jueves 27/1/22

En medicina lo correcto, y por tanto lo ético, es valorar los síntomas de cada paciente y, tras el estudio de los mismos, elaborar, o reelaborar, el diagnostico más certero que permita aplicar el tratamiento más adecuado sin dilación.

Pues bien, todo enfermo es muy conveniente que cuente con una valoración adecuada, pero me atrevo a decir que en el estado preterminal o terminal se necesita especialmente, al asentar sobre él con alta frecuencia una severa sintomatología depresiva, o un incremento en la intensidad del dolor, o en definitiva, precisa que se le cubra un cortejo de síntomas que le hacen poco confortable e incómoda su situación. Es obligación del médico estar especialmente atento a esos requerimientos sintomáticos para cubrirlos con las medidas previstas y apropiadas.

Esas medidas proporcionadas pueden, hoy en día, restaurar la práctica totalidad de los requerimientos que el paciente terminal precisa sirviéndose de la actualización en los adelantos de la especialidad de Cuidados Paliativos. Lo que sería totalmente irresponsable es guiarse por protocolos obsoletos que carecen de la actualización de los conocimientos y métodos avanzados de que se disponen para tratar a dichos pacientes en situación terminal. Esa es la misión específica que incumbe a los Cuidados Paliativos.

El ejercicio eutanásico se sanará cuando consiga superar la ceguera con la que observa al enfermo en fase terminal

Ahí, me parece, radica gran parte de la solución con la que se superará la actuación eutanásica. Ciertamente, ningún paciente está inmune de experimentar vivamente un proceso de intensa soledad desencadenada por una situación de desamparo activada por una grave enfermedad, que potencia un desconcierto vertiginoso que le precipita al cataclismo psico-orgánico. Esa soledad aguda desgasta hondamente en poco tiempo al paciente, le atenaza y le dificulta, en gran manera, para ser plenamente consciente de algo fundamental en él: que sigue siendo persona con capacidad de apreciar y de ser apreciado. Ese paciente, si se le deja solo a su suerte, tiene el serio peligro de caer vencido fácilmente por la grave sintomatología depresiva que no le ofrece más horizonte que la de ser un elemento inútil y ni más merecimiento que desear su eliminación.

Si ese paciente, en ese estado, solicita la eutanasia, no puede encontrar en el médico un elemento pasivo a un acuciante requerimiento de asistencia y tratamiento que provoca un cuadro depresivo de esa categoría, como tampoco puede ni debe permanecer pasivo en ofrecer el resto de recursos proveniente de las actualizaciones en el área de los cuidados paliativos a las que tiene derecho todo paciente que lo precise.

El ejercicio eutanásico se sanará cuando consiga superar la ceguera con la que observa al enfermo en fase terminal, y reconozca que toda persona tiene derecho a merecer la ciencia y el cuidado médico actualizado, que garantiza, además, la dignidad de la persona hasta el final, precisamente porque considera que la dignidad de la vida de todo individuo no viene esencialmente marcada por su nivel de utilidad.

La eutanasia tiene solución
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