viernes 3/12/21

Para comenzar, me refiero a la música armonizadora, aquella que se dirige al alma, al corazón y a la inteligencia, la que une el sentimiento y el intelecto, y tiene su origen y su final en lo más profundo del ser humano. Esta música la hallamos esencialmente en la música clásica o culta, la de los grandes artistas creadores, pero está igualmente en infinidad de cantos y melodías de la música popular y de otras clases de música. Y saliéndonos de la música clásica europea, la encontramos también en otras culturas y civilizaciones. Esta música ejerce una influencia benéfica sobre todo nuestro estado mental y emocional, debido a sus perfectas armonías; de ahí que se denomine «armonizadora». En este sentido, es aconsejable conocer El efecto Mozart, del musicólogo Don Campbell, donde habla del poder de la música del genio de Mozart para curar el cuerpo y desarrollar la mente y el espíritu creativo.

El sonido alcanza su máximo poder en esta clase de música, a través de sus tres elementos esenciales: el ritmo, la melodía y la armonía, y donde se expresa en su máxima vibración y en su nivel más sutil y elevado, casi como puro espíritu. Pero hay también una música desarmonizadora, la que —según su misma definición— nos desarmoniza. Hay que tener en cuenta que el sonido es magia y misterio, por lo que tiene un gran poder, y como tal, su uso puede ser beneficioso o perjudicial. Me refiero al llamado «rock duro» y una parte de la música comercial, una música dirigida a los niveles más bajos de la personalidad, que perturba nuestro equilibrio físico, emocional y mental, que nos esclaviza, por lo que se considera una música alienante, que nos enajena y desarmoniza. Esta música (¿no sería mejor llamarla ruido?) es la que más se oye, desgraciadamente, en los medios y en los centros de ocio, sobre todo nocturnos.

Esta clase de música es también la más escuchada por una mayoría de jóvenes, debido esencialmente a una falta de educación musical, lo que yo — como educador— lamento. Pero quiero centrarme, hoy precisamente, en el ejemplo que han estado dando, en estos días, un grupo de jóvenes músicos en el Auditorio de nuestra ciudad. En efecto, en este mes de septiembre ha tenido lugar el ‘XVII Curso Magistral para jóvenes pianistas y directores de orquesta’, estudiantes en su etapa de formación. Curso creado, en 2004, por la Fundación Eutherpe, de León, y el Maestro Bruno Aprea, con la finalidad de ofrecer una oportunidad única a los estudiantes avanzados de piano y de dirección. Han colaborado también los maestros pianistas Joaquín Achúcarro y Joaquín Soriano.

Esta gran labor, durante muchos años, de la Fundación Eutherpe tuvo el reconocimiento por parte del Parlamento Europeo, que otorgó a dicha Fundación, en 2013, su apoyo y su patrocinio al ‘Curso Magistral para pianistas y directores de orquesta’. Este año de 2021, y en su decimoséptima edición, hemos podido ver y escuchar, una vez más, a jóvenes intérpretes y directores de verdadera calidad, que podrían parecer (y en algún sentido, lo son) músicos consagrados. No se puede decir otra cosa ante obras de gran envergadura, como los conciertos de piano de Mozart, Beethoven, Schumann y Brahms, que han interpretado estos jóvenes talentos, los días 11 y 12 de septiembre. Mi sincero y profundo reconocimiento público, pues, a la Fundación Eutherpe, a su presidenta, Margarita Morais, y a sus colaboradores, por el gran trabajo que están llevando a cabo para favorecer a los jóvenes músicos, tanto en estos cursos magistrales de cada año, en el Auditorio, como en los conciertos ofrecidos, a lo largo de todo el año, en la Sala de Conciertos de Eutherpe, bien conocida y admirada por tantos leoneses amantes de la buena música.

La Fundación Eutherpe se ha convertido, así, en nuestra ciudad, en un centro musical y cultural de gran nivel, en el que hemos podido escuchar a tantos pianistas y otros músicos, no solo españoles, sino de diversas nacionalidades. Por ello, animamos a los jóvenes leoneses a que asistan a los conciertos en la Sala Eutherpe, y se adentren en la bella música que denominamos «armonizadora», la música capaz de transformar nuestro interior y nuestras vidas. Tal es el poder mágico de esta clase de música. Así lo expongo ampliamente en mi libro Música, conciencia y vida (la música un poder de transformación interior), aparecido en el comienzo de la pandemia. Y deseo concluir con algunos modestos consejos (a modo de sugerencias) a los jóvenes músicos, que figuran en el último capítulo del libro, y que son fruto de mi larga trayectoria musical y como educador. Algunos de ellos podrían servir también a los jóvenes en sus respectivas profesiones: *No creas demasiado en los premios. Si participas, hazlo sin esperar mucho de ellos, pues solo prueban un cierto nivel técnico, y son pasajeros y olvidadizos. *No busques el sostén del público, es inestable y superficial; procura, más bien, tu sostén interno. Por ello, no persigas los aplausos y los vítores. *Desarrolla el sentido de la responsabilidad y del deber, son los amuletos del hombre evolucionado. *Déjate fluir por la corriente de la vida y adáptate a ella, no intentes que todo ocurra siempre como tú deseas. *Intenta con tu música elevar las almas y las conciencias, más que suscitar las emociones bajas; contribuirás, así, al mayor bienestar de la humanidad. *No intentes alcanzar la gloria ni la cima del arte, eso no es para los que lo buscan, sino para los que son dignos de ello. *No trates de satisfacer a las masas, son insaciables, y se alían tanto o más con el ruido que con la música. *La música exalta los sentimientos y las emociones, pero no olvides que ambos han de estar siempre controlados por la inteligencia del alma. *Cuidado con la fama, puede hacerte olvidar tu verdadero origen y tu verdadero destino.

Los jóvenes y la música
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