viernes. 27.01.2023

La crítica literaria nos cuenta que son maravillosos los escritores contemporáneos de más fama, de mayor éxito. Sin embargo, cuando leo las obras y biografías de estos ganadores de premios, veo que casi todos suelen ser, en sus vidas reales, muy parecidos a sus personajes: borrachos empedernidos, libidinosos, puteros, machistas acomplejados, desvergonzados, holgazanes, licenciosos, egocéntricos, petulantes, envidiosos, arrogantes, con mala educación y escasa cultura. Todos ellos, salvo raras excepciones, han dejado demostrado, sobradamente, que han querido disfrutar a tope sin apenas algún tipo de freno ético o moral, siempre buscando ser ricos y famosos. Muy pocos han reconocido haber cometido errores, haberse equivocado, pues las culpas y los errores siempre son de los otros.

Yo sí creo que han sido, y son, la mayoría, unos pobres desgraciados dignos de lástima, pues han vivido sometidos por sus enloquecidas ambiciones, por sus compromisos adquiridos con los poderosos organismos mundiales que los han encumbrado. Algunos tuvieron unos comienzos dignos de consideración e incluso de admiración; pero, por desgracia, demasiado pronto comprendieron que defender la libertad e intentar redimir a los oprimidos es un camino tan duro y peligroso, tan lleno de sinsabores, que hace falta mucho espíritu de sacrificio para intentar recorrerlo y mantenerse en él.

De palabra, de bla, bla, bla, siguieron defendiendo a los «pobres pueblos sometidos por el cruel capitalismo», ofreciendo, como única tabla de salvación, el «maravilloso comunismo» patrocinado por la URSS; pero, en realidad, en la vida cotidiana, vivían acumulando capital, millones, casas, fincas, privilegios, distinciones y derechos de pernada. Y publicaron unas «cosas» que ocuparon los medios de comunicación, los colegios y universidades con cientos de ediciones, millones de ejemplares, ¡qué libros más maravillosos! exclamaron los «entendidos».

Opino que es muy fácil redactar novelas a base de violencias, sangres, dolores, enfrentamientos, muertes trágicas, abandonos, violaciones, depravaciones sexuales, maldades, crueldades de todo tipo, cobardías, peleas, situaciones increíblemente retorcidas, feas, que, insistiendo página tras página, logran estimular los bajos instintos, el odio, la ira, la lágrima tonta, la tristeza de muchos lectores.

Deploro esta clase de «escritores» y «poetas» que no transmiten creatividad positiva, ni pensamiento. Como lector me gusta disfrutar y aprender. Como escritor pretendo lo mejor, lo más difícil: dar alegría y esperanza, hacer felices a lo que me lean.

He vuelto a padecer Cien años de vaguedad, cosa redactada por un «genio» al que le encantaba el poder, que tenía en la cabeza un gran revoltijo de turbias ideas que las iba tirando, de cualquier manera, sin orden ni concierto, a un sucio pozo sin fondo. No enseña, no emociona, no divierte, no invita a pensar, no entretiene, no da esperanza, ni ilusión. Una mala narración sosa y aburrida, pesada, repetitiva. En ella cabe cualquier disparate, un pueblo imaginario, unos personajes fantasmas, sin relieve ni mayor interés, unos sucesos que en realidad no suceden, en un tiempo tan dislocado que nadie sabe cual es. Así escribe cualquiera, todo vale, nadie puede pillar al autor en un error, en un anacronismo, en una ignorancia. ¡Qué fácil es escribir así!

Realismo mágico, dicen.

¡Cuánta mentira!

Hay que ser muy duro de corazón y de mollera para pasarse toda la vida defendiendo a Fidel Castro, sin haber entendido el enorme sufrimiento de los secuestrados y torturados cubanos. Me permito poner aquí, para que sean recordadas, una pequeña lista de sus víctimas, poetas, escritores: Severo Sarduy, Gastón Baquero, Virgilio Piñera, José Lezama Lima, Néstor Almendros, Raúl Rivero Castañeda, Abilio Estévez, José Manuel Prieto, Norberto Fuentes, y Reinaldo Arenas, novelista y poeta, homosexual, que huyó de Cuba en 1980, que tenía sida y se suicidó en Manhattan el 7-12-1990, con 43 años, después de gritar a todo el mundo: «Cuba será libre, yo ya lo soy».

