jueves 26/11/20

¡Izquierda, derecha, izquierda!

«Te lo digo yo, vamos por el mismo camino de siempre, y nos estamos desenfrenando y enfrentando. La historia se repite, amigo. Estamos volviendo a las raíces de nuestros abuelos. Los mismos males que les atacaron y les enfrentaron a ellos, nos siguen persiguiendo y enfrentando a nosotros». Me dices que no, que, «¡no será pa’tanto!». ¡Pa’eso y pa’mucho más, que yo las veo venir, majete!».

Abeles y caínes vuelven a mirarse con ideas de prepotencia, arrogancia y resquemores nunca superados: es el cainismo y el abelismo del sempiterno y enfrentado pueblo español. El bueno y generoso Abel sigue haciéndose el mártir y el siempre ofendido y cándido pastor; y el fosco, malencarado y proletario Caín, siempre reivindicativo, le vuelve a amenazar con la quijada en la mano.

No hay mal que cien años dure, decís vosotros, los caínes, y a la carrera os lanzáis enfurecidos a por todo: ¡vamos a por ellos, que este es el mejor momento!, y os ponéis farrucos, cutres y pinches, y arremetéis contra todo lo habido y por haber. Aunque lo de Caín para vosotros, ahora ya no vale, porque ahora sois unos jodíos finqueros con tractores y pingües ayudas internacionales, ¡que todo hay que decirlo! No hay bien que cien años dure, decís los abeles, y salís a la plaza encorbataos, pijos, y pa’más, ahora barbudos, y el fregao está servido, porque radicalizarse no es solo el hecho de volver a los dos bandos, que dice el de CC OO de León, sino que es volver a las andadas, a cortar las raíces, a irse a la greña o a la yesca, como quieras llamarlo, y el árbol rey que parecía joven y frondoso, empieza a amarillear y a inclinarse, a dar frutos amargos.

«Brindemos por el árbol del bien», que dice el cura, y los vasos suben a lo alto, «y por el del mal, coño, que todos son necesarios»; y los dos parroquianos, un remolachero del Páramo y un pastor de Tierra de Campos, apuran los vasos en el parador «Dos Mundos», de la vieja y aparcada carretera Madrid-Coruña.

—¿Echamos una cantarola?

—¡Pa’esas estamos, con la que se nos viene encima!

—¡Peores ya las pasamos!

—¡Mejor, ni recordar!

¿Acaso olvidas la fecha de 1917, cuando coincidió la gloriosa revolución rusa con los levantamientos de Barcelona, y el separatismo comenzó a cobrar fuerza, porque estaban hartos de tanta opresión de reyes y nobles, curas y militares?

Tampoco hay que olvidar lo que mi abuelo siempre recordaba: los años 20, cuando la filoxera les llevó todo el viñedo por delante, y hubo que volver a plantarlo, y la crisis económica, la posguerra europea, aquellas masas hambrientas y la mal llamada «peste española», de la que mi abuela Adela, seca y arrugada como sarmiento y tosiendo como un carbonero, las diñó.

—¡Cantinero!, ¿qué miras, ahí como pasmao? ¡Llena estos vasos a tope, coño!

Ni recordar quiero la Cataluña de este año, cuando los vuestros volvieron a apoderarse de la calle convirtiendo la noche catalana en una hoguera, donde no quedó títere con cabeza. ¿Y qué decir de esta jodía pandemia? ¡Pues ni pa’Dios!, en Madrid los dos mandamases siguen liaos a pelotazos, sin ponerse de acuerdo pa’luchar juntos y no dejar a los barrios más pobres apartados del mundo y a su mala suerte.

Ni mencionarte quiero el encendido año 31, cuando ganasteis las elecciones y las confirmasteis en febrero del 36, y vino aquella España de huelgas y asesinatos, donde era imposible trabajar y menos vivir, y los pobres salieron a las calles a robar y a quemar, que bien hambrientos estaban —de pan y de venganza—, y con ganas de desquitarse.

¡Nos ha amolao! ¿Te recuerdo la que se armó en julio del 36?, cuando nos atronó un terrible ruido de sables, saltó la chispa y volvimos a la pura y dura historia de los dos bandos, aunque en cada uno de ellos hubiera tal batiburrillo de ideas y pareceres que no se identificaban en nada, salvo en añadir más muertos a los muertos, que, por cierto, allí prendieron y dieron garrote a mi abuelo, de aquélla, alcalde de un pueblo de la comarca del Páramo, que ni decirte quiero.

Recuerda que hace pocos días le impedisteis al rey ir a Barcelona a no sé qué historia de jueces. ¿Quién, sino vosotros, puede andar detrás de esas trangalladas y triquiñuelas en estos momentos en que todos andamos tan escamaos y repelizones? La parienta ya me anda medio enfoscada, y empieza a lloriquear, no sé si por los años o por lo que ve en la tele.

—Pues te digo que la mía, puño en alto, corre tras el tractor como si fuera una moza. ¡Tenías que verla!

—¿Has oído lo del camarada don Pablito? Creo que ahora van a meterle un buen paquete. ¡De ésta no se libra!

—¡Menos guasa, compadre!, que sigues tan ingenuo como siempre. ¡Ni lo creas! Éstos, cuando las cosas vienen mal dadas, hacen cama redonda como hacíamos de chavales, las noches de tormenta, en cada tienda del campamento de la Vecilla, y se dan calor y se apoyan mutuamente, aunque hayan de soportar malos olores u otras inconveniencias, ¡pero hoy por ti, mañana por mí!, y se consuelan.

Dejemos historias viejas, y al grano, que a mí este año las tierras de regadío, me dan lo comido por lo servido, que los productos se quedan en las huertas, porque los que vienen de fuera son más baratos. Además, con esto de la pandemia, ¿dónde encuentro ahora yo quien me saque las castañas del fuego?

¡Anda que, a este menda, le pagan los corderos a precios de saldo! ¡Dicen que de fuera vienen regalaos! ¿Habría que ver la carne? Lo cierto es que los nuestros o los malvendemos o los comemos.

—¡Mejor comerlos! —rio zumbón el paramés.

—¡’Onde vamos a dar! ¡Esto es el acabóse! ¡Anda, paga tú la última ronda que ya me quedé sin blanca!

—¿Te acuerdas cuando estábamos en el Ferral, aquello de, izquierda, derecha, izquierda? Y sé que tú serviste en Astorga, pero para el caso, lo mismo de lo mismo.

—¡Es hora de cerrar! —masculló el cantinero—. Entre los dos ya habéis arreglao a esta pobre España.

Los ya curtidos contertulios abandonaron el garito ya avanzada la noche, tiraron cada uno por su camino, aunque las voces del uno y del otro, marcando el paso, ¡izquierda!, ¡derecha!, ¡izquierda! —se afirmaba el bañezano en su grito proletario—, sacaron a los huéspedes de su apacible segundo sueño o de un quimérico placer.

—¡Hala, hala, a la cama!, que ya no sabes ni lo que dices, y no son horas éstas de andar diciendo memeces por las calles, —le llovieron voces al compañero Caín.

—¡Y tú, a dormir la mona, que es donde mejor estás, que mañana hay que currar! ¡Si cuidaras el rebaño que tienes, mejor te irían las cosas, condenao ciscolero! ¡Qué bien poco te explayas en las propinas! —se desquitó una moza tempranera, haciéndole un torpe guiño a la noche encapotada.

¡Izquierda, derecha, izquierda!
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