domingo 23/1/22

En nuestro anterior artículo publicado en esta misma tribuna decíamos que «la manipulación del lenguaje es una de las perversiones más asquerosas del sanchismo». Manipulación que, junto al silencio y la ocultación de los hechos, es utilizada de manera vergonzosa por todo el conglomerado Frankestein —trompetistas incluidos— para imponer la oficialidad del relato sobre la pretendida no existencia de la banda terrorista ETA. Es archisabido que manipular y ocultar son dos de los valores por los que el sanchismo se rige en su acción política, y es archiconocido que los herederos políticos de ETA —a los que Pedro Sánchez da el pésame cuando se suicida un etarra— tratan de imponer a la sociedad la terapia del olvido. La estrategia de unos y otros no es otra que la de situar a ETA en un ángulo muerto, o punto ciego, para que por falta de visión dar la apariencia de su desaparición. No es suficiente contaminar el lenguaje para oscurecer los mensajes, también hay que neutralizar los hechos mediante su enmascaramiento. «La realidad es que se degrada el lenguaje y se defrauda la expectativa de quienes desean conocer la verdad» (J. Badía).

Recientemente, en un artículo en vozpopuli.com titulado Los puntos ciegos de la memoria, Óscar Monsalvo lo señalaba al recordar que «han pasado diez años desde que la banda terrorista ETA puso fin a su ‘actividad armada’. Desde entonces, los españoles nos hemos entregado a una negociación aún más peligrosa que la que ofrece dinero o políticas a cambio de vidas: la negociación en torno al significado de las palabras. Al contrario que las negociaciones clásicas, ésta se produce en la oscuridad pero también a plena luz. Hablamos de violencia para no decir ‘terrorismo’. Decimos ‘terrorismo’ para no hablar de la responsabilidad individual y colectiva de la izquierda abertzale, que no se disolvió hace diez años. Y nos empeñamos en defender, contra toda evidencia, que la izquierda abertzale y ETA fueron derrotadas; todo para no tener que mirar los resultados electorales, el censo y el clima político. Nos entregamos a esas palabras en columnas, en tertulias, en parlamentos y en las escuelas, y al mismo tiempo necesitamos que no se hable de lo que suponen estas cesiones semánticas. Para esto son muy útiles los puntos ciegos, los ángulos muertos…, así es como la mirada convenientemente educada puede encontrar ‘errores’ en lugar de buscar responsabilidades concretas… Nuestro punto ciego no nos impide ver a los muertos, pero sí a quienes ordenaron los asesinatos…, la difuminación del culpable, consejo que se da en el Deuteronomio: ‘Borrarás para siempre el recuerdo de los descendientes de Amalec’… Frente a estas políticas de memoria deberíamos ser capaces de articular una defensa de la verdad… No deberíamos negociar con terroristas. Mucho menos, la unicidad de los hechos. La verdad no nos hace libres —al contrario, nos sujeta— pero sí impide que acabemos siendo compañeros de cama de los asesinos en el fumadero de opio de la memoria».

ETA puso fin a su actividad terrorista hace diez años, pero no se disolvió como organización armada, ni ha entregado todas las armas que posee en sus arsenales, ni ha ayudado a esclarecer los 377 asesinatos aún sin resolver. ETA, como ha dicho Isabel Díaz Ayuso, está «más viva que nunca» porque «se sienta en las instituciones». «ETA sigue viva en los parlamentos del País Vasco y de Navarra, en miles de municipios del norte de España, y aún más, es imprescindible para la continuidad de Sánchez en el Gobierno» (M.A. Belloso). ETA aún existe y seguirá existiendo mientras haya quienes rindan homenaje a los asesinos sin oponerse a este tipo de humillación a las víctimas.

Resulta, cuando menos sorprendente, por no utilizar otro término, decir que «las víctimas se sienten cada vez más comprendidas y arropadas y los activistas de la sangre y el fuego rebajan su ardor y comienzan a experimentar un atisbo de vergüenza que los mueve a acercarse a la mayoría social» (A. Papell), y, a la vez, calificar como ficción rencorosa el que Mayor Oreja haya manifestado «que hoy ETA no solo sigue presente en España sino que sus tesis han triunfado».

ETA «no sólo no ha perdido la batalla, sino que está consiguiendo todos sus objetivos políticos. El terrorismo nunca ha sido para ETA un fin en sí mismo… Para la organización terrorista vasca, la dinamita o los disparos a quemarropa fueron hasta su renuncia a la violencia en 2011 un medio a sus perversos ojos legítimo para alcanzar sus fines… ETA es ante todo y sobre todo un proyecto político y este proyecto no ha sido doblegado, sino que florece en todo su hediondo esplendor» (A. Vidal-Quadras). «Un proyecto nacionalista excluyente, contrario a las libertades individuales y al pluralismo social…, al servicio de la visión de una sociedad vasca étnica e ideológicamente homogénea, donde no tienen cabida los no nacionalistas o los discrepantes. No parece que los herederos de ETA hayan rechazado ese proyecto ni roto con la historia de terror que tiene detrás» (M. Toscano). «Los objetivos etarras los van alcanzando PNV y Bildu en las negociaciones presupuestarias con Pedro Sánchez…, tapan la boca a todos los que estorban al pensamiento único instalado… (y) les silencian porque son el dique decisivo contra el relato legitimador independentista del nacionalismo vasco» (J. Cuadrado).

Desengañémonos. Pese a los intentos por difuminar a los asesinos situándolos en un ángulo muerto, ETA está. ¡Qué papelón el de los activistas sanchistas!

ETA, ángulo muerto
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