sábado 8/5/21

La historia interminable

En un pasar de marionetas, en que todo lo grande está pensado y lo poco que queda al arbitrio de los hombres lo deciden cuatro, elegidos, es cierto, por el resto, para que conduzcan a la manada. En este mundo de rebaño, sale un patriarca y decide mandar, él también, y como es cobarde e ignorante, mira alrededor, buscando a alguien más débil y si es posible, aún más ignorante, tanto, que no sea capaz de pensar por sí mismo y decidir las poquitas cosas que nos quedan a la masa, controlada y dirigida, y lo encuentra. Estos pusilánimes, ineptos, incompetentes y, generalmente, ociosos, hallan siempre a alguien al que poder colocar el tacón de la bota en el cogote.

A veces, hasta firman papeles que certifiquen —ellos lo interpretan así— que aquella presa les pertenece. Y comienzan los abusos, que aumentan su mísera autoestima. Y abofetean, insultan, apuñalan o encierran con llave su muñeco —suelen ser muñecas, más débiles ellas—, y así estará a su disposición para siempre —fantasean.

Por supuesto, el juguete llora y protesta, débilmente, eso sí, y entonces la amenaza, no solo con hacerle daño a ella —ya hemos dicho que suelen ser féminas—, a sus familiares, presentes o ausentes, o a sus hijos si los tuviera. Y ella calla y soporta y cuando atisba alguien que pudiera ayudarla, se muerde los labios para evitar mayores males.

La situación puede extrapolarse a cualquier lugar, con distintos actores, pero con idénticos o parecidos procedimientos

Estamos hablando de un suceso concreto, ocurrido en Madrid, en que los protagonistas eran extranjeros, pero la situación puede extrapolarse a cualquier lugar, con distintos actores, pero con idénticos o parecidos procedimientos o, incluso, con peores resultados, como son los casos que todos recordamos de inocentes muertos, en aras de una venganza miserable.

Sí. Estamos en ello. Estudiamos el problema y abrimos centros que apoyen a estas mujeres. Eso está muy bien, si ellas han podido, con ayuda o sin ella, sacudirse el yugo, pero ¿y esas otras que no hablan, que no osan moverse siquiera, de las que nadie conoce la situación y que soportan y callan, por no ofender y empeorar el temperamento de su verdugo?

Vamos a apoyar y favorecer a las mujeres. Acojamos a las que lleguen. No apartemos la vista de sus necesidades. Pero, ¿no deberíamos mirar también al maltratador? Que supiese que lo observamos y que, una vez demostrada su culpabilidad, la ley no va a ser indulgente. Muy al contrario, debería encontrarse con leyes severas y tratamientos psicológicos, que le hicieran olvidarse de sus ansias de dominio y dejar atrás su cobardía y pusilanimidad y trabajar en su propia debilidad, para intentar crecer y convertirse en persona que sume y no reste a la sociedad, de la cual, incluso, podría llegar a formar parte, después de haber cumplido la sanción impuesta, sin lenitivos ni miradas hacia otro lado.

Sí. Lo sé. También puede darse al contrario. Por eso decimos, muy delicadamente «violencia de género» y no «violencia machista».

Lo sé. Lo sé. Otro día hablaremos de porcentajes.

La historia interminable
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