viernes. 03.02.2023

En la proximidad de la fiesta de Santo Tomás de Aquino, patrono de los estudiantes católicos, se me ocurre compartir estas reflexiones sobre la educación. Ante tantas crisis como nos envuelven, los educadores debemos recapacitar y reflexionar sobre la eficiencia de nuestra función. A poco que hurguemos, daremos con la clave que nos permita encauzar, en cuanto de nosotros dependa, la marea desbordada.

Esta clave es la «rancia» filosofía escolástica, con tanta ligereza desdeñada, tan inconscientemente desechada y con tanta suicida timidez callada y escamoteada. La causa de todo el mal, que lamentamos, es que nuestra frívola sociedad, egoísta, hedonista, descreída y angustiada, ha desenfocado el problema del hombre. Se vocean mucho los derechos, mientras se silencian los correlativos deberes. Nos contentamos con la técnica y el confort y abdicamos y rehuimos el pensar serio, que resuelva los problemas con fundamentos racionales.

Por sistema se tergiversan, con tópicos ambiguos y confusos, las cuestiones más trascendentales de la vida humana y, con el mayor descaro, se lanzan interpretaciones caprichosas y sectarias. Nosotros debemos exigir seriedad y sinceridad, tanto en el hablar como en el actuar, que sean claros los conceptos, que se concrete y se aquilate. Así lo debemos contar y enseñárselo a los demás.

«Yo tengo derecho... Los derechos del hombre...» ¿Ha dicho usted «derecho»? Y eso, ¿qué es? ¿Por qué y para qué es? ¿Ha dicho libertad, democracia, bienestar, propiedad...? Muchas cosas. Pero la pregunta primera y básica es sobre el ser humano. ¿Por qué existe el hombre? ¿Para qué es el mismo hombre? Convengamos y enseñemos, como antaño, que el hombre es un potencial, capaz de entregarse a la realización de un servicio a su Hacedor y a la comunidad en la que vive, con plena libertad.

Es «un potencial» o conjunto de fuerzas y posibilidades que se han de desarrollar y acrecentar. Le reconocemos sujeto de todo derecho, que espera de la sociedad todo el cuidado y ayuda que necesita para perfeccionarse. Y es «capaz de entregarse a un servicio», movido por el entusiasmo y un ardor propio de la juventud. ¡Ay de nosotros si alguno de estos valores se extinguiera! «Capaz» también de malograrse por culpa suya o de la sociedad, o de retraerse a una mezquina medianía, o a una vulgaridad indolente. «Libre» para optar por el bien. Pero también para negarse a él, para no cumplir el deber al que está obligado, para negar el servicio que el Hacedor asignó a la vida que le otorgó, para escatimar a la comunidad los frutos que compensen sus prestaciones, para atropellar los derechos de los demás. De ello será también responsable. Mas su «capacidad» positiva y valiosa es la poder lanzarse espontáneamente, ilusionado, a un servicio activo y destacado. Esta opción, este servicio y deber, es toda la razón de la existencia del hombre; es el fundamento de todos sus derechos.

Por esto, el cumplimiento del deber nos produce esa paz interior y la satisfacción de haber llegado a la meta. Si, en una utopía, todos cumpliéramos, como Dios manda, de manera diligente nuestras obligaciones, ni habría luchas de clases, ni desigualdades entre personas y grupos, ni exclusiones, ni injusticias, ni reivindicaciones de los atropellados que degeneran en violencia y destrucción...

Ante un panorama que muchos juzgan sombrío, debe suscitarse en los educadores una firme confianza en que el amor y el servicio verdaderos arrastrarán y triunfarán. No hay otra salida. Esta debe ser nuestra aportación como educadores, sea cual sea nuestra edad y condición.

Me diréis: «A buenas horas, mangas verdes», pues muchos de los que pensamos así estamos ya jubilados. ¡Ya lo sé! Pero tenemos hijos, sobrinos, e incluso nietos, a los que podemos trasmitirles nuestro ideal. Y seguimos siendo ciudadanos activos en nuestra sociedad. Y muchos también somos creyentes, con lo que también podemos rezar para que el Señor haga realidad nuestro ideal.

La Educación por el deber
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