Diario de León
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No sé si la elección de un exilio liberatorio voluntario, pueda ser para Juan Carlos I la menos mala de las soluciones, pero sí parece haber entrado en sus cálculos. Ya hay un claro indicio: Emiratos. Donde parece fluir el dinero a chorros, digamos, en doble juego, ‘negros’. Es curioso y chocante.

Me mueve a recuperar parcialmente este escrito mío, no publicado, las últimas noticias sobre el rey emérito y la lectura de la Tribuna sobre el monarca emérito, en este medio, del escritor José María Prieto, situándolo como zarandeado. Por supuesto es su opinión.

En mi último libro En busca de un sentimiento llamado Leonesismo hacía alusión directa a mi posicionamiento republicano. De ahí que mi frase preferida al referirme a rey Juan Carlos I, fuera : «al que llaman el rey».

En cuanto a que la «Historia es inamovible…» «y aquí en España, no», lo acomodo a lo tocante a León, reino, agravado en el enfoque autonómico que sufrimos, incluso como región actual. Silencios, tergiversaciones y manejos, de modo especial en Fundaciones ad hoc.

Volvamos a don Juan Carlos y recordemos. Pasado un tiempo, después del «tejerazo», y su actuación que resultó positiva, pero adornada con sombras de duda, me dejé llevar, como casi todos los españoles, a un estado de ánimo neutro. Aludo al periodo de la transición hacia la democracia que decían representaba él, tras «abjurar» de ‘Los Principios Fundamentales del Movimiento’, vamos del franquismo, a los que su mentor, el General, le había llevado.

Se ha ganado «a pulso» las dudas en la ciudadanía y muy buenas dosis de rechazo en los llamados republicanos tolerantes

Dándole poca cancha, entonces no faltaban quienes le decían «el breve». Ni acertaron los que así le apodaban, y yo entre ellos, ni él jugaba al montaje económico por definición. Esta mala práctica, indiciariamente, tal parece devenida de modo coyuntural y curioso cuando la solidez en el trono se la aseguraban hasta los socialistas republicanos del PSOE.

La tácita omertá , conseguida con gracejo y supuesta campechanía, más su grado de intocable por Constitución, al fallarle la destreza de la juventud en su más amplia expresión y circunstancias, comenzó a hacer aguas, y a ser cuestionada la irresponsabilidad otorgada y así manifestado. Se ha ganado «a pulso» las dudas en la ciudadanía, y muy buenas dosis de rechazo, en los llamados republicanos tolerantes.

A la abdicación, a modo de escapatoria, le llevaron los errores personales cometidos. Cabe mayor destemplanza real (para ser suave) aquello de «Lo siento mucho, me he equivocado, y no volverá a ocurrir» pronunciado compungidamente a la salida del hospital aquí en España, adonde había sido repatriado por la lesión sufrida en la famosa cacería de elefante, ¡bien secundado por cierto! No ha faltado quien achacara a tal acompañamiento femenino la causa de la flojera que le llevó a la lesión citada, citando como chascarrillo el «salto del tigre».

No podrá seguir los pasos de su antepasada Isabel II, la de los «tristes destinos», pues no hay un Napoleón III en Francia que le acoja. Descartemos París como hipotético destino establecido, tan próximo como Estoril allá donde su padre moró en espera de recuperar el trono, pero hubo de pactar con Franco el adiestramiento del joven Juan Carlos, «Juanito», para heredero de la España que acaudillaba el General con mano férrea, pues, de ambos destinos, es posible la extradición.

¿Puede haber algo más desconcertante y desalentador que intuir la imagen de Juan Carlos I, situado al lado de una máquina de contar dinero, en tanto gente a sueldo se afana en ello?, todo según lo aportado a los medios por Corina, «bróker» y amiga del monarca. No hace falta esforzar mucho la imaginación, para que la imagen tenga tintes de cómic, al más puro estilo T.I.A, donde el agente Mortadelo fuera encarnado por el inspector Villarejo.

«Todos somos iguales ante la ley» o «Hacienda somos todos, ¿se van a quedar en eslóganes? No pudo regresar a casa, España, por Navidad 2020, le falló el ajuste forzado de cuentas con Hacienda, pero «enseñó las cartas».

La Justicia lo puede aclarar todo, y como siempre se dice: la Historia lo demandará «mañana», pero es un «largo me lo fiáis» para los actuales españoles, cuando menos, ¡recelosamente desconcertados!

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