miércoles 27/1/21

Escuela pública

Corría el año 1597 cuando un español, para más señas, oscense, iniciaba la primera escuela pública y gratuita de Europa. Se trataba del joven sacerdote José de Calasanz y Gastón. Durante su estancia en Roma sufrió una devastadora inundación del río Tíber, con más de dos mil muertos y centenares de familias sumidas en la más absoluta pobreza. Le debió de impresionar ver a tantos niños sin alimento, sin casa y sin escuela. Una vieja sacristía de la parroquia de Santa Dorotea fue el lugar elegido para comenzar aquel sueño que, por entonces, nadie aprobaba ni apoyaba.

Traigo a cuento estos orígenes de un modelo educativo nuevo para que no se falsee la realidad. La educación es pública cuando está abierta a todos; el ser gratuita facilita el acceso sin exclusión, incluso a los que carecen de todo.

Pero esta educación pública y gratuita puede ser de diferente titularidad: puede ser pública de iniciativa «social» o pública de iniciativa «estatal». Sonroja comprobar cómo algunos se empecinan en identificar lo público con lo estatal.

Entender que sólo la escuela pública es la estatal sería lo mismo que admitir que el SP de los taxis indica que el vehículo es del Estado o que su conductor no es el taxista sino el mismísimo Estado.

Pública es toda educación al servicio de la sociedad; pública es toda educación regulada por la Ley orgánica correspondiente, pero la titularidad de los centros es lo que varía, así como los idearios que la desarrollan. Toda enseñanza obligatoria debiera ser gratuita, tal como entendieron en su momento algunos socialistas que primaron lo social y no tanto lo estatal.

Hoy parecen abundar los estatalistas que, amparándose en el concepto filosófico del bien común, proponen acabar con un modelo plural y social para imponer su modelo «estatal». Conviene no distorsionar este concepto de los clásicos griegos (principalmente de Platón y Aristóteles), concepto que fue asumido y desarrollado por la filosofía escolástica, marcará el pensamiento cristiano y cristalizará en la Doctrina Social de la Iglesia a partir de la encíclica Rerum Novarum, promulgada por el Papa León XIII en 1891. El bien común es aquello que es compartido por y de beneficio para todos los miembros de una comunidad. Un modelo de educación estatalista, que no atiende a la pluralidad, no es integrador sino sectario, y por ende, incapaz de lograr el bien común.

Apelar al artículo 16.3 de la Constitución española («ninguna confesión tendrá carácter estatal») para defender la escuela laica supone tomar el rábano por las hojas: la presencia de la religión en los centros escolares no significa su carácter estatal: ¿Qué religión, de las que están presentes en el marco escolar, tiene carácter estatal? ¿Todas?

Afirmar que «se impone» no refleja la auténtica realidad: no conozco un solo caso en el que los padres o tutores hayan denunciado que sus hijos cursen religión confesional por imposición. Si el que no quiere no tiene y el que quiere sí puede tener, no veo que la propuesta laicista sea mejor o sea más respetuosa con la pluralidad de opciones; su visión sí es impositiva y regresiva: El «que sólo exista lo que yo pienso» nos retrotrae a los peores totalitarismos del siglo XX que deseamos no vuelvan jamás.

En una sociedad plural como la nuestra, la enseñanza debe ser plural. El Estado ha de garantizar dicha pluralidad, no monopolizar la educación usurpando la responsabilidad que sólo corresponde a los padres cuyo derecho viene reconocido por la Carta Magna. En el artículo dedicado a la educación podemos leer: «Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones» (art. 27.3).

A los docentes nos gusta una sociedad plural. Esta pluralidad no es un mero contexto o circunstancia. Es un criterio fundamental para educar en libertad y responsabilidad. En esta sociedad nuestra cabemos todos y exigimos del Estado que respete a todos y garantice los derechos de todos. A los laicistas, decirles que promovemos un modelo educativo donde ellos entran, al tiempo que denunciamos y rechazamos su modelo educativo por sectario y excluyente. Queda claro qué modelo es más inclusivo y democrático.

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