jueves 20.02.2020

Tribuna | ¡De mi España qué diré que no sea con gemido!

Apostaría un Potosí a que, a muchos de ustedes, al leerlo, se les ha escapado una sonrisita un tanto maliciosa. ¡Está bien!, porque reír, que diría Aristóteles, en contra del sentir de Platón, es una facultad única y característica, muy positiva, por cierto, del ser humano, por ello, ni su enfado espero, ni a enmendar mis palabras procedo.

«¡Hay mimbres, hay mimbres!», gritaban alborozados los políticos, y sus ecos, en las ondas, revolotearon sobre los cuatro vientos. Hoy el mundo es tan pequeño que la voz más oculta resuena en todo el universo. A miles de leguas, a diario, sigo los aconteceres de nuestra querida España, encuentros y desencuentros, alborozos y desengaños, abrazos y amoríos que a muchos se nos antojan pasajeros.

Por unas semanas, la palabra sonó a milagro, a mesiánica liturgia política. ¡Hay mimbres, hay mimbres!, nos repetían en discursos y entrevistas en los medios, haciendo malabarismos con la palabrita. Algunos tuvieron que echar mano de la Wiki para conocerla; otros tuvimos que acudir presurosos a nuestros recuerdos de la niñez para imaginar a Pedro el gitano y a su copiosa tropa de cimbreantes churumbeles, afanados a orillas del Sil, al lado del hermoso puente de un solo ojo, pero gigante, prometeica obra del infortunado ingeniero militar francés Lemaur. Allí, los hijos de Pedro elaboraban tras un lento proceso de paciencia y arte, contando con la docilidad de las varitas mágicas (verdes y grisáceas mimbres), de palera y de salguera, aquellos cestos que eran un primor y se vendían, de pueblo en pueblo, de feria en feria, como tostaditas rosquillas, entre los payos.

Esperar el tiempo oportuno para cortar las mimbres, pelarlas, dejarlas secar, pasar algunas por el fuego, calibrar y elegir las más dúctiles, maleables, aposentarse en la arena con paciencia moruna, era parte de un no corto, pero ritual y sabio proceso para elaborar los artísticos cestos blancos, tirando a hueso, caprichosamente adornados. Pero hacer cestos no es trabajo de cualquier mentecato; hacer cestos es un arte, y si no que se lo pregunten a los mayores que en Santa Marina del Sil se reúnen cada verano para participar en un renombrado concurso de cestería tradicional.

Bien recuerdo a los calés aplicados a su arte, orillas del Sil, mientras de la mano de mi abuelo recorríamos la Recula, frente al molino del ti’ Vicente. Yo volteaba a patadas la arena en busca de las codiciadas y míticas áureas pepitas, porque en cierta ocasión —decía mi abuelo con brillo de oro en sus ojillos de gato—, el ti’ Pascual, el herrero de Cubillos, había encontrado una. Harto de sol y sediento, la pregunta era inevitable, abuelo, ¿por qué no nos sentamos, y usted puede hacerme un cesto mientras yo voy a amorrar al río?, y mi abuelo callaba y sonreía.

¡Hay mimbres, hay mimbres!, se repetían unos a otros los políticos, alborozados como chiquillos, con la boca grande y la mente enfebrecida, tras el inusitado descubrimiento de un vocablo rural, campesino —¡gitano por excelencia!—, pensando que las mimbres eran los otros, listos a ser cortados, y dóciles y maleables a dejarse pelar, chamuscar, para convertirse en culo de cesto, porque ellos eran los cesteros, verdaderos genios y artistas del tripartito.

Las mimbres que siempre crecían y crecen al lado de arroyos y ríos, han sido y siguen siendo la materia prima del arte de los cesteros, cuyas obras resultan en unos resistentes, livianos y duraderos cestos. Al lado del Sil, del Esla, y del Manzanares, apostaría a que siguen creciendo las mimbres del cuento. Por ello, invito a los políticos a darse una vuelta por las orillas del río —tal vez ya no haya gitanos haciendo cestos—, pero bien seguro que al menos podrán escuchar la rancia y humilde sabiduría del agua, y dejarse de juegos de, ahora me toca a mí, porque tú ya estuviste antes y lo hiciste muy mal, olvidando que antes de antes, también estuviste tú y no lo hiciste mejor.

Está claro, pensé una vez más, que si los políticos quieren aprender el verdadero arte de cestería —que no de cetrería—, deberían volver a bajar a las orillas de los ríos profundos, donde se acumulan recuerdos y vivencias, éxitos y fracasos, sabiduría de siglos y, con humildad, paciencia, sentido práctico de la vida, volver a tejer verdaderas, útiles y duraderas obras de un buen gobierno que practica el arte, ya casi olvidado, de servir al pueblo.

Muchos ciudadanos estábamos muy de acuerdo con los políticos: ¡había mimbres, y las sigue habiendo!, claro que sí. Y los cesteros, ¿dónde coños están? Que había mimbres fue muy cierto, pero no hubo gitano que trenzara aquellas mimbres, y el cesto nacional quedó sin hacer.

El posterior desarrollo del tejemaneje del poder, entre altos y bajos, dimes y diretes, quítate tú pa’ ponerme yo, verborrea y mutismos, pactos e intrigas, aparentes y educadas peleas internas, esperpénticas declaraciones de «¡nos vamos!», y en verdad que algunos se fueron, unos al exilio y otros a la cárcel; luminarias en las calles, gestación y parto de innumerables partidos políticos que hicieron que nuestro rey tuviera un par de días de jornadas maratonianas, tienen confundido al pueblo. Y lo que más le duele al pueblo es el estómago, debido en parte a los retrocesos en la ya sufriente economía nacional.

Que había mimbres fue muy cierto, pero no hubo gitano que trenzara aquellas mimbres, y el cesto nacional quedó sin hacer.

«¡Hay agua, hay agua en la piscina…!», de nuevo han gritado en los últimos días algunos padres y madres de la patria, tras abrazos e interminables diálogos a bandazos. Nadie duda que hay agua, pero no sabemos si la suficiente para nadar, o todo es un espejismo —entre abalorios y pillabanes—, para engañar al otro y llevarlo como gato al agua, aunque luego resulte que el engañador pudiera ser el engañado.

«¡Ni quiera Dios que esto suceda!», gemiría mi piadosa y republicana abuela Libertad, dejando el futuro y mi propio sueño en manos de un cielo de diciembre gélido y silencioso, aunque esperanzado, pero dubitativo también, viendo aparecer y desaparecer únicamente algunas estrellas fugaces.

¡Hay espera, claro que sigue habiendo espera…!, pero lo que ya quiere saber el pueblo, el pueblo llano, es si ¿habrá encerrona o esperanza, o nos quedaremos en el limbo hasta unas terceras elecciones?

¿Y usted qué piensa? Esto no es cuestión de pensar —me repiten los que juegan la partida en el bar La Peña y ponen la oreja al telediario—, sino de reír y tragar, viendo cómo un Mike Mouse engreído, juega duro cantándole las cuarenta, y esperando merendarse a un debilitado, nervioso y estresado Gato con Botas.

Tribuna | ¡De mi España qué diré que no sea con gemido!
Comentarios