miércoles. 01.02.2023

Es difícil que nos emocionemos. En nuestra cultura, los medios de comunicación nos hacen inmunes a las escenas que nos cuentan. Las películas, cada vez más, tienen un contenido violento y agresivo que «habitualizan» lo que de ninguna manera es común. Aun así todavía suceden cosas que tocan nuestra fibra más sensible, hacen que nos demos cuenta de que por muchas armaduras que nos coloque la ficción televisiva o la perorata del telediario, hay actos de factura humana que no pueden dejarnos impasibles, perpetrados por personas de carne y hueso que, por desgracia, ocurren y son reales.

Peshawar, una localidad pakistaní que seguro que para ninguno de nosotros tenía siquiera ubicación en el mapa geográfico del mundo, desde el pasado 16 de diciembre y para siempre, formará parte de mi memoria, al igual que las torres gemelas o los trenes de la muerte, en este caso quizá no tanto por el número de muertes, que también, sino porque las víctimas eran niños. Se me revuelven las tripas y se me coagula el corazón solo de pensar en ello. Soy padre y muy consciente de los sentimientos que entre hijos y padres nacen y se perpetúan a lo largo de la vida y no encuentro palabra capaz de significar lo que alguien, ni demasiado sensible ni excesivamente rudo, puede llegar a sentir cuando se hace consciente de lo que esta barbarie supone. Los hechos nos abofetean para decirnos, recordarnos implacablemente, que la más trágica pesadilla que podamos tener respecto a nuestros infantes, puede hacerse realidad. Me niego a tener que colocar, entre lo que puede definir la catadura humana, actos como éste, pero no me queda otro remedio.

Al pensar en nuestros antepasados de la edad media los vemos como bárbaros si los comparamos con nuestra era. Es cierto que resolvían sus diferencias a mandoblazo limpio y que sus contiendas debían resultar bastante desagradables a la vista, de nuestros ojos acomodados, cuando decidían medir su testosterona. Hoy nos creemos más «humanos», es casi impensable la batalla cuerpo a cuerpo, hay tecnología, blancos selectivos, bombas guiadas. Tenemos convenios que establecen las normas de la guerra, se evitan en lo posible muertes de civiles y a la hora de hacernos pupa, regulamos con qué lo hacemos y con qué no. Aunque quede en papel mojado.

Las religiones han sido a lo largo de la historia causa de las más horrendas salvajadas, pero bastante menos radicales y crueles que en la actualidad. El Islam es monoteísta, parte de la base del antiguo testamento y tiene el añadido del Corán. Mahoma fue su fundador y sus descendientes se convirtieron en Califas que seguían y hacían cumplir las enseñanzas que Mahoma estableció. Fueron suficientemente sensatos y tolerantes como para darse cuenta de que no podían, con la excusa de la Guerra Santa, estar a palos con todo Cristo sólo por no tener el mismo credo, y decidieron seguir el Corán al pie de la letra decretando, a las religiones monoteístas, religiones más o menos aceptables. Esto supuso, por ejemplo, que en la España morisca vivieran en relativa calma y camaradería ciudadanos de las tres religiones. Todo un símbolo de tolerancia y un alarde de enriquecimiento cultural.

Nuestra sociedad, quizá por la falta de miras, por la ceguera del poder o por la incultura galopante que padecemos, tiende a radicalizarse en todos los frentes. Los partidos de «utrarriba» y «ultrabajo» comienzan a formar sus bastiones y a postularse como formaciones que atesoran en su idiosincrasia el cambio de sistema. En el deporte la euforia de la victoria no aporta el disfrute necesario, el regodeo lo da más la derrota del contrario. Y en el Islam, en la Guerra Santa, es insuficiente acabar con los politeístas o conquistar los Santos Lugares, ni se conforman con ir contra Occidente. Si tú eres chií y yo soy suní nuestra amistad ha de resultar imposible y además, si tengo ocasión, te tengo que pasar a cuchillo. Los talibanes fueron los responsables del aniquilamiento. Su objetivo: hacer daño a los militares Pakistaníes, su método, el más cobarde: matar a sus indefensos, ingenuos e inimputables hijos, y el fin: causar el máximo dolor que a una persona se le puede causar, atentar contra su prole.

Se podían llamar Hussain, Jamal o Benazir algunos de los niños asesinados, la mayoría eran musulmanes. Algunos de los asesinos se inmolaron como mártires de su mismo credo, soñando que en su cielo disfrutarán de todo lujo para siempre. Solo por la posibilidad de hacer real esa ensoñación, han sido capaces de ejecutar esta matanza. ¿Quién puede creer así en el género humano si tenemos ésta inmunda capacidad que solamente es activada por nuestras circunstancias?

A ese centenar de niños Pakistaníes les imagino jugando al pilla-pilla y al escondite inglés, dando patadas a un balón por las plazas de su ciudad soñando que un día serán como Messi o Ronaldo, peinando y despeinando a la Barbie con los rulos de la abuela. Les figuro entusiasmados buscando a mamá con la prisa de darle un beso por debajo del velo y de agarrarse de inmediato al bocata de Nocilla. Siento sus risas con las historias de desventura del abuelo Alí en la época del imperio. Supongo que eran niños que lloraban por la riña de papá y que nunca, nunca se dejaban comer la merienda por la hermanita pequeña.

Ya no podrán reír, ni llorar, ni besar, tampoco podrán aspirar a cambiar su mundo o dejarlo como está y no podrán seguir soñando, porque les han matado y los muertos no sueñan. Por eso y porque soy padre he llorado amargamente.

He llorado amargamente
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