lunes 16/5/22

El paralelo 42 cruza la Península Ibérica desde Gerona hacia Pontevedra, atravesando buena parte de lo que ahora se da en llamar la España Vaciada, un espacio inmenso del norte del país, que ha entrado en un proceso de empobrecimiento y deculturación, cuyo panorama es hoy, sin duda, la manifestación del mayor fracaso de la España constitucional y un resultado evidente del deficiente diseño de la España de las Autonomías.

Asumo el planteamiento de este artículo consciente de que es contrario a la corriente de opinión de los partidos mayoritarios, fervientes defensores y primeros culpables de los fallos de la reordenación territorial cuasifederal desarrollada a raíz de las constitución de 1978.

Se dijo entonces que esta Constitución daba un giro copernicano a la concepción de una España centralizada y era la respuesta a las necesidades de una sociedad con acusadas diferencias de identidad, en lo histórico, en lo económico, en lo lingüístico, etc.

El problema real del nuevo ordenamiento —y causa clave de la España Vaciada— es que no hubo tal giro copernicano. No se anuló la ordenación centralizada, sino que se ha repartido el territorio en torno a nuevas centralidades. Ha sido algo así como un retorno al medievalismo feudal, en el que merma el poder del primer mandatario, crece el de los nobles feudales, y —en numerosos casos— el pueblo padece aún mayor miseria.

Del centralismo a la recentralización: En este país de larga historia centralista, se implementaron las nuevas comunidades autónomas, muchas de ellas inspiradas en el mismo sistema centralista que se pretendía reformar. En estas, los núcleos centrales de la nueva Centralidad, en un intento de potenciar su papel, ejercieron una hegemonía sobre su espacio de poder que sólo no contribuyó al desarrollo del resto del territorio, sino que vampirizó su riqueza, recursos y demografía.

Para no pecar de injusto en este análisis, he de decir que ha habido casos en los que sí se ha aplicado correctamente lo que debe ser una política territorial equilibrada. Así ocurrió, por ejemplo, en la Comunidad Valenciana, donde la política desarrollada por los gobiernos socialistas potenció el desarrollo general, apoyando la «vocación» económica de cada comarca mediante una Red de Institutos Tecnológicos descentralizada; organizando excelentes redes educativas y viarias que beneficiasen tanto a las comarcas de interior como las litorales o facilitando la ubicación empresas, servicios e instituciones en los distintos núcleos del territorio –no en la capitalidad regional- tal como se hizo con la Oficina Europea de Patentes y Marcas, que ha contribuido a la vitalidad económica y social de Alicante.

Hace pocas semanas, con la divulgación por el Instituto Nacional de Estadística (INE) de los datos demográficos de julio de 2021, se puede contemplar una manifestación vívida del efecto nocivo de las autonomías centralistas. Sin duda, el caso más impactante es el referido al mayor territorio de la España Vaciada —el de Castilla y León— donde tenemos la siguiente evolución poblacional en los últimos 50 años:

—Valladolid, sube 101.225 habitantes (+24,33)

—Ávila, baja 50.731 hab. (-24,24)

—Burgos, baja 7.351 hab. (-2,04)

—León, baja 107.895 hab. (-19,23)

—Palencia, baja 43.201 hab. (-21,5)

—Salamanca, baja 53.165 hab. (-14,01)

—Segovia, baja 7.621 hab. (-4,72)

—Soria, baja 27.613 hab. (- 23,67)

—Zamora, baja 88.539 hab. (-34,42)

¿Dónde está el origen de esta aberrante situación en la que una provincia crece en 100.000 habitantes, en medio de un desierto cada vez más amplio de su entorno? Evidentemente en el deficiente planteamiento de distribución de la riqueza y las inversiones realizado desde la nueva Centralidad.

Se han creado en casos como este unas nuevas organizaciones de gobierno, pero no se ha atendido a la solidaridad entre los ciudadanos y entre los territorios de la propia Comunidad. Provincias de gran dinamismo económico, demográfico o cultural como León o Salamanca han visto cómo desde la nueva Centralidad se han vampirizado sus instituciones, empresas y posibilidades de crecimiento.

El caso de León es realmente espectacular. Geográficamente, es un territorio de la España Interior como Valladolid o Rioja (antigua provincia de Logroño); tampoco es menor su tamaño, ni la riqueza de su espacio geográfico, ni queda atrás en arte, ni en cultura ni en recursos naturales. En cambio, en el periodo analizado, mientras la provincia de León pierde 107.000 habitantes, Valladolid sube más de 100.000 y Logroño 90.000.

