sábado 31/10/20

A García Zurdo, el amigo, el pintor, el maestro

La coincidencia juega, a veces, malas pasadas. La coincidencia hizo, esta vez, que la salud me impidiera acudir, como hubiera sido mi deseo, a despedir a mi querido amigo Luis García Zurdo, ese fatídico 2 de octubre en éste, no menos fatídico año. Ese día Luis nos dijo adiós para siempre. Nos abandonó en silencio, sin meter ruido, sin llamar la atención, a juego con su forma de ser y con el paisaje otoñal que tanto le gustaba, cuando los espíritus se concentran al atardecer y las pandemias se vuelven rebeldes.

Luis García Zurdo fue para mí, como para tantos, supongo, una de esas figuras míticas del rico patrimonio artístico y cultural leonés. Pintor, como más le gustaba definirse, vitralista, escultor, tantas cosas, pero sobre todo un maestro incomparable y mejor persona. Formado con Oberberger y otros grandes maestros vitralistas alemanes de la postguerra, cuando Alemania recuperaba y restauraba su maltrecho patrimonio artístico, admirador de Krasinski y de los más grandes, Zurdo deja una obra extraordinaria en calidad y cantidad, aquí mismo, en su León de siempre, en Vegaquemada, en la Universidad y en otras instituciones leonesas, pero también en Galicia, en La Rioja y en otros muchos lugares y su obra traspasó fronteras e inspiró a escritores y en todos los sitios su firma se identifica con el estudio, porque Luis García Zurdo era un estudioso con su trabajo, un gran trabajador, y con la ciencia, porque era un científico, un investigador que planificaba concienzudamente su obra, documentándose en profundidad, definiendo su objetivo, marcando su desarrollo paso a paso y aplicando métodos y técnicas ancestrales que ya pocos conocen, con fórmulas de los vidrieros medievales, armonizando el conjunto con su imaginación envolvente, innovando cuando el caso lo requería para lograr un resultado final único, vidrios, cristales, a través de los cuales la difracción de la luz hace filigranas en el aire, figuras en lienzo que marcan el realismo de sus cuadros o detalles estructurales que solo los que saben, son capaces de ver.

A los veterinarios, Zurdo nos regaló Quirón en muchas formas. Quirón, aquél centauro de la mitología griega bondadoso y sabio que curaba hombres y animales, un símbolo de la unidad de la Medicina, ahora que tanto se reclama que nos llegó en forma de medallón, con ocasión del 150 aniversario de la Facultad de Veterinaria o en el prodigioso mural que preside su vestíbulo. El mural, en vidrios de colores incrustados en cemento sorprende al espectador, cuando se ilumina, con una sinfonía de colores que quedan suspendidos en el aire, flotando, trasladando al observador a escenarios imposibles. Y con Quirón, las palabras de Virgilio y de San Isidoro, dando escolta permanente. Suma, además, la que será su última obra aquí, con la colaboración de su hija Graciela y Jesús León, una preciosa placa en bronce envejecido en la que fechas y textos aluden a la historia de nuestra Facultad, antes Escuela.

La figura de Quirón, que aparece «en jefe», en el escudo de la Academia de Ciencias Veterinarias de Castilla y León, fue la razón de nuestro primer encuentro en su caserón de San Feliz de Torío, buscando la autorización de uso para satisfacer el expediente de creación de la Academia. En ello contamos con la colaboración, como tantas veces después, de Luis Bascuñán, prácticamente un miembro más de su familia. Y desde entonces, hubo entre nosotros una comunicación fácil, una sintonía perfecta, casi mágica (era muy fácil), fraguándose una relación personal que me permitió descubrir el personaje que llevaba dentro, su vasta cultura artística, su ironía leonesa, el deseo permanente por aprender de todo y el cariño por León, por su catedral, por su gente, y unas cualidades de trato que hacían juego con su sencillez y humildad, a veces exageradas.

Los contactos continuaron y, al tiempo que la Universidad promovió su Doctorado Honoris Causa, también le hicimos llegar la propuesta unánime como Académico de Honor. Y así fue que, en una ceremonia sin ceremonia, nos reunimos con él y su familia (Ángeles, Beatriz y Graciela) los académicos una tarde de marzo del año pasado en San Isidoro y le impusimos la medalla de académico, que supuso para él un compromiso y una nueva responsabilidad, que asumió con total dignidad. Había que ver a Zurdo, con una pizca de ironía, pero serio, presumir de «Veterinario» y cómo aguantaba estoicamente nuestras sesiones y disfrutaba de los encuentros posteriores.

Pero todo comenzó a cambiar cuando la salud empeoró. Gran sufrimiento de todos en estos últimos meses, hasta que llegó el final.

Amigo Luis, ésta es una crónica poco académica de despedida que recuerda y agradece todo el cariño que nos supiste entregar a los veterinarios, a mí en particular, en nuestras charlas del confinamiento y en las anteriores, y en las que no pudieron celebrarse y solo quedaron en proyecto. Desde allá arriba, ahora sí que tienes perspectiva suficiente para contemplar las «Ventanas del Cielo» de nuestro amigo Giner. Querido Luis, tus amigos de la Academia de Ciencias Veterinarias te dicen «hasta siempre» y te piden ayuda para dibujar, es lo tuyo, las líneas maestras de nuestro futuro.

Luis García Zurdo, Descansa en Paz.

A García Zurdo, el amigo, el pintor, el maestro
Comentarios