martes 24/11/20

Gracias, Europa

Cuando uno recuerda las penurias de aquella España que emergía de 40 años de dictadura y las compara con la opulencia que ahora nos envuelve, —sí, opulencia, a pesar de todo— se pregunta: qué milagro ha hecho a los españoles tan prósperos. En aquella España de los primeros setenta con aquellas carreteras insufribles de pésimos asfaltados y curvas interminables que convertía un trayecto de 100 kms. en una tortura. En aquellas carreteras se podían contemplar las cansinas figuras de los campesinos doblados sobre las espigas bajo los implacables soles del verano español y sus míseras aldeas de calles llenas de piedras y endebles casucas de adobe o tapial. En las afueras de las capitales crecían caóticos poblados de tendejones de zinc y grandes torres de pésimo hormigonado donde se apiñaban los millones de labriegos que huían de las pobrezas del campo. Humeantes fábricas y precarias naves de uralita poblaban los espacios industriales y en los destartalados cascos históricos se agitaba una muchedumbre habituada a proveerse malamente de lo imprescindible cada día.

No basta con aducir que el progreso es connatural al paso del tiempo porque bien sabemos que a veces es todo lo contrario. No parece muy convincente argüir que es la laboriosidad de los naturales de estas tierras la que ha mejorado de esa manera. La España de ahora puede presumir de las mejores infraestructuras de toda Europa, sus zonas residenciales son remansos bucólicos de tranquilidad y abundancia, en los polígonos industriales se bulle de actividad fabril, por los campos no quedan ya labriegos sino grandes maquinas que cosechan vorazmente los sembrados. Si estas descripciones, al fin y al cabo literarias, no son bastante ahí están las cifras para corroborarlo. El incremento del PIB, los gastos del Estado, la renta per cápita, la esperanza de vida, la tasa de criminalidad, los índices de satisfacción social.

Esta mejoría tan notable —a pesar de todas las crisis— solo pueden explicarla factores exógenos cruciales. Los libros de historia nos recuerdan la importancia de los ingresos del turismo, los flujos de los emigrantes de los 70 y les cuesta más recordar las inversiones productivas de origen exterior y las transferencias venidas de la Unión Europea a partir de la adhesión en 1984. Estas trasferencias han salido de los bolsillos de los contribuyentes europeos en las décadas finales del siglo pasado y han servido para restaurar cascos históricos degradados, sostener la actividad primaria agroganadera y pagar infraestructuras cruciales. Sin ellas ni la mitad de este avance estratosférico que venimos describiendo se hubiera conseguido.

Pero la beneficencia de la Unión Europea no solamente vino de las inyecciones masivas de dinero sino de la imposición de normas obligadas al Gobierno español que le impidieron tomar las tradicionales decisiones de política económica, en los países latinos, que acaban llevando al arruinamiento colectivo; déficits públicos desorbitados, endeudamientos abusivos, devaluaciones discriminatorias, proteccionismos comerciales, monopolios internos. Es verdad que una pésima generación de políticos europeas, en la primera década de este siglo, casi hizo descarrilar la Unión. Esa quinta la encarnaron tres figuras ominosas, el manirroto Georg Schroeder, los corrupto Jacques Chirac y Berlusconi y el iluso Tony Blair. Sus políticas despilfarradoras hicieron descarriar la firmeza tradicional de la nave comunitaria y sembró el camino a la ominosa década de la burbuja inmobiliaria.

Ahora, una vez más, Europa nos vuelva e socorrer con una inyección de 140.000 millones de euros destinada a reparar los daños de la pandemia y a facilitar ala mejora de la economía. Será una calamidad si no fiscalizan su empleo en medidas que sirvan de verdad a todos y no solamente a los clientes de los partidos que gobiernan. Porque ahora tenemos en el Gobierno una quinta de políticos que pretende convertir a esa Europa benefactora en la culpable de todos nuestros males y desearía llevarnos por los ruinosos caminos del comunismo con sus ruinosas recetas de estatalismo paralítico y planificación absurda de la economía. Es bien penoso que sus voces tengan cabida en esta juventud a la que le sobra de todo pero parece que no tiene lo bastante como para conocer el mundo donde vive. Una semana de estancia en cualquiera de los paraísos socialistas, aún vigentes debería de bastar para quitarles la venda de los ojos, pero también les valdría una semana en cualquiera de los extintos paraísos del antiguo comunismo de la Europa del este que salieron de aquella pesadilla.

Es cierto que los primeros gobiernos de izquierda de España sembraron el pánico en muchos sectores de la España económica pero sus políticas sociales estaban dirigidas a una población realmente necesidad de ayudas, subvenciones y prestaciones. Los que ahora predican volver a esos dispendios masivos lo hacen para una población que básicamente se niega a trabajar, salvo en los empleos de cuello blanco (para los que no supieron prepararse) y prefieren vivir a costa del estado en lugar de valerse de su esfuerzo y su ingenio.

Gracias, Europa
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