estado nunca. Pero el individualismo de nuestra sociedad agudiza esa carencia y nos hace ignorar que los demás son prójimo.

La existencia de una sociedad hostil y peligrosa es hoy algo evidente. Los comportamientos agresivos son hoy cada vez más frecuentes y cada vez más descarados. Una sociedad donde han adquirido tan gigantesco desarrollo todo tipo de sistemas de seguridad es una sociedad que necesita protegerse de sí misma continuamente, donde nada se puede dejar sin defensa, donde nada está seguro. Pero esa agresividad se manifiesta también cuando alguien me impide mi capricho o simplemente opina sobre mis ocurrencias. No hay tolerancia social hacia los demás. El respeto por las personas, las cosas y las instituciones han perdido terreno.

La existencia de una sociedad hostil y peligrosa es hoy algo evidente. Los comportamientos agresivos son hoy cada vez más frecuentes y cada vez más descarados

El comportamiento humano debe también su origen a las concepciones y actitudes morales en las que se educa. La soledad y el individualismo producen una acentuada introspección en las personas. El relativismo de la verdad y de la norma ha hecho que nuestra cultura armonice todas las contradicciones teóricas y prácticas: no existe un modelo último al que referirse para decir qué vale y qué no vale, qué es bueno y qué es malo, qué es lícito y qué es ilícito. Reduce las verdades universalmente admitidas a simples acuerdos entre los individuos de una sociedad. Las normas se las da cada uno a sí mismo, y así se entiende la libertad…

Este modo de pensar que recusa la dependencia de una instancia distinta que no sea mi deseo momentáneo, forma parte de la incultura moral de nuestra sociedad. Tomarse muy en serio, o apreciar mi particular punto de vista más que a la verdad o más que a la libertad de otro, tiene otro nombre: fanatismo. El fanático, como su propio nombre indica, se encierra en el “fanum”, es decir, en el templo del yo, al cual rinde culto exclusivo y absoluto. Nuestra sociedad es cruel. Olvida que los demás son prójimo. Cuando esto sucede, la sociedad entera se deshumaniza.

La revolución pendiente que erradique esta situación es un problema de educación moral individual, que nos devuelva a los hombres un sentido del deber ser del que hoy, mayoritariamente, carecemos. Podemos contribuir a edificar un mundo más humano, y más libre, si enriquecemos a los demás con nuestros actos libres. Y uno de esos actos es el de pensar. Nadie piensa por mí, y lo que yo pienso siempre encierra una novedad que incrementa la riqueza de los demás. Pensar mirando a la realidad con atención, y escuchando lo que los demás han pensado: así comienza el acercamiento de cada uno a la verdad, y así empieza también el progreso hacia una sociedad más humana. Las ideas dirigen el mundo. En efecto, la realidad resulta de la encarnación de una idea. Cada hecho corresponde a un efecto, resultado de una voluntad unida a la reflexión. No hay acción sin pensamiento.

Lo que no es la libertad
Comentarios