viernes. 27.01.2023

No hay duda de que nuestros comportamientos básicos nacen de los instintos, pero también de las impresiones, aprendizajes y emociones de nuestra infancia e, incluso, de las de los familiares que nos precedieron en el tiempo; y me atrevería a decir que no sólo estamos marcados por los genes, también por otros individuos que vivieron en el pasado y dejaron su impronta en la sociedad por una u otra causa. Y ahí está el dominio masculino, grabado a fuego en nuestro inconsciente colectivo, con tal fuerza que los intentos presentes por erradicarlo se quedan en fútil palabrería. No sólo se encuentra en todos los hombres —incluso en aquellos que, a nivel consciente, entienden y pretenden superar sus condicionamientos—, también en las mujeres.

Al parecer fue una jueza la que, una vez imputado un hombre por el asesinato de una niña de cuatro años de edad, lo deja en libertad, con la obligación de personarse en el juzgado periódicamente, hasta que se dio a la fuga. ¿Pero no estaba claro que había quitado la vida a una criatura inocente? ¿Cómo es posible que después de semejante acusación se le permita volver a caminar por los mismos lugares que las gentes de bien? ¿Porque la jueza discurrió que no debería ensañarse con él para no ser acusada de vengadora o simplemente porque su subconsciente le recordó que se estaba enfrentando a un todopoderoso varón?

Siempre, aun a sabiendas de que no es políticamente correcto, he defendido que las libertades alcanzadas por las mujeres actuales no van mucho más allá de poder salir solas. Cuando me enfrento a hechos como este, me empecino aún más en la idea.

Recuerdo otro caso reciente en el que otro hombre ha sido acusado de violar a su hija de seis años. Pero lo indignante es que ya en 1994 fue condenado a 24 años por violar en dos ocasiones a una prima de once. ¿Por qué sólo estuvo doce encarcelado? ¿Porque se portó muy bien y el hecho, como dijeron los propios forenses, produjo un «escaso daño psicológico»? Escaso daño psicológico porque la niña quería y confiaba en su primo. ¿Se plantearon estos forenses que esa pequeña, en cuanto aparezca alguien al que quiera y en quien confíe, podría llegar a permitirle todo tipo de vejaciones porque su mente fue programada por el individuo y su entorno para convencerla de que el hecho no tuvo importancia?

Pero además de estos «comprensivos» forenses, también hay una mujer que comprende al fulano; su esposa y madre de la niña de seis años violada. Ella también lo disculpa y asegura en urgencias que la pequeña ha sufrido «un accidente con la bicicleta». ¿Qué le ocurre a esta fémina para que deje de lado su instinto maternal y proteja al macho que le calienta el lecho?

El entorno machista lo domina todo; destila en cada pálpito de la sociedad. Es ese entorno, convertido en ley, el que permitió a la jueza dejar libre a un asesino, o a esa madre obviar el daño que se está ejerciendo sobre esa criatura que debería defender, porque los principios de la sociedad mandan en su subconsciente después de milenios de dominio masculino.

Y no hace falta llegar a casos tan sangrantes como los expuestos. En cada pequeño o gran asunto aparece la larga mano de los varones que, generación tras generación, han impuesto su capricho, apoyados por la fuerza, a una mayoría silenciosa que, sabedora de su inferioridad física, se ha limitado a acatar, o a engañar, para ser.

Leo en una revista femenina una denuncia que viene a confirmar lo dicho. Actrices como Amy Adams o Jennifer Lawrence —esta última ha recaudado en el pasado año mil cuatrocientos millones de dólares con sus trabajos—, a pesar de ser el mayor atractivo de las películas que han rodado, cobraron menos que sus compañeros masculinos. Aquí hablamos, efectivamente, de millones de dólares y parece que no nos afecta demasiado porque casi no podemos contarlos, pero a nivel de calle ocurre lo mismo con los escasos sueldos que todos percibimos. Ellos siempre están mejor remunerados que ellas. Y lo toleramos y seguimos sonriendo y nos matamos a trabajar para demostrar que, aunque no somos hombres, también somos capaces. La sociedad entera se rige por las leyes de la fuerza y la agresividad y nosotras bajamos la cabeza y acatamos. Y algunas, las más sometidas o las más estúpidas, hasta encubren los desmanes del hombrecito más próximo. ¿Por qué? Porque a través de los siglos han marcado el inconsciente colectivo, y la mente racional tiene poco o ningún acceso a ese YO que, al igual que los varones, domina, gobierna y nos convierte en juguetes de impulsos, que no de razonamientos.

La ley del más fuerte
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