sábado. 04.02.2023

Menos mal que el rey Felipe VI fue a Davos. Había que enseñar otra España y en su discurso relató la modernidad y el atractivo de este país. Necesitados estábamos de dar otra imagen siquiera por un rato. La presencia internacional española ha ido a menos en los mandatos de Mariano Rajoy. Pero desde septiembre no hay tregua en los medios de fuera con el monotema de Cataluña: primero con la violación de la ley española y la catalana los días 6 y 7 en el Parlament; sobretodo con las desgraciadas imágenes de la intervención policial del 1 de octubre; más tarde con la declaración de ida y vuelta de la República catalana el 8 de octubre y después la del viernes 27; sumemos la posterior fuga de Puigdemont y su circo, como lo calificaron algunos medios belgas. Cuando ya aburría, apareció la sátira de Tabarnia y los medios internacionales comprendieron que no había una Cataluña sino dos. Es gente que, llegado el caso, rizando el rizo, quiere independizarse de la Cataluña independentista. Y como fin de etapa, que no de carrera, el show sobre la sesión de investidura que se había previsto para el martes 30 de enero en el Parlament con todas sus incógnitas presenciales, judiciales e institucionales. Máxima tensión incluso entre sectores del Estado. Afloraron contradicciones entre Gobierno y otros organismos. Inédito. Pero por si decayera el interés, el equipo del Ministerio del Interior, anima la función: «Hay un gran despliegue policial para que Puigdemont no entre, ni en en un maletero», dijo Zoido. Riesgo de ridiculo multiplicado. Ni programando el desatino se llegaría tan lejos. Normal que la opinión pública se muestre hastiada de un asunto interminable e irresoluble.

Lo grave de lo que pasa en Cataluña no es sólo lo que sucede allí, sino lo que sirve para tapar. Irene Montero afirma que las oportunas discrepancias entre Gobierno y Consejo de Estado se programaron para despistarnos de las confesiones de Ricardo Costa que destapó la corrupción sin paliativos del Partido Popular en Valencia. Mal año para los populares este que empieza. Los juicios contra las tramas de financiación ilegal en Madrid, Valencia y Baleares ya no se pueden demorarse más y los máximos acusados cantan incluso sin pactos con la Fiscalía, solo con la esperanza de alguna indulgencia. La militancia se inquieta y, para calmarla, Rajoy anuncia que volverá a ser candidato. Son declaraciones analgésicas pero que aliviarán sólo si las encuestas, las expectativas, acompañan. No es lo que ahora sucede. Pero hay mucho trecho hasta las elecciones y Rajoy es un acreditado resistente. Esta vez, sin embargo, puede ser la última. Su entorno más fiel confía en que, si percibe que su presencia perjudica, se apartará. Y no a un lado como Artur Más. En el registro de la propiedad de Santa Pola aún le guardan su plaza, por si decidiera volver.

Entretanto la economía da muestras de recuperación aunque el Fondo Monetario Internacional regatee unas décimas en sus previsiones por entender que Cataluña lastrará el avance. De momento la factura se paga solo en Barcelona donde se han anulado algunos congresos con el impacto consecuente. Son dos mil los empleos perdidos hasta ahora en hostelería con nubarrones para el próximo otoño para cuando se calcula que se dejará sentir más el impacto de la salida de empresas y el menor flujo de inversión exterior. Veremos. Son solo previsiones.

Y a Barcelona acudirá el Rey el 26 de febrero -la primera vez después de la manifestación tras los atentados de agosto- para inaugurar el Mobile World Congres. Para inaugurarlo y para apuntalarlo porque no está claro que continúe, sobre todo si el show político no cesa. Ya se perdió la Agencia Europea del Medicamento, que escapaba de la inestabilidad de Londres, y se puede perder aún más. La alcaldesa Ada Colau se lo huele y lanza una campaña para recuperar la marca Barcelona tan tocada por el «procés». Todo pasa factura. Pero, al margen de las respetables ideas políticas, la pasión por el show es incontenible. Compartida

Esto es un show político interminable
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