lunes 30/11/20

Hijos por accidente: ambivalencia de la soledad

Alguien dijo que «el miedo a la soledad es padre de muchos hijos». Yo soy testigo de esta realidad, pues he tratado y atendido a muchas criaturas que vinieron a este mundo, no precisamente por el amor de unos padres, sino por el simple hecho biológico, a veces accidental, del apareamiento, provocado por el miedo a la soledad. De este colectivo muy numeroso de seres humanos con miedo a la soledad, unos aceptaron el hecho consumado de la presencia del o de los hijos y crearon una familia, con mejor o peor fortuna; otros muchos, sencillamente, o no tan sencillamente (hay que ponerse en sus circunstancias), no quisieron o no pudieron hacer frente al problema y optaron por el abandono, o por el aborto, antes del nacimiento. ¡Demasiados accidentes, con excesivas y complicadas circunstancias!

Sí. Hay hijos, más de uno en algunas parejas, que son fruto de lamentables accidentes, y las criaturas, cuando nadie les ha explicado su historia original (los seres humanos somos y tenemos historia, pero no siempre la conocemos sin falsificaciones añadidas), realmente se sienten huérfanos desde que llegan al mundo.

Cuando en la consulta he tenido que rellenar los historiales clínicos, me he encontrado con respuestas escalofriantes de jóvenes pacientes que dan la pista al técnico «avisado»: «¡A mí nadie me ha querido nunca!» o esta otra: «No quiero que nadie me quiera. Solo quiero ser mayor para vengarme» (9 años). Creo que en la historia trágica de esta criatura ha sido la única donde, tras varias entrevistas, hice constar con letras mayúsculas subrayadas el peligro de suicidio, y no me equivoqué.

Estas y otras muchas, a cual más digna de atención, cuidado y respeto, son respuestas de menores maltratados en la vida, algunos ya antes de nacer. Y quiero subrayar algo en lo que muchos educadores poco profesionales no quieren reflexionar, pues no tienen vocación de «responsables», con obligación de dar respuestas adecuadas en su conducta educativa diaria.

Muchos menores internados o acogidos en instituciones (¿también en familias?) no es que sean maltratados, es que sencillamente «son tratados mal», que son dos cosas diferentes. El maltrato es un delito, que la mayoría suele evitar, por las consecuencias penales que le acechan.

Mientras que cuando decimos que en un centro o en una familia el trato dado a los menores es «inadecuado», esto se califica técnicamente como «impericia profesional» y ésta no está penalizada. En la empresa privada, a los de la impericia suele echárseles a la calle, y en la pública, el hecho se soporta, siempre en detrimento de los acogidos que tienen la desgracia de caer en manos, una vez más, de «irresponsables».

Muchos hijos no deseados en origen, luego tuvieron suerte al ser aceptados al nacer, pero otros muchos nunca tuvieron esa fortuna y, con padres biológicos vivos, nunca se sintieron ni queridos, ni aceptados; crecieron desterrados en un «país errado», tras una gestación insegura y fraudulenta. ¡Qué difícil resulta en la práctica corregir estos rechazos, raramente reconocidos por los progenitores y tantas veces verbalizados por las víctimas!

Las gestaciones no deseadas, faltas del deseo acogedor, causan doble daño: a la madre gestante y a la criatura gestada; ambos tienen mal diagnóstico y cura nada fácil. El fruto de tales ignorancias sufre un trato inadecuado muy serio desde el inicio del embarazo materno; dicho trato, por lo general, continuará tras el alumbramiento y, en algunos casos, madre e hijo malvivirán trágicamente con esas profundas heridas siempre infectadas y nunca bien curadas.

Las conductas reactivas de tales sujetos, muchos de ellos carne de prisión o de psiquiátrico, difícilmente son comprendidas, ni aceptadas por las personas de su entorno y, por supuesto, tampoco por el propio autor. Éste o ésta (una chica de conducta retorcida suele crear más problemas que medio batallón de chicos) suelen responder de forma arrogante y justificativa de sus tropelías: «Yo soy así, porque así me parió mi madre». Sí, no suelen decir que alguien los trajo al mundo o las alumbró. Sencilla y llanamente dicen que los «parió», como sucede en las granjas. Un insulto muy frecuente y que sienta muy mal a quien lo recibe en tierras catalanas, consiste en llamarle a uno «¡malparit!» (mal-parido).

Otro error: la madre, siempre presente desde el embarazo, nos hace olvidar a unos y otros, con mucha frecuencia, al padre ausente, pero igualmente responsable y causante en origen de esta tragedia.

El hecho de no sentirse querido, no sentirse aceptado, es un rechazo que llega a culpabilizar sobremanera a la propia víctima, que al no tener ante sí al padre, al que muchas veces ni conoce, acaba autoculpabilizándose de lo que nunca fue culpable.

Dar puñetazos al aire o maldecir a quien nunca has visto la cara, no desahoga suficientemente. Así de cruel es la realidad.

Alguien podría pensar que esto es una simple elucubración del autor de este escrito. Pues no. En mis entrevistas terapéuticas con las madres y con los hijos, he podido escuchar de unos y otros el reconocimiento de estos sentimientos desgarradores de rechazar y de sentirse rechazado. Una madre, rota en llanto, confesaba: «mi hija, tiene razón. Yo nunca la deseé y nunca la quise. Es más, para mí todo el embarazo fue un auténtico infierno, deseando que no naciera, pero nació y ahí está; su presencia me avergüenza y me mata, porque no tengo modo de poderla atender. ¡Cúidenla ustedes!»

¡Qué tragedias pesan de por vida en el alma de tantas madres y de tantos hijos a los que la sociedad, ignorante de su historia, no sabe ofrecer el bálsamo adecuado, porque es muy difícil ser justo, cuando no se conoce la trastienda que cada uno lleva a su espalda, en la mochilita vital.

Todos los años, el 20 de noviembre, la sociedad quiere tener un recuerdo especial de los niños y niñas que sufren, sin culpa original alguna por su parte, la peor de las tragedias: el abandono, el rechazo, el abuso, y toda una sarta de malos tratos y de tratos indebidos. El peor de todos, aunque algunos no lo crean, es dejarlos hacer lo que les dé la gana, porque eso es dejarlos indefensos ante la vida que les espera. Ese es un desprecio que nunca se merecen, pero que algunos padres y educadores «permisivos en demasía», caen en la trampa que se oculta tras cualquier conducta permisiva. La poda es un arte no solo en jardinería, sino también en la educación. Debería ser una asignatura nueva para el «magisterio».

Como educador que fui de tantos y a los que recuerdo con gran afecto, invito desde estas líneas a padres, madres, educadores, autoridades responsables de la educación y a cada ciudadano bien nacido, a reflexionar y a no cerrar los ojos ante tanta necesidad de los más vulnerables, de nuestros niños y niñas. Para ellos deseo larga vida y acogida social generosa, ajenos a toda permisividad malsana.

Hijos por accidente: ambivalencia de la soledad
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