viernes 15/1/21

Europa: más allá de la pandemia

La hermosa hija del poderoso Agenor, la princesa Europa, sigue vagando a través del tiempo inmemorial como un destello luminoso, raptada por el bruñido toro blanco de Zeus, mientras su hermano Cadmo continúa buscándola, gritando su nombre… ¡«la del ancho rostro»¡… en los fértiles valles y pardos aramios del cabo de Asia; del Egeo al Atlántico, del Mediterráneo al Mar del Norte. Mito o rito, en el substrato de la arcaica leyenda helena, reposa quizá más verdad sobre Europa que en las interminables veladas bruselenses para el parto de acuerdos unánimes, o en el insondable pozo de palabrería y literatura vertidas desde la firma del Tratado de Roma. Europa es más que el bosque farragoso de leyes de mercado, más que las hipertróficas, y sin embargo raquíticas instituciones apuntaladas en los Tratados de Maastricht, Ámsterdam, Niza o Lisboa; y mucho más aún que un mercadillo callejero, gestionado por orondos mercaderes.

Europa es un producto del espíritu de los pueblos, de los hombres que siglo a siglo han convertido sus límites en los límites de la libertad. Comunidad más profunda que entre los líderes de los gobiernos europeos existe entre Shakespeare y Lope de Vega, entre Homero y Lorca, entre Petrarca y Molier, o entre Virgilio y Aleixandre. Vitoria en Salamanca, Rilke en Ronda, Goethe en Italia, Ortega en la Complutense madrileña y Madariaga en Oxford son más Europa que los mandatarios y burócratas de nuestra lábil Unión Europea. Porque «lo europeo», más que en las directivas y reglamentos comunitarios yace en el común pensamiento de Dante y Cervantes, de Spinoza y Calderón, de Milton y Cicerón, de Montaigne y Séneca. En la claridad de estas inteligencias vertebradas en la fragua del tiempo, ha ido reconociéndose día a día una Europa a la medida del hombre.

La ciencia, que ha hecho posible la construcción del mundo, industrial y comercial, es un producto netamente europeo. La hija primogénita de las universidades es la semilla que germinalmente sembró Tales de Mileto hace más de 2500 años, y que Aristóteles y Platón cultivaron, proponiendo como pedagogía general de la humanidad «la pasión por el saber», que ha desterrado las mágicas y sombrías oscuridades de la naturaleza y roto el círculo trágico del determinismo, descubriendo las sendas del progreso. De Descartes a Marx, o de Tomás de Aquino a Kant, de Rousseau a Hegel, Hobbes, Scheler, Unamuno o Mounier, como una lluvia permanente de pensamiento fertilizando las conciencias, se ha ido tejiendo el lienzo azul de la civilización europea, ofreciéndose como una gran escuela, herencia del viejo maestro Sócrates, puesta al servicio del desarrollo humano.

A pesar de la pandemia que nos ha asolado, plantando el dolor y la muerte en aldeas y ciudades; a pesar de la crisis y el receso económico que nos va a empobrecer colectiva e individualmente, esparciendo por el mundo más de 800 millones de personas en extrema pobreza; a pesar del desempleo que galopa como un jinete del apocalipsis sobre la cabeza de millones de jóvenes, y del deterioro institucional provocado por quienes imponen la prevalencia autoritaria del gobierno sobre el marco constitucional del Estado; a pesar de que la dialéctica izquierda-derecha ha transmutado en el enfrentamiento entre democracia y los nacional-populismos de ultraderecha o ultraizquierda. A pesar de los males y catástrofes devastadores de un planeta herido y sangrante, que parecen haberse escapado, en una fuga perversa, de la caja de Pandora. A pesar de todo, los europeos somos pueblos privilegiados, porque en la multiplicidad, a veces chirriante, de culturas nacionales, se manifiesta esa conducta pensante, analítica, autocrítica y lógica, capaz de convertir los mitos en sabiduría, magia en ciencia, brujerías en tecnología, cavernas en catedrales, sendas en «Vías», costumbres en leyes, contemplación en acción, masas hambrientas en clase media, feudos en instituciones compartidas y tradiciones en progreso.

Lo que nos une verdaderamente como europeos, a través de la diversidad de lenguas y fronteras es nuestro compromiso con una determinada concepción del hombre y de la sociedad, que sencillamente llamamos democracia. Ciertamente Europa necesita estructuras sólidas, pero Europa no puede agotarse en las instituciones, ni reducir a sus ciudadanos a la pobre dimensión de productores y consumidores, regulada por un marco jurídico preciso, pero que a veces resulta agobiante, agarrándose como una interminable, tediosa y asfixiante enredadera burocrática al cuello social. Algunos aseguran de forma equivocada que detrás de la idea de Europa solo hay un proyecto mercantil y tecnocrático, pero esa posición sería altamente ofensiva para los padres fundadores, Adenauer, Monnet, Schuman y De Gasperi, que en un acto irrepetible de genialidad política dieron a luz uno de los proyectos de convivencia pacífica y cooperación política más transcendentes de la historia de la humanidad. No existe razón alguna por la que Europa deba ser considerada solo como un «continente museo». Disfrutar de Stendhal o Kafka, y contemplar un Dalí o un Canaletto no debería entorpecer que seamos capaces de generar la mejor industria espacial o desarrollar la más eficiente infraestructura del 5G.

La belleza es un valor universal, arraigado en la naturaleza racional, pero ha desempeñado un papel sustancial en la configuración del espíritu de Europa. Los cinceles de Miguel Ángel, arrancando el alma del mármol, siguen el ritmo del martillo de Milo, y los pinceles de Velázquez, Giotto, El Bosco, Fra Angélico, Rafael, Goya o Picasso beben en la misma fuente de las noches de amor de Zeus y la titánida Mnemósine. Sin la inspiración de la musa Euterpe serían inexplicables las melodías de Beethoven, Mozart, Bach, Sibelius, Verdi, Falla, Lennon o Morricone. Porque Europa es a la vez continente y contenido, pentagrama y sonido, verso y metáfora. Europa tiene una misión planetaria: existir para que exista lo que aún no existe.

El hombre europeo, cuyos ancestros han surcado los mares dando nombre a los cinco continentes, no puede estar atado únicamente al nivel de vida, sino a la libertad, ejercida como compromiso solidario con todos los pueblos de la tierra, continuando estelas de ejemplaridad rutilante, como Benito de Nursia, Francisco de Asís, Domingo de Guzmán, Teresa de Ávila, Catalina de Siena, Ignacio de Loyola, y miles de anónimos servidores de la fraternidad universal. Nuestra auténtica fuerza debe radicar en el rigor ético de nuestros comportamientos democráticos, y en la cultura que impregna como sabia revitalizadora cada una de nuestras gestas. Pues la cultura europea no es un ornamento de nuestras sociedades, ni un sumatorio de ritos tribales, sino la expresión del «alma profunda de Europa» proyectada en dos reflejos que traspasan la historia como rayos: la racionalidad y la libertad.

Esa es la médula de nuestra existencia colectiva, que alimenta nuestro orgullo y nuestra razón de ser europeos, más allá de las instituciones, la moneda única, el absurdo Brexit, o la libre circulación de mercancías y personas, convertida involuntariamente en camino de rosas para la última peste del siglo XXI.

Europa para nosotros, como para Cadmo, es origen, camino y futuro: es tarea inacabada y razón de ser. Europa es, como lo fue en el mito para el Zeus-buey, hechizo y pasión por la inteligencia.

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