jueves. 08.12.2022

N o podías dormir, habías probado desde la melatonina a las benzodiazepinas, pero las notas del banco se apilaban en tu cabeza y no había espacio para el relax. Tenías una crisis de liquidez, y necesitabas una moratoria financiera, tus almacenes cerrados y las facturas en montón. La gestoría todos los días con el tramite de los ertes, pero el dinero no llegaba y la gente estaba desesperada. No querías una empresa zombi, tus planes económicos hacía tiempo que habían estudiado una posición de refugio, comenzaste con aquella auditoría en base cero y empezaste por dotar una reserva de compras. Y habías logrado aquella inversión, en principio ruinosa, al otro lado del océano. Sabías lo que la Teoría Económica dice, y es que, en ausencia de coordinación, es cuando la acción de cada agente tiene consecuencias sobre el otro, la asignación de equilibrio es ineficiente porque los agentes que buscan sus beneficios no cooperan, y que en una situación de este tipo cada ciudadano o empresa se enfrenta a un  «dilema del prisionero» y lo cierto es que, en estos casos, esos mismos ciudadanos estarían mejor si alguien les sometiera a coordinación. Y, aunque sea de pacotilla, la Administración Pública era la encargada de coordinar para conseguir la solidaridad pecuniaria, que es lo fundamental, tratando de evitar las acciones de los agentes privados dirigidas a engrosar sus beneficios.

Invertiste una gran cantidad en pagar seis influencers, con los almacenes llenos de variedad de artículos, con los comercios cerrados, y los ciudadanos sin poder salir de sus casas, la crisis de liquidez no tenía salida. Era distinto al mes de agosto, que llegan las vacaciones y se cierra, no pasa nada. Ya está planificado. No es una crisis, ni un desastre natural. Y el potencial productivo sigue intacto, la economía no está amenazada. La amenaza surge de la parálisis productiva y de la hiperactividad financiera y la falta de coordinación que permita contener la economía financiera mientras que la real no se recuperara, hasta el control de la pandemia, la mayoría de actividades financieras y decisiones de empleo tienen que ser supervisadas; pero no había coordinación, esperable. Tenías una crisis de liquidez, y no amanecía hasta las seis.

Había que hacer una moratoria financiera para los sectores hundidos por las medidas tomadas para frenar el contagio, entre ellos el tuyo: el comercio presencial, frente a aquel problema, repentino, que parecía una conspiración contra le interés del público, la expansión de un virus con estas consecuencias paralizantes. Conocías el paño, no entendían el problema y estaban sin capacidad de resolver, no jugaban con una proyección industrial de los datos. Había solo una palabra quiebra. El indicador de confianza del público caía al menos 28 puntos o algo más, y las familias se reservaban el gasto para lo imprescindible ante el miedo a un futuro incierto.

Al otro lado del océano la pequeña industria que habías adquirido en una subasta, por nada, exportaba una cantidad relevante, con impuestos bajos, ya daba beneficios. Y en las redes sociales, el nuevo y pequeño producto arrasaba y subía de precio. No lo pensaste mucho. Quiebra. Tenías aquellos fondos, disponibles. Podías, tú también, desaparecer, ser una víctima. No esperaste la moratoria, los créditos de los bancos. La crisis financiera debería haber servido para mejorar las condiciones en las que los órganos supervisores y la Justicia distinguen la mala suerte (el shock) de la mala fe. En este punto no había esperanza, como distinguir las «ayudas justificadas» en un «free lunch» a la hora de evitar las quiebras.

Los impagados, no te dieron más problema, no ibas a esperar que te fallara el corazón, era ya campo de abogados, y gestores. Te mudaste a la casa donde naciste, a tu pueblo, con aspecto triste, a esperar resultados, mientras tu producción inundaba el oriente del mundo, de dónde había saltado la causa del caos, con un lujo nuevo y también inesperado.

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