sábado. 28.01.2023

TRIBUNA | La mujer evanescente

La violencia de género abarca una tipificación de conductas que suponen el ejercicio de una violencia sobre la mujer. Para ayudar a entender esto, es necesario partir del hecho de que el ejercicio de toda violencia supone la negación del «otro», de la víctima, en este caso de la mujer

Arturo Pereira

A finales de año se hacen balances de todo tipo. También se contabilizan las víctimas de violencia de género. Triste balance sin duda que nos hace sentirnos avergonzados de una conducta que relega al ser humano a la condición de animal dominado por la brutalidad y violencia.

Es un problema que se está revelando como difícil de abordar desde el punto de vista académico y científico, en aras de aportar soluciones que pudieran reducir el número de casos. Tampoco socialmente hemos conseguido una postura unánime en torno a esta conducta delictiva. Quizás sea porque los prejuicios, temores y otras consideraciones, bien colectivas o personales, hacen que nuestras conclusiones carezcan de la objetividad que requiere un asunto de tanta gravedad.

La complejidad citada comienza al intentar aproximarse a la causa del problema. Este acercamiento a sus orígenes se ha afrontado desde distintas ciencias que abarcan, entre otras, a la sociología, psicología o la criminología. Todas con aportaciones más o menos plausibles pero que no son en modo alguno concluyentes como están demostrando las cifras de víctimas.

Considero que debemos ir un poco más allá de esta perspectiva parcial del positivismo científico, en nuestro intento por entender una conducta que no se puede explicar con la sencillez de otras conductas delictivas como por ejemplo el robo. Está claro para todo el mundo la causa del delito de robo.

La violencia de género abarca una tipificación de conductas que suponen el ejercicio de una violencia sobre la mujer. Para ayudar a entender esto, es necesario partir del hecho de que el ejercicio de toda violencia supone la negación del «otro», de la víctima, en este caso de la mujer. Negación del derecho a ser persona. La violencia ejercida sobre otro, lo cosifica. Solo es posible ejercer violencia sobre una persona cuando se le deja de tener en consideración como a un igual. Se le ha perdido el respeto y el agresor ni siquiera la considera una víctima, simplemente no le merece la más mínima consideración.

He afirmado que se trata de un asunto complejo, lo es porque su ontología es sumamente contradictoria. Está claro que la víctima es una mujer. Podría pensarse que el agresor tiene algo en contra de las mujeres por el hecho de serlo. Si así fuera sería violento también con su madre, hermanas o demás mujeres que con él se relacionaran. No es el caso en la mayoría de los maltratadores.

¿Qué es lo que ocurre para que un hombre adore a su madre y maltrate a su mujer? Esta actitud no deja de ser una importante contradicción. Desdibuja el concepto de género y quizás podríamos referirnos con más propiedad a violencia de pareja. Pudiera parecer que el hecho de ser mujer no es exclusivamente determinante en la ecuación para resolver este problema.

La anterior hipótesis nos conduce a otra pregunta lógica y necesaria para entender un poco más del asunto. ¿Qué ocurre para que un hombre agreda a su pareja? Debemos tener en cuenta que entre ambos casi siempre hubo tiempos mejores en los que ser compañero, padre o madre fueron hechos deseados y valorados positivamente (salvo casos de patología en los que el agresor desde siempre fue un psicópata, por ejemplo, y jamás amó)

El agresor agrede violentamente a su mujer con todo lo que ello implica porque es capaz de eliminar de su mente todo esto y convierte a su mujer-persona en un simple objeto destinatario de su violencia. No la maltrata simplemente por ser mujer, la maltrata porque previamente la ha desprovisto de la dignidad y respeto que se debe a toda persona. La mujer se desvanece ante él y es sustituida por «algo» sobre lo que proyectar toda su ira y odio. Y esto lo hace porque puede hacerlo, porque existe una relación de poder entre agresor y víctima en la que el primero es más fuerte.

Nos encontramos ante una conducta delictiva contradictoria, estéril y sin sentido que reporta nada al agresor y causa un gran dolor a la víctima. Quizás por esto, sea tan complicado intentar hallar una explicación y en consecuencia plantear medidas eficaces de afrontamiento.

TRIBUNA | La mujer evanescente
Comentarios