viernes 23/4/21

In memoriam: Urbano Rodríguez, sacerdote

El jueves, día 14, se cumplirá el primer aniversario de la muerte de don Urbano, párroco de San Pedro Apóstol, de Ponferrada. Don Urbano llegó un 11 de Septiembre de 1971, y «se fue» el 14 de enero de 2020. No se jubiló cuando podía hacerlo, porque aquel apelativo que recibió en su Ordenación Sacerdotal de «Tu es Sacerdos in aeternum» lo llevó marcado en su ser personal hasta las últimas consecuencias.

Y, cuando la muerte «llamó a su puerta», él, dócilmente, se fue con ella, porque había llegado su hora.

Don Urbano «sirvió» (nunca mejor dicho) a esta Parroquia durante 48 años y 4 meses, dedicando a ella, en cuerpo y alma, su Sacerdocio ‘In aeternum’.

Al cumplirse un año de su ausencia terrena, echamos mucho en falta su presencia física, pero sabemos que, desde la «Casa del Padre» siempre está con nosotros.

Querido amigo Urbano:

Hace un año, el 31 de diciembre, presidiste tu última celebración eucarística. Fue una hermosa forma de terminar el año, y, con él, tu labor pastoral.

Siempre hiciste gala (aunque tu sencillez y humildad no te permitieran manifestarlo) de una preparación teológica, litúrgica y pastoral como en pocos se ha visto. Puedo dar fe de ello, porque, al revisar los volúmenes de tu copiosa biblioteca (varios miles de tomos), he podido comprobar que la mayoría de ellos contenían anotaciones y subrayados, lo que era una prueba evidente de haber sido leídos. Así podías comunicar a tos feligreses lo que habías aprendido al «estudiar a Dios».

Estoy seguro de que, en aquellos 14 días del Hospital, tuviste, como Santo Tomás de Aquino, algún encuentro con Dios, quien te dijo, como a él: «Bien has dicho de Mí, Urbano. ¿Qué quieres de premio?». Y tú, igual que Tomás, respondiste: «¡Sólo a Ti, Señor!». Y su respuesta seguro que fue: «Siervo bueno y fiel: entra en el gozo de tu Señor».

En tu servicio a la Iglesia, a tu Parroquia de San Pedro, tuviste siempre dos lugares en el Templo que fueron objeto de tu debilidad. Uno era aquella silla, estratégicamente colocada en el Presbiterio, en equidistancia de los tres puntos más importantes: la Sede, el Altar y el Ambón. Allí era frecuente verte, incluso desde la puerta, siempre abierta, de la Iglesia. Era una bella forma de mostrar tu presencia.

El otro punto era tu confesonario, allá adelante, a la derecha, que todas las tardes hacía lucir su piloto de posición, para indicar que allí «se escuchaba» y «se perdonaba» con el poder de Cristo.

Igualmente, tu servicio se materializaba en tus dos grandes pasiones: la Catequesis y el Coro Parroquial.

Creo que en la Catequesis intentabas parecerte un poco a Jesús, cuando decía: «Dejad que los niños vengan…».

Aquí recuerdo una anécdota que te oí más de una vez. Se refería a los últimos momentos de Julio Camba. El que se decía «ateo» o «agnóstico», al ver cercano su final, le dijo a su amigo el Padre Arias: «¡Amigo: esto se acaba!» Y recibió de él un consejo: «¡Pues reza algo!». A lo que contestó tras un breve silencio: «¿Valdrá aquello que me enseñó mi abuela:«Cuatro esquinitas tiene mi cama…»?. Tras una respuesta afirmativa, y, luego de hacerlo, expiró.

Me parece que tú copiaste copiaste algo de Camba: musicalizaste la jaculatoria infantil: «Jesusito de mi vida, eres niño como yo…» y la convertiste en himno al comienzo de la sesión catequética de los Sábados, y que los niños cantaban con toda su alma.

Quiero terminar con otro recuerdo. Esta vez en tu habitación del Hospital. Diariamente te visitaba el capellán, buen amigo tuyo. Acaso intentaba ayudarte en tu «viaje final». Prudentemente, yo me salía de la habitación y, desde el pasillo, os oía a los dos cantar el Salmo 8: «¡Señor, Dios nuestro: qué admirable es tu Nombre…!». Y ello me hacía pensar en la hermosa homilía que hacías en muchas Misas de exequias, cuando recordabas las palabras de Jesús al ladrón Dimas, y el comentario que hizo el gran predicador Jean Dominique de Lacordaire: «¡Qué certeza! (Te lo aseguro). 1Qué prontitud! (Hoy mismo). ¡Qué lugar! (El Paraíso)».

Bueno, amigo: ese eras tú. Así te comportaste siempre.

Desde aquí quiero pedirte que, desde «ese lugar» nos eches una mano para que, cuando llegue el momento, volvamos a encontrarnos para vivir juntos la «Vida Eterna».

¡Gracias, Urbano, amigo y hermano!

In memoriam: Urbano Rodríguez, sacerdote
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