miércoles 12/8/20

TRIBUNA | La Inmaculada, tradición leonesa

El 31 de marzo de 1621 fallecía Felipe III. Antes de acceder al trono de España, su hijo, Felipe IV, juró defender la doctrina de la Inmaculada. Por su parte, el Ayuntamiento de León lo hacía meses después, el 8 de octubre del referido año, ante el escribano Pedro de Gavilanes. En dicha fecha, reunido en solemne sesión, bajo la presidencia de Luis de Corral y Arellano, Corregidor y Justicia Mayor de León, acordaba jurar y defender que la Santísima Virgen, Nuestra Señora, fue concebida sin pecado original, obligándose, asimismo, a defender dicho Voto y Juramento con todo su poder, personas y haciendas. En la iglesia de San Marcelo se venera una imagen de la Virgen Inmaculada. Envuelta en una mandorla radiante, tiene a los pies una media luna con las puntas hacia arriba, o, dicho de otro modo, en fase creciente, tal como la muestra la visión de San Juan en el Apocalipsis. Obra de Gregorio Fernández, se estima que fue un encargo encomendado a este célebre imaginero a raíz del citado Voto Concepcionista. Entonces, Juan de Llano y Valdés era obispo de la diócesis legionense.

 

Cuatro décadas después, en 1656, el Corregimiento legionense asistió por primera vez al cenobio de la Inmaculada Concepción, fundado el 10 de junio de 1516 por Leonor de Quiñones y Enríquez, hija de los poderosos Condes de Luna. Esta asistencia se oficializó por acuerdo municipal de 24 de octubre del año siguiente.

 

Cinco años más tarde, el 26 de febrero de 1662, Felipe IV participa a Antonio Clemente de la Torre Berna, corregidor de León, que el Papa Alejandro VII ha hecho declaración favorable al santo misterio, y «manda se hagan luego las demostraciones eclesiásticas en acción de gracias por tan feliz suceso». Con tan fausto motivo, se organizan fiestas populares y solemnes funciones religiosas que se repetirán un siglo después, cuando, a petición del rey Carlos III, que hizo suya la propuesta unánime de las Cortes Generales Españolas, el 25 de diciembre de 1760, por medio de la bula Quantum Ornamenti, el Papa Clemente XIII decretó la proclamación de la Virgen Inmaculada como patrona de España, las Indias y todos sus reinos. Seis años después, y a petición también del predicho monarca, el citado pontífice incluyó en la letanía lauretana el título de «Mater Inmaculata».

 

En el Museo Catedralicio y Diocesano de León destaca una mirífica Inmaculada de marfil, que el año 2005 dotó de imagen al cartel anunciador de la XII edición de las Edades del Hombre, celebrada en Madrid, en la S.I. Catedral de Santa María la Real de la Almudena, con motivo del CL aniversario de la proclamación del dogma inmaculista. La talla, posiblemente adquirida por el Cabildo Catedralicio con motivo de la remodelación de la Sala Capitular en torno a 1772, se estima de la mitad del siglo XVIII y se ha asociado a la decisión tomada por el mencionado Clemente XIII. Máximo Gómez Rascón, director de dicho museo, y actualmente capellán de las citadas religiosas concepcionistas, tiene escrito que esta talla «constituye una representación plástica del Dogma de la Inmaculada Concepción tal y como lo ideaban los teólogos un siglo antes de que Pío IX lo sancionase como tal».

 

A las doce de la mañana del 8 de diciembre de 1854, en la Basílica de San Pedro de Roma, Pío IX, rodeado de cincuenta y cuatro cardenales, cuarenta y dos arzobispos, noventa y ocho obispos y una incontable multitud de fieles, proclamaba, ‘urbi et orbi’, mediante la bula Inefabilis Deus, el dogma de la Inmaculada Concepción, donde se recoge que la Madre de Dios fue preservada, desde el primer instante, inmune de toda mancha de pecado original. Una década más tarde, en 1864, la Santa Sede concedía a la Iglesia española el privilegio de usar ornamentos signados con el color azul purísima en los actos litúrgicos que se celebraran cada 8 de diciembre.

 

La plaza Mayor de León data de la segunda mitad del siglo XVII. Construida a raíz del incendio acontecido el 14 de febrero de 1654, se financió con un arbitrio de 40 maravedíes en cántara de vino, otorgado, por un período de cuatro años, por Felipe IV, en 1657. Sus tracistas fueron el P. Antonio Ambrosio, jesuita, y Francisco del Piñal. En su ángulo sureste se alza un preciado testimonio de la memoria colectiva leonesa.

 

Y es que allí, una hornacina ampara una efigie de la Virgen Inmaculada, y trae a la memoria los días de la invasión francesa, y, en concreto, los trágicos sucesos acaecidos en León el 7 de junio de 1810, así como el episodio protagonizado por un coracero francés, de todos conocido, motivos ambos que dieron lugar a que se instalara entonces una talla de la Virgen y un artístico farolillo. En razón de todo ello, esta escenografía urbana acredita sus actuales señas de identidad.

 

Manifiestamente, este ángulo piadoso es un testimonio del amor de los leoneses a la Virgen Inmaculada desde siglos precedentes. Como lo es la plaza de la Inmaculada, donde se alza la imagen de Mariano Amaya. Y es que León es ciudad inmaculista. Baste recordar que el 8 de diciembre de 1852, dos años antes de la señalada declaración dogmática, D. Joaquín Barbajero, obispo de León, en el predicho Convento de las MM. Concepcionistas, fundaba «La Confraternidad del Sagrado e Inmaculado Corazón de María Santísima», cuyos estatutos había aprobado el citado prelado el 29 de noviembre anterior.

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