jueves. 02.02.2023
La Real Academia toma decisiones misteriosas, como los dioses griegos, de esas que no sabes muy bien si son designios inescrutables del Olimpo o, en fin, coña marinera. Acaba de aceptar el término bluyín, que viene de blue jeans. También admite yin, para los castizos. El término vaqueros se mantiene, pero les debe de sonar a novela de Estefanía. Claro que, salvo Muñoz Molina y Luis Mateo, dudo mucho que nuestros académicos se hayan puesto alguna vez esa prenda. Bluyín es una palabra fea tirando a monstruosa. Clint Eastwood no utilizaba bluyín, ni siquiera Fernando Sancho. Además, la Academia incorpora la palabreja cuando el producto ya ha entrado en decadencia. Y en más decadencia entrará con la nueva denominación. Más acertada nos parece el rechazo de la palabra best seller, cuando aquí podemos decir «los que más perras ganan» o si se prefiere «yo de mayor quiero ser como tú», y si desea abreviar: un «perezreverte». En fin, no es que sea amante de los anglicismos, pero tampoco abogo por traducir Coca-Cola o Sinatra. Sin embargo, eso de bluyín me incita a la náusea, por mucho que el venezolano Carrera sea capaz de escribir: «Apoliniario se había colocado un magnífico chaquetón de cuero, que combinaba a la perfección con sus bluyines de buena calidad». Hay palabras que un escritor que se precie no puede emplear sin que las musas se le exilien. Por ejemplo, cimborrio. O impuesto sobre el valor añadido. Pues ninguna de ellas es comparable a la que ahora nos ocupa. De lo que estoy seguro es que don Miguel de Unamuno no la empleó. A lo mejor Ramón, pero para hacer una greguería sobre el horror.

Eso del bluyín
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