viernes 3/12/21

El destino más alto de las flores es el papel, una vez alcanzado brillan inmarcesibles, para siempre jóvenes; como en la canción de Dylan, que Pete Seeger cantaba a sus 90 años (juventud y flor son lo mismo). Sería así lícito corregir el verso legendario sobre las flores marchitas, cuya gloria antigua ya no perduraría en el recuerdo voluble y a veces fraudulento, sino en el papel humilde y comprobable. Pero si no se puede, convengamos en un acuerdo razonable: el papel garantiza la perdurabilidad del recuerdo.

Andrés Martínez Oria acaba de publicar Flor de cantueso y completa así una tetralogía única con flores en el título, siendo los tres anteriores, dichos por orden de aparición, Flores de malva, Flor de saúco, Flores de hinojo. Se trata por tanto de cuatro jarroncitos, cuatro búcaros fragantes, perfectamente diseñados como pentasílabos en una exhibición de sugestiva geometría con esos dos pares que alternan el singular y el plural para lograr el pentasílabo mediante tres nombres de tres sílabas (saúco, hinojo y cantueso) y uno de dos (malva). El caminante-escritor ha visto en las cuatro algo así como flores heráldicas de otras tantas tierras provinciales, dichas también por orden de aparición: Sequeda, Ancares, Cabrera, Maragatería.

El viaje por la Maragatería relatado en Flor de cantueso duró seis días, del 23 al 28 de junio, y empezó por Piedralba, el pueblo cuya visión le ofrece «el cuadro acabado de esta tierra. Belleza escueta en el polvo mineral». Es el primer acorde solemne, introductorio de otros, como este de tono más íntimo: «duelen la soledad y el abandono», dentro de una melodía que escucharemos repetida. Durante el camino las notas descriptivas se suceden breves y magníficas, así esta visión de las flores, donde compiten «con su gama esplendorosa las digitales malvas, los cardos de flor de acanto, las florecillas fulgurantes de amarillo, los escaramujos en flor, los cantuesos de nazareno vivo, el tomillo agreste y oloroso».

Se suceden asimismo los diálogos, porque el caminante no rehúye la conversación con quien le salga al paso. A mí me sonó emocionante la que mantuvo en una calle de Quintanilla de Somoza con una mujer anciana que llevaba en la mano un cesto de mimbre. Tras los saludos ella lamenta la emigración que fue dejando el pueblo vacío y recuerda otros tiempos felices, ricos por la arriería. El caminante embobado «escucha la melodía del lamento como si estuviera ante alguna Cenicienta solo en apariencia miserable». La mujer se impone a su percepción como la imagen del «desmoronamiento de un señorío de siglos». Y escribe su nombre, Piedad Monroy, en quien la distinción, como en los hidalgos de Castilla, «va más en el linaje y el porte que en el dinero».

En esta conversación aparece una nota característica de su estilo, como son los breves apuntes o comentarios que se dedica a sí mismo o al lector en forma de guiños cómplices llenos de humor y bonhomía. Este es el que deja, impresionado por la mujer: «El caminante está embobado oyéndola, qué quieres que te diga, lector querido». En otro momento reproduce en su latín original un documento referente a Viforcos para concluir con este guiño: «Qué bonito, lector, a que sí, ese latín tan cercano ya a nuestra lengua».

Naturalmente el caminante-escritor, o viceversa, no podía dejar de plantearse la cuestión del nombre de la comarca. Recuerda pues que en los papeles antiguos se denomina Somoza y Tierras de Astorga, mientras que Maragatería es término moderno de los siglos XVII y XVIII y «procede de los arrieros que fueron llamados por el mundo maragatos, de tal manera que maragato y arriero venían a identificarse», pero no se sabe «cómo, dónde y cuándo surgió la palabra». No existe ningún enigma que pueda etiquetarse maragato. El autor impugna tanto las etimologías delirantes como las leyendas teñidas de esoterismo sobre un carácter presuntamente especial y único del maragato. No hay confirmación alguna de orígenes extraños y costumbres «peregrinas».

Cabría citar aquí a Caro Baroja, que se hizo eco de esas costumbres en su libro Los pueblos de España, donde dice que en Lucillo y Molinaferrera son las mujeres las que «aran, siembran, siegan, cavan, etc.», mientras que «los hombres permanecen en la casa hilando y haciendo calceta». La localización del escenario «en las cumbres del Teleno» ya nos ilustra sobre el grado de precisión del gran erudito.

Desechados los «tópicos falaces y cansinos», afirma que el concepto de maragato nació unido al de arriero: «maragato y mulo todo es uno», se decía. Maragato es una forma de ser, conducirse y trabajar y acabó por dar nombre a la comarca entera: Maragatería, tierra de Maragatos o Maragatos, simplemente.

El viaje termina el lunes 28 de junio en Quintanilla de Combarros. Al concluir el recorrido suena una nota de profundo desconsuelo ante esta tierra amenazada por la despoblación y el olvido: no hay presente y el futuro da miedo. Y no obstante, cuando ya no quede nadie para recordar, ese cantueso, que el autor propuso emblemático de la belleza de esta tierra, seguirá floreciendo en las hojas de este libro.

Flores de papel
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