jueves 24/9/20

George Floyd, memoria y exigencia de otra aplicación de la Justicia

Hace más de dos meses que la humanidad asistió con horror a uno de los crímenes raciales graves y recientes del siglo XXI, se trata del asesinato del afrodescendiente George Floyd. Según los datos obtenidos, sobre todo, los que nos ha aportado Rip Aka, un investigador africano francófono afincado en los Estados Unidos, nos subrayan que George Floyd fue de origen beninés (del antiguo Dahomey), cuya genealogía indica que sus parientes más próximos fueron de Sakété, una ciudad Nago perteneciente a los distritos del valle de Ouémé. Su bisabuelo, de nombre Anignikin Foladé, era un carpintero, se casó con Agnikè Mènouvemèhou, una venerable ama de casa. La pareja se instaló en Ouidah en los años 1790 en busca de tierras fértiles para el cultivo del aceite de palma que, en aquella época, era una mina en dicha región.

Cabe señalar que lo primero que la sensibilidad ordinaria suele resaltar ante casos similares es el hecho de la esclavitud de los negros, olvidándose de que la esclavitud es un fenómeno histórico que ha sacudido a todas las culturas del planeta

En 1816, Albert Franklin Turkparker, alias Fuego-Fuego, uno de los grandes comerciantes de esclavos de entonces, llegó a las costas dahomeanas para conseguir mano de obra y dedicarla a la explotación de las plantaciones de caña de azúcar en el Illinois, precisamente en las ciudades de Rockford, Aurora y Springfield en los Estados Unidos de América. Regresando a estas tierras, Turkparker se propone a cambiar los nombres de sus esclavos permitiendo que se conservaran algo de su raíz africana, con lo cual, Anignikin Foladé se llamará Ricky Floyd y su esposa Enrika Floyd.

Tras la abolición de la esclavitud, estos experimentan una precariedad exponencial y, en busca de una nueva vida, toman la decisión de instalarse en Minnesota, pero debido al racismo que aún azota a este Estado, lo abandonan y se dirigen a Carolina del Norte, donde cultivan la tierra para escolarizar a sus hijos. En esta descendencia, nace George en Fayetteville, el 14 de octubre de 1973, hijo de George Perry Floyd y de Larcenia Floyd, como un miembro de la cuarta o de la quinta generación de los Floyd. Brillante alumno de Jack Yates High School en Houston, fue un famoso atleta de fútbol y baloncesto, al graduarse siguió sus estudios en South Florida Community College. Trasladado al campus de Kingsville de la Universidad de Texas, no pudo concluir con éxito sus estudios. Desde entonces se dedicó a diversos oficios que lo condujeron a Minneápolis. Casado y con tres hijos, George Floyd ha sido un padre ejemplar, de buen carácter, amable. Será asesinado, el 25 de mayo, por Derek Chauvin, uno de los policías que lo habían interpelado en el barrio de Powderhoun Park en la esquina con la Chicago Avenue South y de la East 38th Street, al lado del restaurante Drakon Work. Se espera que algunos de sus restos mortales lleguen próximamente a Sakété, donde, en una ceremonia, recibirán el homenaje del último adiós digno de un hijo de Nago, como lo requiere su cultura.

Cabe señalar que lo primero que la sensibilidad ordinaria suele resaltar ante casos similares es el hecho de la esclavitud de los negros, olvidándose de que la esclavitud es un fenómeno histórico que ha sacudido a todas las culturas del planeta. Precisamente, el momento en que los parientes de George Floyd son conducidos a Estados Unidos coincide exactamente con la época en que todavía existe el floreciente negocio de la esclavitud blanca en Europa, como nos lo demuestra el historiador Robert C. Davis, en su obra, Esclaves chrétiens, Maîtres musulmans, l’esclave blanc en Méditerranée (1500-1800), tema bien desarrollado por su homólogo Alexandre Skirda en La traite des Slaves du VIIIe au XVIIIe siècle, l’esclavage des Blancs, quien observa que, a partir del año “937 el término latino sclavus, de slavus, eslavo fue utilizado por primera vez en lugar de servus en un certificado expedido a un mercante de esclavos”. (p. 5).

Así, los historiógrafos críticos occidentales han tachado de mala fe a los historiadores oficiales, por haberse dedicado tanto esfuerzo a la propaganda de la trata negrera mientras se empecinaban en ocultar la trata blanca. Obnubilados por esta aberración histórica, los que viajan habitualmente al otro lado del Atlántico, a los Estados Unidos, por ejemplo, o los que no son capaces de emprender un estudio autónomo y objetivo de la cuestión, sólo pueden percibir blancos y negros, aunque estuvieran inmersos en una sociedad estructurada en grupos culturales. Por el contrario, yo mismo permanecí en aquel país durante un año académico y descifré esa serie de grupos: los WASP (White Anglo-Saxon and Protestant, Blanco anglosajón y protestante) que, aunque estuviera ya en declive desde hace décadas, mantiene todavía su ideal inicial y no admite a los blancos apiñados entre otros blancos o europeos, donde el catolicismo intenta encontrar su hueco y trepar con ciertas dificultades; los judíos; los chinos; los indios; los japoneses; los negros; los hispanos; los turcos; los eslavos; etc. Siendo un Estado considerado como la cuna del totalitarismo capitalista o capitalismo totalitario, cada uno de estos grupos tiene que buscar la cobertura de su lobby o de los que realmente creen que su figura puede significar algún beneficio. En este ambiente casi sectario, descubrí que no ha habido en este colosal país ningún proyecto de investigación o de progreso científico que no haya contado con el genio de la creación negra (Dr. Ivan Van Sertima, Blacks in Science ancient and modern) y que, a pesar de todo, sigue imperando este racismo irracional que es un producto de prejuicios de los falsos mitos y de la ignorancia que arrasa más a las clases bajas hasta el extremo en que cuando ejercen alguna función coercitiva o poseen armas, se comportan como auténticos autómatas. Esto es lo que ha ocurrido con Derek Chauvin, el policía asesino y sus compañeros, cómplices, cuyo nivel de educación no superaría el suelo que engloba a todos los que pueden apretar el gatillo sin la mínima reflexión. Es obvio que este asesinato ha tenido y tendrá grandes consecuencias. No en vano una de sus hijas declaró que “mi padre ha cambiado el mundo”, esta forma espontánea e inocente de hablar de una niña quería significar que las reacciones al horrendo crimen darían vuelta al mundo. Desde las protestas más violentas, pasando por otras que evocan el espíritu de Luther King, que se extendían por todas partes en los Estados-Unidos, hasta la genuflexión del primer ministro canadiense, Justin Trudeau, durante 8 minutos y 46 segundos, en una manifestación recordando lo que duró el calvario de George Floyd, el acto racista ha encendido una llama universal que ha convertido en racista a todas las manifestaciones teóricas y prácticas, representativas, simbólicas, de todo aquello que suena a injusticia o a las múltiples formas de discriminación, de las que no se escapa la dominación colonial y neocolonial. Esta conexión causal con sus efectos revela que estamos ante la exigencia de otra aplicación de la justicia, válida y definitiva.

George Floyd, memoria y exigencia de otra aplicación de la Justicia
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