viernes 3/12/21

Los astures cultivaban la tierra para obtener cebada y elaborar cerveza, lo que dice mucho de su capacidad para prestar atención a las urgencias emocionales de aquella vida de sobresaltos que moldearon a este lado del Esla; despeñaban a los indeseables; a los parricidas, los apedreaban hasta los confines del territorio; ponían a los enfermos junto a los caminos, con el fin de que los viajeros orientaran sobre algún mal parecido. Astures, individuos libres, de armazón matrilineal; los rasgos que fomentaron en medio de ese matriarcado pervivieron a aquella cultura, como la costumbre de la covada, que empujaba a la mujer a su quehacer diario nada más dar a luz mientras el hombre cuidaba y compartía el lecho con el recién nacido. Los mismos que arrinconaron las referencias a los astures en un baúl con siete llaves son los que pregonaban hasta ayer que Bellido Dolfos era un traidor; lo último que le faltaba al que promueve el cerco a la tribu, en esta triste metáfora de la actualidad, es que los leoneses se sepan herederos de un pasado mítico, de una historia memorable plagada de gentes intrépidas, indomables, impregnados del gen épico que bendice a los valientes en el vientre de su madre. Muestra de la estimación de los astures es que su semblanza en los anales no llega al manual de historia que troquela a los adolescentes, ni a la perspectiva cronológica que explica el hoy como prenda del ayer. Mil años antes de que los monjes pusieran en el mapa las cuatro esquinas más fértiles de esto que es León, el cordón de tierra que rodea los vestigios de los monasterios de Sandoval, de San Esteban de Nogales y de Carracedo ya había dado alimento y morada a alguna de las tribus que llenaron de épica las crónicas de la invasión romana. Entre los cismontanos, en la subdivisión grupal de los que se establecieron al sur de la cordillera, se contabilizan hasta quince clanes; no resulta verosímil que los Amacos, señores de la zona central, por las riberas del Tuerto y el Órbigo, fueran a dejarse comer la merienda por el peaje que atraviesa y condiciona ese contorno, mientras los ideólogos del tributo pasean despreocupados. Ahora que los lancienses se acicalan para estrenar la memoria negada después de batirse en retirada a las montañas, acometidos por las legiones, es el momento de llevar a los astures a la escuela; a ver si queda rastro de su sangre entre tantas camadas de tibios de corazón.

Gloria a los astures
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