sábado 27/11/21

A veces las cosas sobre las que dudamos se revelan como imprescindibles y de pronto cuentan con el asentimiento unánime incluso de los más radicales disidentes. En la mente de todos todavía está presente el debate de años no muy lejanos en los que se puso en duda la necesidad de celebrar la Navidad.

Como en todo en la vida —el debate, artificial, innecesario y poco práctico sobre la celebración de la Navidad— es susceptible de las opiniones más dispares. Digo que el debate sobre cuestión tan emocional, es artificial porque la inmensa mayoría de los ciudadanos nunca se habrían planteado tal cuestión de forma natural. Afirmo que es innecesario porque no aporta nada a nadie salvo el cabreo de muchos y quizás la satisfacción del deber cumplido por parte de alguno que considere su meta en la vida hacer desaparecer momentos de fraternidad, alegría y reencuentro de nuestras vidas necesitadas precisamente de todo esto. Y, considero que poco práctico porque supondría un frenazo más de nuestra economía circunstancia sobre la que todos estaremos de acuerdo que no es conveniente.

Pues el debate se ha dado por zanjado este año porque hemos descubierto que la Navidad es muy importante. De hecho siempre lo ha sido, incluso para aquellos que no están de acuerdo con esta afirmación. La Navidad es el reconocimiento de una revolución que cambió el mundo. Lo que estamos de verdad celebrando es que el mundo hace dos mil años apostó por regirse según la doctrina de un niño nacido en un pesebre que cuando se hizo mayor se convirtió en el epicentro de un nuevo ser humano.

La Navidad es lo que es y no otra cosa. Los intentos de sustituirla por cosas diferentes siempre los hubo. Quizás los que más empeño pusieron fueron los nacionalsocialistas de la Alemania de Hitler, al sustituirla por celebraciones precristianas alineadas con su ideología. Es evidente que el origen judío de Jesús no les gustaba en absoluto.

La Navidad nos cambia a todos, al menos por unos días. No hay cascarrabias que no intente dar lo mejor de sí mismo. Una sonrisa por allí, otra por acá, aunque solo sea por inculturizarse y no ser señalado. Quién no ha dicho alguna vez, cambia esa cara que es Navidad. Hasta el tacaño más irreductible se ve empujado a rascarse el bolsillo, aunque sea poco, en algún regalo.

La Navidad está en nosotros de una u otra forma. No hace falta ser creyente, basta con estar en este mundo en el que todos nos necesitamos y que en los pocos días en los que se celebra esta manifestación fe, costumbre o lo que represente para cada uno de nosotros, todos nos volvemos un poco más humanos. Si abandonamos la Navidad estaremos renunciando a algo muy primario, muy humano, estaríamos renunciando a la tregua que todos los años nos damos a nosotros mismos. Es un momento para autoindultarnos de nuestras mezquindades y miserias diarias y es momento para proyectos de mejora de cara al futuro.

¡Cuánto deseos de aprender un idioma, de ir al gimnasio, de hacer una dieta más saludable! En definitiva de ser mejores de cara a nosotros y a los demás. Esto solo lo hace posible de forma recurrente, año tras año, la Navidad. Por eso la Navidad es imprescindible. Nada tiene su fuerza para hacernos sentir lo que sentimos sin complejos por estas fechas.

Este año, todavía se ha revelado como más imprescindible si se me permite la expresión. No hay disenso, si acaso sobre si unas luces por aquí, que si una bandera por allá, en definitiva aspectos de poca monta. ¡Qué más da como sean las luces! Vamos, digo yo. Lo importante es que tengamos muy presente que es época de Navidad. Tengamos presente a los que se han ido y a los que están luchando por sus vidas en los hospitales. Debemos tenerlos muy presentes, a unos en nuestro recuerdo y a los otros en nuestros mejores deseos.

¡Feliz Navidad!

Imprescindible Navidad
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