Manuel Vázquez Montalbán sí criticó duramente la actitud de García Márquez, y condenó la horrenda dictadura cubana. También lo hizo Francisco Frutos Gras, el catalán de Calella, que, además, a la hora de la verdad, ya mayor, tuvo razón y criadillas para enfrentarse al separatismo catalán y decir muy claramente que él sí amaba a España. Ese «realismo mágico» con el que han adornado y bendecido al autor de Memoria de mis putas tristes, no pasa de ser, en realidad, un triste camelo.

La decencia intelectual debería desenmascarar a los todopoderosos escritores de la calaña de Pablo Neruda, que, como paganos dioses, han dejado una falsa estela de libertad y «santidad».

En 1971 la Academia Sueca regaló el Premio Nobel de Literatura a este sujeto, agente internacional a sueldo, al servicio de la URSS, propagandista, adulador de Stalin, al cual dedicó sus versos y una oda-elegía absolutamente vomitiva. Este «poeta», un gran vividor sin escrúpulos, que sabía engañar muy bien, dejó escrito: «Stalin limpia, construye, fortifica, protege, alimenta, pero también castiga. ¡Camaradas, hace falta el castigo! Stalin es la madurez del hombre y de los pueblos».

Ahora, en este triste y cruel invierno que comienza, es muy necesario escribir «Holodomor», palabra que en el idioma de Ucrania significa «matar de hambre», que es, exactamente, lo que Putin y sus secuaces, no Rusia, están intentando llevar a cabo 90 años después de haberlo hecho Stalin en 1932-1933; cruel barbaridad que a base de masivas requisas de alimentos, causó la muerte de entre dos y cuatro millones de ucranianos.

En pleno franquismo, a mediados de los años sesenta del pasado siglo, en los libros de texto de Bachiller venía escrito, con grandes letras mayúsculas, el nombre de Neruda (Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto). Es evidente que, lejos de estar silenciado, el poeta-político sí era mostrado, exhibido, y los inocentes estudiantes tuvimos la obligación de comprar y leer Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Parece que, entonces, nadie sabía que había violado a una joven tamil pobre e indefensa sirvienta, cuando estaba de Cónsul en Colombo, en 1929 (lo cuenta en Confieso que he vivido, publicado en 1974, un año después de su muerte). Tiempo después, en 1936, dejó abandonada a su hija Malva Marina Trinidad Reyes, nacida en Madrid en 1934 y fallecida en 1943 en Holanda, que padecía hidrocefalia. Por si no fuera suficiente tanta miseria moral, tanta crueldad, el chileno se permitió llamar «hijos de perra» a Dámaso Alonso y Jorge Guillén, por la simple «razón» de ser de «derechas».

Vuelvo a leer la valiente y sensata Carta abierta, del escritor leonés Andrés Trapiello (de fecha 24 enero 2021) a Luis García Montero (director del Instituto Cervantes), en la que dice que dejó de ser comunista hace más de cuarenta años y está en contra de los homenajes a poetas pederastas, de cualquier ideología.

Acaba de fallecer, de cáncer, en Madrid, el músico cantautor Pablo Milanés, muchos años ferviente aplaudidor de Fidel Castro, mas ahora, al final, ya sin miedo, ha tenido la honestidad y el valor de rectificar. Descanse en paz.

De nada sirve la literatura, la poesía, los artistas, los intelectuales si carecen de ética, de moral y no buscan la concordia ni hacer el bien.

Me quedo, una vez más, con El traje nuevo del emperador, de Hans Christian Andersen, El príncipe feliz, de Oscar Wilde, y El lapicero presumido, de Bouza Pol, tres de los mejores cuentos de la literatura universal.

«Si alguna vez me quejo no es por mí, es por vosotros». El que esté libre de culpas... Con toda Burbialidad.

Escritores sin piedad
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