La razón de esta injusticia, evidentemente, está en el incorrecto funcionamiento de las nuevas centralidades. León —como otras provincias— no se ha beneficiado de la descentralización, sino todo lo contrario, ha sido víctima de la recentralización.

En la España de 1970, las provincias eran el segundo escalón en la administración del territorio, tras el Gobierno central. Las autoridades de cualquier provincia presentaban iniciativas y demandas directamente ante el ministerio correspondiente. Una vez en funcionamiento la España de las Autonomías, la provincia pasa a ser el tercer escalón, y en el caso de la Comunidad de Castilla y León, con un funcionamiento centralizado y una superficie mayor que la de Portugal o Hungría, los territorios provinciales se pueden considerar hoy, en general, como más periféricos que lo eran antaño.

 Un problema político adicional: El territorio de Castilla y León es el principal núcleo de vaciamiento de España. De las 11 provincias que han sufrido en los últimos años un descenso poblacional superior al 10 ciento seis pertenecen a él. Pero en el mismo, no sólo se padece la falta de capacidad redistribuidora de la Centralidad, sino la incoherencia de la constitución de una Comunidad autónoma integrada por dos regiones.

En la organización del estado autonómico se «olvidó» que en el artículo 143 de la Constitución se dice que «las provincias con entidad regional histórica podrán acceder a su autogobierno y constituirse en Comunidades Autónomas», al ignorarse el derecho de autogobierno a la Región Leonesa. Gobernado desde la región vecina —el Estatuto de Autonomía reconoce la existencia de dos regiones históricas— el territorio de las provincias leonesas es en la actualidad el de mayor vaciamiento de todo el Estado. Zamora es la provincia que mayor pérdida poblacional relativa ha sufrido y León la segunda —tras Orense— en la que ha sido mayor el descenso absoluto.

Este conflicto, me interesó vivamente desde los momentos iniciales de la conformación del Estado de las Autonomías, un proceso al que dedicamos diversas conversaciones don Claudio Sánchez Albornoz y yo, cuando ambos residíamos en Buenos Aires. Ni a él ni a mí nos gustaba lo que estaba ocurriendo en España en este sentido. A don Claudio le dolía especialmente el maltrato a Castilla, comunidad que quedó mutilada en el diseño autonómico, en tanto que a mí me enojaba especialmente la eliminación de la comunidad  histórica de León.

Para don Claudio, era una injusticia trocear Castilla la Vieja, como se hizo, y tenía más sentido incorporar otros territorios de la Corona, como, por ejemplo, Castilla la Nueva y León, para hacer un estado autonómico con decisivo peso en Europa.

Recuerdo las animadas conversaciones en su «casa-biblioteca» de la calle Anchorena, un pequeño piso en el que no había espacio para tantas publicaciones y donde, para hacer uso del baño había que retirar los montones de libros que se apilaban en la tapa del inodoro y colocarlos en la pila del lavabo, el único sitio que quedaba libre. Le dolía a don Claudio la partición de Castilla, y sobre todo el tema de Santander; le dolía ver las invenciones territoriales de aquellos presuntos «hombres de Estado» que repartían el territorio sin criterios históricos.

Por mi parte, argumentaba, que tal como se estaba rediseñando el país, era una aberración histórica suprimir un territorio histórico, esencial en la construcción de España, que era León. Era inconcebible una España autonómica sin una autonomía leonesa. Es cierto que León y Castilla, junto con otros territorios, integraban una misma Corona; pero también Aragón integraba una corona junto con otros territorios históricos y no se suprimió ninguno de ellos. ¿Se imaginan Cataluña o Valencia gobernada desde Zaragoza?

Al final ni se hizo una región poderosa, ni se respetó el derecho leonés a tener autonomía propia como el resto de los territorios históricos españoles. Los lamentables estrategas que diseñaron el reparto del territorio y la organización del Estado, crearon un sistema ineficiente y dejaron heridas hondas que siguen muy vivas.

Esa falsa descentralización de la España de las Autonomías y esa ignorancia  de la Historia y también de la realidad sociológica del país, son elementos claves de la dramática situación en que se hallan amplios territorios de buena parte de España, y muy concretamente de esos que se ubican en torno al paralelo 142. 

Los desiertos demográficos —afirmaba recientemente el filósofo Rogelio Blanco— se crean por el abandono social, económico e institucional de una tierra. «No se tiende a emigrar del espacio natal si la circunstancia no obliga».

Las Españas del paralelo 42
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